agosto 23, 2011

Everlasting

...Profits are huge in the wig business. The employees get much bigger bonuses than in just any old company. Know why?"
"No. Why?"
"Wigs don't last long. Bet you didn't know: toupees are good for two, maybe three years max. The better made they are, the faster they get used up. They're the ultimate consumer product. It's because they fit so tightly against the scalp: the hair underneath gets thinner than ever. Once that happens, you have to buy a new one to get that perfect fit again. And think about it: What if you had a toupee and it was no good after two years - what would go through your mind? Would you think, OK, my wig's worn out. Can't wear it any more. But it'll cost too much to buy a new one, so tomorrow I'll start going to work without one? Is that what you'd think?"
I shook my head. "Probably not," I said.
"Of course not. Once a guy starts using a wig, he has to keep using one. It's like his fate. That's why the wig makers make such huge profits. I hate to say it, but they're like drug dealers. Once they get their hooks into a guy,  he's a costumer for life. Have you ever heard of a bald guy suddenly growing a head of hair? I never have. A wig's got to cost half a million yen at least, maybe a million for a tough one. And you need a new one every two years! Wow! Even a car lasts longer than that -four or five years. And then you can trade it in!"
"I see what you mean," I said.
"Plus, the wig makers run their own hairdressing salons. They wash the wigs and cut the customers' real hair. I mean, think about it: you can't just plonk yourself down in an ordinary barber's chair, rip off your wig and say, 'I'd like a trim,' can you? The income from these places alone is tremendous."

..."You know Mr. Wind-up Bird," May Kasahara said after a short silence, as if a thought had suddenly come to her, "I bet the reason people are afraid of going bald is because it makes them think of the end of life. I mean, when your hair starts to thin, it must feel as if your life is being worn away... as if you've taken a giant step in the direction of death, the last Big Consumption."

The Wind-up Bird Chronicle, Haruki Murakami

agosto 18, 2011

Provincianismo

¿Cómo definir el provincianismo? Como la incapacidad de (o el rechazo a) considerar su cultura en el gran contexto. Hay dos tipos de provincianismo: el de las naciones grandes y el de las pequeñas. Las naciones grandes se resisten a la idea goetheana de la literatura mundial porque su propia literatura les parece tan rica que no tienen que interesarse por lo que se escribe en otros lugares. Kazimierz Brandys lo dice en sus Carnets. Paris 1985-1987: <<El estudiante francés tiene mayores lagunas en el conocimiento de la cultura mundial que el estudiante polaco, pero puede permitírselo porque su propia cultura contiene más o menos todos los aspectos, todas las posibilidades y las fases de la evolución mundial>>.

Las naciones pequeñas se muestran reticentes al gran contexto por razones precisamente inversas: tienen la cultura mundial en alta estima, pero les parece ajena, como un cielo lejano, inaccesible, por encima de sus cabezas, una realidad ideal con la que su literatura nacional poco tiene que ver. La nación pequeña ha inculcado a su escritor la convicción de que él sólo le pertenece a ella. Fijar la mirada más allá de la frontera de la patria, unirse a sus colegas en el territorio supranacional del arte, es considerado pretencioso, despreciativo para con los suyos. Y como las naciones pequeñas atraviesan con frecuencia situaciones en las que corre peligro su supervivencia, consiguen con facilidad presentar su actitud como moralmente justificada.

El telón, ensayo en siete partes, Milan Kundera

agosto 13, 2011

Encontrar

La mención de Trakl hizo pensar a Amalfitano, mientras dictaba una clase de forma totalmente automática, en una farmacia que quedaba cerca de su casa en Barcelona y a la que solía ir cuando necesitaba una medicina para Rosa. Uno de los empleados era un farmacéutico casi adolescente, extremadamente delgado y de grandes gafas, que por las noches, cuando la farmacia estaba de turno, siempre leía un libro. Una noche Amalfitano le preguntó, por decir algo mientras el joven buscaba en las estanterías, qué libros le gustaban y qué libro era aquel que en ese momento estaba leyendo. El farmacéutico le contestó, sin volverse, que le gustaban los libros del tipo de La metamorfosis, Bartebly, Un corazón simple, Un cuento de Navidad. Y luego le dijo que estaba leyendo Desayuno en Tiffanys, de Capote. Dejando de lado que Un corazón simple y Un cuento de Navidad eran, como el nombre de este último indicaba, cuentos y no libros, resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartebly en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.

2666 (La parte de Amalfitano), Roberto Bolaño