marzo 31, 2013

Resignación

Hay personas tan delgadas -escribía-  que a veces las arrastra el viento. El viento de la ciudad es brutal, siempre irrumpiendo en ráfagas desde el río y zumbando en tus oídos, empujándote hacia adelante y hacia atrás, arremolinando papeles y basura a tu paso. No es extraño ver a la gente más delgada caminando en grupos de dos o tres, a veces familias enteras, atados entre sí con sogas o cadenas, aferrados los unos a los otros, sirviéndose de lastre contra la ventolera. Otros abandonan por completo la idea de salir; abrazados a los portales o a las glorietas, incluso el cielo más límpido llega a parecerles una amenaza. Piensan que es mejor esperar tranquilamente en un rincón que ser arrojados contra las piedras.
Es posible acostumbrarse tanto a no comer, que uno puede llegar a prescindir totalmente de la comida. La situación es mucho peor para aquellos que luchan contra el hambre, ya que pensar demasiado en comer sólo puede ocasionar problemas. Son los que están obsesionados, los que se niegan a aceptar los hechos. Vagan por las calles al acecho a todas horas, hurgando entre la basura por un bocado, corriendo enormes riesgos por la migaja más insignificante. No importa cuánto puedan conseguir, nunca será suficiente; comen sin llenarse nunca, abalanzándose sobre la comida con una urgencia animal, escarbando con sus dedos huesudos sin cerrar jamás las mandíbulas. Casi todo lo que comen se escurre, baboso, hacia la barbilla, y aquello que logran tragar, suelen vomitarlo pocos minutos después. Es una muerte lenta, como si la comida fuera un fuego, una locura, abrasándolos desde el interior. Piensan que comen para sobrevivir pero, en realidad, son ellos los que acaban siendo devorados.
Resulta evidente que la comida es un asunto complicado y que a menos que uno aprenda a aceptar lo que se le ofrece, no se sentirá nunca en paz consigo mismo.

El país de las últimas cosas, Paul Auster

marzo 25, 2013

Remate de libros

El hábito mental de competencia invade pronto otras regiones que no le pertenecen. Fijémonos en la afición a la lectura. Hay dos motivos para leer un libro: primero, porque es un placer, y segundo, porque se puede hacer ostentación de haberlo leído. Se ha puesto de moda en América entre las mujeres el leer (o aparentar que se lee) algunos libros cada mes. Algunas los leen, otras se contentan con el primer capítulo; pero todas tienen esos libros en sus mesas. No leen, sin embargo, obras maestras. No se ha dado el caso de que los Clubs de libros elijan ningún mes Hamlet o El Rey Lear; ningún mes ha habido necesidad de leer a Dante. Por lo tanto, no se leen nunca obras maestras, sino libros modernos, de autores mediocres. Esto también es un efecto de la competencia, y no tal vez del todo abominable, porque la mayor parte de las señoras en cuestión, abandonadas a sí mismas, en vez de leer obras maestras, leerían libros peores que los seleccionados para ellas por sus pastores y mentores literarios. La boga de la competencia en la vida moderna está relacionada con la decadencia general del tipo de civilización, tal como sucedió en Roma después de la época de Augusto. Hombres y mujeres parecen incapaces de gozar placeres más intelectuales. El arte de la conversación general, por ejemplo, que llegó a la perfección en los salones franceses del siglo XVIII, todavía era una tradición viva hace cuarenta años. Era un arte verdaderamente exquisito, que ponía en juego las más altas facultades en beneficio de algo completamente efímero. Pero ¿quién se preocupa en nuestros días por nada tan apacible? En China todavía este arte era perfecto hace diez años; pero yo creo que el ardor misionero de los nacionalistas lo ha ahuyentado por completo. El conocimiento de la buena literatura, que era universal entre la gente educada hace cincuenta o cien años, está ahora reducido a unos cuantos profesores. Todos los placeres más tranquilos se han abandonado. Algunos estudiantes americanos me llevaron de paseo en primavera, a través de un bosque próximo a su residencia; estaba lleno de deliciosas flores salvajes, pero ninguno de mis guías conocía tan siquiera el nombre de una de ellas ¿De qué servía saberlo? Ninguno iba a ganar por ello más dinero.

La conquista de la felicidad, Bertrand Russell