agosto 23, 2015

Lo que tienen de bueno los hombres de ciencia: que están seguros de todo.

El más famoso doctor del País se llamaba Atterdel. Eran muchos los que le habían visto resucitar a los muertos, a gente que estaba con un pie en el otro barrio, en las últimas de verdad, y él los había repescado del infierno y devuelto a la vida, lo que a decir verdad era algo embarazoso, a veces hasta inoportuno, pero hay que comprender que ése era su trabajo, y que nadie sabía hacerlo como él, por lo que todos resucitaban a la salud de parientes y amigos todos, obligados a aplazar las lágrimas y herencias para tiempos mejores, la próxima vez a lo mejor se lo piensan con más calma y llaman a un doctor normal, uno de esos que los remata y ya está, no como éste, que los vuelve a poner en pie, sólo porque es el más famoso del País. Y el más caro, encima.
Así que el padre Pluche pensó en el doctor Atterdel. No es que creyera demasiado en los médicos, eso no, pero para todo lo que tenía que ver con Elisewin se había obligado a pensar con la cabeza del barón, no con la suya. Y la cabeza del barón pensaba que donde fallaba Dios podía apañárselas la ciencia. Dios había fracasado. Ahora le tocaba a Atterdel.

Océano mar, Alessandro Baricco