marzo 05, 2025

Sin lógica, la máquina no funciona.

 Ciertamente, el mundo de la computadora ya fue invadido por los abyectos, y cuanto más se abaratan costos, tanto más crece la abyección. No porque los pobres sean necesariamente abyectos (que a menudo sí lo son, a veces tanto como los ricos), sino porque los vivarachos usarán las maravillas tecnológicas para embrutecer más a los pobres, a esos pobres de los ranchitos de lata con antena de televisión. Y de paso se embrutecen ellos también, quiero decir 《los poderosos》. Siempre fueron brutos, en algún sentido, y ahora lo serán más, gracias a la tecnología. Internet saldrá definitivamente de la esfera de la cultura donde nació, y será manejada por los comerciantes y estadistas. Pero así y todo, la propia estructura de la computadora, la inteligencia de la humanidad que la ha hecho funcionar, eso seguirá siempre vigente. Siempre será un mundo para desentrañar, con el que dialogar, porque está necesariamente regido por la lógica. Sin lógica, la máquina no funciona. Aunque el que la maneja no sea lógico. Un babeante hincha de fútbol ya puede accionar algunos botones y obtener algunos resultados. Pronto podrá obtener muchos más, con menor desgaste intelectual. Sin embargo, tal vez sigan quedando individuos solitarios que prefieran dialogar con las entrañas de un sistema operativo en la Nochebuena, indiferentes a los cohetes y a las borracheras. Claro que me duele un poco esta soledad; las cosas bien podrían ser de otra manera. Claro que me sumerjo en el mundo de la máquina para no sentir ese dolor, que más que dolor es nostalgia, o una especie de nostalgia, como la de los tangos, que no está referida obligatoriamente a un hecho concreto, a una historia vivida. Nostalgia de lo que pudo haber sido una raza, o un país. Ah, la gente...

La novela luminosa - Mario Levrero

enero 23, 2019

La herramienta espiritual

Abimael rememora otra anécdota: <<Cuando terminábamos el curso de explosivos, nos dijeron que todo se podía explosionar; entonces, en la parte final, cogíamos el lapicero y reventaba, nos sentábamos y también reventaba, era una especie de cohetería general, eran cosas perfectamente medidas para hacernos ver que todo podía ser volado si uno se las ingeniaba para hacerlo>>. Años depués, ya como líder de Sendero, Abimael reivindicaría a la <<humilde dinamita>> como <<arma del Pueblo, de la clase>>.
No obstante, en los cursos, toda la preparación militar estaba subordinada a la política: <<Cuando manejábamos elementos químicos muy delicados, nos recomendaban tener la ideología presente siempre y decían que ésta nos haría capaces de hacerlo todo y hacerlo bien; y aprendimos a hacer nuestras primeras cargas para demoler>>.
El valor casi místico que se atribuye la ideología recuerda a la Fuerza de Luke Skywalker, una herramienta espiritual y trascendente que le da a su usuario poder ilimitado. Por supuesto, un materialista no cree en fuerzas del más allá. Pero para Guzmán, el marxismo es <<ciencia y, a su vez, una ideología>>, es decir, una verdad trascendental. Este tipo de marxista realiza el mismo procedimiento racional de un teólogo. Dispone de argumentos racionales, pero en lo fundamental, lo suyo es un acto de fe.
La crítica de Karl Popper al marxismo es precisamente que no puede ser científico porque en ningún caso resulta falso. La física de Aristóteles, por ejemplo, resulta falsa cuando hay que explicar el movimiento de los planetas. Entonces aparece la teoría de la gravedad de Newton, que, sin embargo, es falsa en un universo con agujeros negros y energía negativa, de la que sí da cuenta la relatividad de Einstein. Así, la ciencia avanza creando nuevas teorías para superar las insuficiencias de las antiguas, En cambio, un marxista nunca admitirá la evidencia de que su teoría no explica el orden social. De hecho, descartará como <<burgués>> todo argumento que cuestione sus directrices. Al igual que un católico ve a Dios en cada forma de vida, un marxista encuentra en cada hecho histórico -incluso en la crítica ajena- la confirmación de sus creencias.

La cuarta espada - Santiago Roncagliolo

enero 15, 2019

El médico profesor

<<El médico profesor tiene que estar por ahí en los caminos, observando, manoseando, viendo, oyendo, tocando, bregando por curar con la rastra de aprendices que le dan el nombre de los nombres: ¡Maestro!... Sí, doctorcitos: no es para ser lindos y pasar cuentas grandes y vender píldoras de jalea... Es para mandaros a todas partes a curar, inventar y, en una palabra, a servir>>.

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Para mi papá el médico tenía que investigar, entender las relaciones entre la situación económica y la salud, dejar de ser un brujo para convertirse en un activista social y en un científico. En su tesis de grado denunciaba a los médicos-magos: <<Para ellos, el médico ha de seguir siendo el pontífice máximo, encumbrado y poderoso, que reparte como un don divino familiares consejos y consuelos, que practica la caridad con los menesterosos con una vaga sensación de sacerdote bajado del cielo, que sabe decir frases a la hora irreparable de la muerte y sabe disimular con términos griegos su impotencia>>. Se enfurecía con quienes querían simplemente "aplicar tratamientos" a la fiebre tifoidea, en lugar de prevenirla con medidas higiénicas. Lo exasperaban las "curaciones maravillosas" y las "nuevas inyecciones" que los médicos daban a su "clientela particular" que pagaba bien las consultas. Y sentía la misma revuelta interior contra quienes "sanaban" niños, en vez de intervenir en las verdaderas causas de muchas de sus enfermedades, que eran sociales.

