Salgo de mi casa.
Mientras estoy fuera, alguien entra en mi casa vacía y se instala en ella.
Come la comida de mi frigorífico, duerme en mi cama, mira mi televisor.
Quizá porque se siente culpable, arregla mi despertador roto, lava la ropa, lo ordena todo
y luego desaparece.
Como si nadie hubiera estado allí...
Un día entro en una casa vacía.
Parece que nunca haya estado nadie,
así que me desnudo, me baño, preparo la comida, lavo la ropa,
arreglo una báscula de baño y juego al golf en el jardín de la casa.
En la casa hay una mujer desanimada, asustada y herida,
que no sale nunca y que llora.
Le muestro mi soledad.
Nos entendemos sin decir ni una palabra, nos vamos sin decir ni una palabra.
Mientras elegimos una casa en que vivir, nos sentimos cada vez más libres.
En el momento en que parece que nuestra sed
de libertad se ha aplacado,
nos quedamos atrapados en una casa oscura.
Uno de los dos se queda en una casa hecha de nostalgia. El otro aprende a convertirse en un fantasma
para esconderse en el mundo de la nostalgia.
Ahora que soy un fantasma, ya no siento deseos de buscar una casa vacía.
Ahora me siento libre de ir a la casa en la que vive mi amada y besarla. Nadie sabe que estoy allí.
Excepto la persona que me espera...
Siempre llega alguien para la persona que espera...
Llega, seguro... hasta para la persona que espera...
Este día del año 2004, alguien abrirá el candado que bloquea mi puerta
y me liberará.
Confiaré ciegamente en esa persona
y la seguiré a donde sea sin que me importe lo que pueda suceder...
Hacia un nuevo destino...
Es difícil saber si el mundo en que vivimos es sueño o realidad.
Kim Ki-duk (relato en el que se basa su película 3-Iron)
Arranco las hojas de los libros que voy leyendo. Las hago mías, porque hablan de mí. Después las comparto con los demás, porque creo que hablan de ellos también.
julio 31, 2012
julio 06, 2012
El muchacho problema
Cuanto más estrechaba Hans los lazos que lo unían a su amigo más lejos se sentía del colegio. Un nuevo sentimiento de felicidad corría por sus venas y por su cerebro como el mejor de los vinos nuevos. Homero, lo mismo que Tito Livio habían perdido su primera importancia e interés. Los maestros se horrorizaban al contemplar al antes ejemplar Giebenrath transformado en un muchacho problema uncido a la mala y altamente sospechosa influencia de Heilner. Nada hay de hecho que cause más horror y más preocupación a un profesor que esas extrañas criaturas, muchachos precoces, en el peligroso periodo de la adolescencia. Más aún, encontraban ciertas genialidades en Heilner que estimaban malsanas porque siempre ha habido tradicionalmente un distanciamiento entre el genio y la ocupación de la enseñanza y cualquier síntoma de estas manifestaciones del genio son vistas con horror desde el primer momento por los profesores. Por lo que a éstos, se refería, los genios eran aquellos alumnos mal orientados que pocas veces demostraban respeto por sus compañeros, empezaban a fumar a los catorce años, tenían su primera novia a los quince, visitaban las tabernas desde los dieciséis, leían libros prohibidos, escribían composiciones escandalosas, se enfrentaban a los profesores con desprecio en la mirada, y se les registraba en los libros del colegio como vulneradores del orden y como aspirantes a serios castigos. Un maestro de escuela siempre ha de desear tener toda una clase de tontos, que un sólo genio entre sus alumnos, y hasta cierto punto tiene razón, pues cabalmente hablando su labor no estriba en educar a brillantes inteligencias sino formar buenos latinistas, buenos matemáticos y buenos para nada. ¿Quién de los dos sufre más, el maestro a manos del muchacho o éste a manos del maestro? ¿Quién es el más tirano y atormentador, y quién de los dos es el que destruye y profana, parcialmente por lo menos, la vida y el espíritu del otro? Imposible es decidirlo sin volver los ojos hacia atrás y sin pensar en la propia adolescencia sin cólera y vergüenza. Pero queda el consuelo de saber que tratándose de verdaderos genios, las heridas casi siempre cicatrizan y se convierten en gentes creadoras de sus propias obras maestras a pesar de sus años en el colegio, y cuando mueren quedan envueltos en un glorioso y brillante nimbo, son presentados por los maestros a las siguientes generaciones como nobles y ejemplares seres. Y así, el espectáculo de la perpetua lucha entre las reglas y el espíritu se repite en cada clase y continuamos viendo al Estado y al colegio empeñados en atajar desde el primer momento todo surgimiento de genio entre los espíritus más profundos y nobles que afloran cada año. Y son especialmente los muchachos que constituyen problemas, los que huyen y los que son expulsados, los destinados más tarde a enriquecer la vida de su país. Sin embargo, muchos, en número que nadie puede prever, se gastan en mudas rebeldías y finalmente son arrastrados por la corriente.
Bajo la rueda, Hermann Hesse
julio 02, 2012
Correr
En mi caso, la mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada mañana. De un modo natural, físico y práctico. ¿En qué medida y hasta dónde debo forzarme? ¿Cuánto descanso está justificado y cuánto es excesivo? ¿Hasta dónde llega la adecuada coherencia y a partir de dónde empieza la mezquindad? ¿Cuánto debo fijarme en el paisaje exterior y cuánto concentrarme profundamente en mi interior? ¿Hasta qué punto debo creer firmemente en mi capacidad y hasta qué punto debo dudar de ella? Tengo la impresión de que si, cuando decidí hacerme escritor, no se me hubiera ocurrido empezar a correr largas distancias, las obras que he escrito serían sin duda bastantes diferentes. Concretamente, ¿en qué modo lo serían? No lo sé, a tanto ya no llego. Pero seguro que serían muy distintas.
En cualquier caso, me alegro de haber seguido corriendo sin descanso hasta hoy. Porque las novelas que escribo ahora también me gustan a mí. Y estoy deseando saber cómo será la próxima. Que al tiempo que recorro el camino de mi intrascendente vida plagada de contradicciones, como ser incompleto, como escritor con sus limitaciones, todavía siga sintiendo estas cosas, debe de ser un importante logro. Puede que exagere un poco, pero tengo incluso la impresión de que podría llamarlo «milagro». Y si el hecho de correr a diario me ha ayudado a lograrlo, aunque sólo sea en cierta medida, entonces debería estarle profundamente agradecido.
A veces, algunas personas se dirigen a los que corremos a diario para preguntarnos burlonamente si lo que pretendemos con tanto esfuerzo es vivir más. La verdad es que no creo que haya mucha gente que corra a fin de vivir más. Más bien tengo la impresión de que son más numerosos los que corren pensando «No importa si no vivo mucho, pero, mientras viva, quiero al menos que esa vida sea plena». Por supuesto, es muchísimo mejor vivir diez años de vida con intensidad y perseverando en un firme objetivo, que vivir esos diez años de un modo vacuo y disperso. Y yo pienso que correr me ayuda a conseguirlo. Ir consumiéndose a uno mismo, con cierta eficiencia y dentro de las limitaciones que nos han sido impuestas a cada uno, es la esencia del correr y, al mismo tiempo, una metáfora del vivir (y, para mí, también del escribir). Probablemente muchos corredores compartan esta opinión.
De qué hablo cuando hablo de correr, Haruki Murakami
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