noviembre 20, 2011

Los pimientos rojos

En el curso de un viaje, Mulla Nasrudin llega a un pueblo. En el mercado se queda pasmado delante de un tenderete de frutas exóticas, desconocidas, que encuentra de lo más apetitosas. Le dice al vendedor:
- Estas frutas me parecen excelentes. ¡Póngame un kilo!
Se va la mar de contento con su compra. Un poco más lejos, le hinca el diente a una de estas frutas rojas, pero al instante siente que la boca le echa fuego. Se pone rojo. Sus ojos lloran y, sin embargo, continúa comiendo. Un transeúnte, que le está mirando desde hace rato, le aborda:
- Pero ¿qué hace usted?
- Creía que estas frutas eran muy buenas. Pensando que no iba a tener bastante con una sola, he comprado un kilo.
- Comprendo, pero ¿por qué se empeña usted en comérselas? Son pimientos rojos, y son terriblemente fuertes.
- No son los pimientos lo que yo me como ahora -profiere Mulla-, sino mi dinero.

Uno ha hecho grandes esfuerzos para conseguir una situación o formar una pareja u otra cosa y, sin embargo, se ha equivocado, pero insiste: uno se obstina en comerse los pimientos. En esta historia, los pimientos representan el esfuerzo que se ha realizado. No somos lo bastante humildes para reconocer que hemos cometido un error. Continuamos invirtiendo todo lo que poseemos en los pimientos.

Si uno quiere cambiar, en un momento dado, hay que ser lo bastante humilde para decirse: "Me he equivocado. He comprado un kilo de pimientos que no puedo comerme, pues me hacen daño. Los dejo y empiezo otra cosa".
"He pasado treinta años con esta mujer" o "He pasado veinticinco años llevando esta estúpida vida".
"Tienes dos soluciones: o volver a empezar tu vida o no poner fin a esta relación pero reorganizarla."
Cuando se han pasado muchos años con alguien, es preciso reajustar la pareja. No continuar con una vieja organización que no se corresponde ya con la realidad presente. Uno mismo se dice:
"Me había propuesto en mi juventud un ideal para mi familia, pero han pasado los años y los intereses han cambiado. No puedo seguir viviendo de este modo: voy a reorganizarlo todo".

La sabiduría de los cuentos, Alejandro Jodorowsky

noviembre 06, 2011

Crecer

Casi todos los niños juegan alguna vez a los bomberos. Yo igual, pero antes de eso juego a que soy grande. No es suficiente con decir que hay un incendio allí, necesitamos fuego de verdad. Cubetas, manguera, agua, un bote de basura repleto de papeles, un poquito de alcohol. Y esa es otra razón por la que no me invitan a los cumpleaños. Siempre acabo metiéndolos en problemas, sólo porque no quiero esperar hasta ser grande para vivir la vida de verdad. ¿Quién me dice que cuando sea grande no me voy a volver un cobardazo?
     No sé qué va a pasar cuando al fin crezca, pero no me entusiasma la idea de estar como Xavier, encerrado en un banco el día entero. Si tengo que vivir contando dinero, por lo menos que sea el de mi cartera. Se lo digo cuando me lleva a su oficina, en el Centro. Que me encanta, porque me paso la mañana jugando en su privado, por todo el edificio y de repente ya no quiero ser grande. Me da miedo que un día tenga que trabajar en un lugar así, hablando todo el día de millones de pesos que no voy a poder gastar en discos.
     Dice Xavier que ya con dieciséis años podría contratarme los dos meses de vacaciones. Como office boy, y a mí no me interesa crecer sólo para eso. Quiero ser grande para andar en moto y saltar en paracaídas, no para hacerme viejo a los dieciocho. De todos modos dice Xavier que cuando uno es adulto le da por ver las cosas de otra forma. Tal vez cuando sea grande no escriba más historias ni me interesen los paracaídas. A lo mejor mis juegos son tan falsos como un juguete de papel, pero me he dado cuenta que duran más tiempo. Cuando intento explicarlos, todos me ven con caras de aburrición. Sólo yo me divierto con mis juegos, a lo mejor porque invento las reglas sin tener que ponerme de acuerdo con nadie.
     En mis historias puedo prenderle fuego a todo lo que quiera, sin que me echen la culpa de nada.  A veces no me sale, y lo cierto es que nunca ha acabado de salirme. Pero de eso me entero mucho después, cuando todo pasó y estoy de vuelta en el aburridísimo salón 52, donde si prendo un solo cerillito voy a ir a dar a la oficina del prefecto. En ninguna de mis historias hay prefectos, ni niños. Soy grande en todas ellas, igual que los demás personajes. Ninguno de ellos está jugando. Y eso es lo que me gusta, jugar a que no estoy jugando en realidad.
     Celita no ha querido enseñarme a jugar póker. Dicer que ni Xavier ni Alicia se lo perdonarían. Le pregunto si cuando tenga doce años, pero no la convenzo. Jura que ni siquiera a los catorce. Ya parece que con catorce añazos voy a seguir jugando serpientes y escaleras. Puede que para entonces ya haya logrado ver una película de Roman Polanski. Alicia, por lo pronto, dice que tampoco. Que no la entendería, además, y ni modo que diga que ya entiendo de todo y digo groserías y me robo las plumas sin miedo al infierno y ya sé que enchufar se dice coger. No puedo decirle eso a mi mamá. Me voltearía ahora sí la boca pa' la nunca, y seguiría sin ver El bebé de Rosemary.
    Van a pasarla la semana que entra, estoy harto de suplicarles que me lleven. Ya sé que es para adultos, pero va a estar en el autocinema. Podría colarme debajo de los sarapes, como cuando tenía nueve años. Sólo que la película era de James Bond, me recuerdan, me aburren, y James Bond no tenía hijos con el Diablo. ¿Cómo voy a explicarles que necesito ver El bebé de Rosemary para ver si así entiendo por qué Manson mandó matar a Sharon Tate?
     Encontré una entrevista con Polanski, venía en el suplemento de los domingos. La leí y me quedé con la boca abierta (Xavier diría que como de costumbre). Cuenta que tuvo una infancia espantosa, huérfano y escondido de los alemanes. Dice que en sus películas el héroe siempre es un perdedor. ¿O sea que no estoy solo? ¿Verdad, Roman Polanski, que los héroes no tienen que triunfar al final?
   La semana pasada González me contó que las novelas necesitan tener planteamiento, clímax, desenlace, más no sé cuántas cosas que las mías no tienen. A lo mejor por eso no acaban de quedarme, aunque al final lo divertido no es terminarlas. Igual que con los álbumes, que nunca los lleno. Como que se me van quitando las ganas, o empiezo un nuevo álbum y me voy olvidando del anterior. Alicia siempre pone de ejemplo a Enriquito, que junta sólo un álbum, pero lo llena. Tengo montañas de álbumes incompletos y estampas repetidas que guardo como si fuera a necesitarlas.
     Tal vez podría terminar cada historia si ya hubiera encontrado la manera de cometer un crimen perfecto, pero ni eso ha acabado de ocurrírseme. Por eso necesito ver las películas que ven los grandes, no entiendo cómo tengo que hacer para que no se note que quien cuenta la historia es un niño que todavía no cumple los doce años. Un escuincle baboso que cree que va a quitarse lo cobarde toreando coches en Insurgentes. Xavier diría lo mismo, si se enterara. ¿Cómo se hace para que los lectores vean sólo al valiente, no al escuincle baboso? Si pudiera hacer eso, sería Polanski.

Éste que ves, Xavier Velasco