El olvido que seremos - Héctor Abad Faciolince

noviembre 02, 2017

Día de muertos

A Chacaltana nunca se le había ocurrido considerar su situación de esa manera. Echó un vistazo a su madre, y por primera vez en la última semana no vio en ella regaños, soledad y severidad, sino protección y amor. Luego trató de mirar a su padre, en la foto familiar en la mesita. Uno de los floripondios le tapaba el rostro.
-Mi esposa, que en paz descanse -siguió Don Gonzalo, sirviéndose otro pisco-, era una mujer muy dulce. Tan buena que casi parecía ingenua, ¿saben? Pasamos unos años juntos. Fue un tiempo hermoso, lleno de esperanza. Concebimos a Joaquín... Y luego ella...
En la última frase, su voz se quebró. Era demasiada muerte para recordarla con frialdad.
-La muerte nos llevará a todos -sentenció la madre de Chacaltana-. Nadie escapa de ella.
-Lo peor no es la muerte. Es la tristeza de los que quedamos vivos. Es el vacío. Y la incertidumbre. Yo... No pude estar a su lado cuando murió. Nos estaban evacuando. Había que salvar al niño o a ella.
-No se torture, Don Gonzalo -musitó la madre, casi para sí misma-. A veces la vida es más fuerte que nosotros.
-Nunca supe cuáles fueron sus últimas palabras -siguió el viejo-. Nunca supe qué pasó por su cabeza en los últimos momentos. Ni siquiera en los últimos días...
Ahora sí, el hombre se echó a llorar sin remedio. Chacaltana sintió que algo se le escapaba en esa conversación. Que Don Gonzalo y su madre se comunicaban en un nivel diferente. Pero él quería formar parte de eso. De repente, se le ocurrió que Don Gonzalo podía ser el elemento que había faltado en su casa. Y él mismo, y su madre, podían ser lo que a Don Gonzalo le había faltado toda la vida. A todos en esa sala les habían arrebatado algo, les habían mutilado la existencia, y ninguno de ellos sabía por qué. Casi sin querer, comentó en voz alta:
-Los muertos nos dejan misterios que ya nunca resolveremos.
-Pero yo no me resigno, Félix -respondió Don Gonzalo, quizás más contundente de lo apropiado. A lo mejor era hora de cerrar esa botella de pisco-. Joaquín se ha ido sin decirme quién era, qué hacía, qué esperaba de la vida, si era feliz. La gente que quiero desaparece sin dejar rastro, como fantasmas.
-Comprendo -asintió Félix. De verdad comprendía lo de los fantasmas.
-Y el único que puede ayudarme, Félix, eres tú, ¿me ayudarás?
De repente, todo el mundo quería que Félix lo ayudase con sus hijos. Félix era consciente de que tenía el aspecto del hijo perfecto, el que nunca se mete en problemas. Y quería seguir siendo exactamente eso.
-No siempre es buena idea saber todo sobre los que se van.

La pena máxima - Santiago Roncagliolo

mayo 08, 2017

De residente a especialista

Para cuando me convertí en especialista, en 1987, ya tenía mucha experiencia como cirujano. Me habían nombrado sustituto del adjunto especialista titular en el hospital donde me estaba formando, y mi jefe, a medida que su carrera tocaba a su fin, fue delegando en mí casi todas las intervenciones. En cuanto te conviertes en especialista, de pronto eres responsable de tus pacientes de un modo muy distinto a como lo habías sido siendo residente y aprendiz. De repente, miras atrás y tus años de formación casi te parecen una etapa libre de preocupaciones. Como residente, la responsabilidad definitiva por cualquier error que puedas cometer es en última instancia de tu jefe, el adjunto especialista, no tuya. A medida que me hago mayor, la confianza de muchos de mis discípulos en sí mismos, de cuyas equivocaciones soy responsable, me parece cada vez más irritante; sin embargo, yo no era muy distinto a ellos en mis tiempos. Todo eso cambia cuando te conviertes en especialista.

Ante todo no hagas daño, Henry Marsh

agosto 12, 2016

Atletos y atletas

Agosto 12

En 1928, culminaron las olimpiadas de Ámsterdam.
Tarzán, alias Johnny Weissmuller, fue campeón de natación, y Uruguay, campeón de fútbol. Y por primera vez la llama olímpica, encendida en una torre, acompañó las jornadas del principio al fin.
Pero estos juegos resultaron memorables por otra novedad: por primera vez, participaron mujeres.
Nunca, en toda la historia de las olimpiadas, desde Grecia en adelante, se había visto nada igual.
En las olimpiadas griegas, las mujeres tenían prohibido competir, y ni siquiera podían asistir a los espectáculos.
Y el fundador de las olimpíadas modernas, el Barón de Coubertin, se opuso a la presencia femenina mientras duró su reinado:
-Para ellas, la gracia, el hogar y los hijos. Para ellos, la competición deportiva.

Los hijos de los días, Eduardo Galeano

agosto 23, 2015

Lo que tienen de bueno los hombres de ciencia: que están seguros de todo.

El más famoso doctor del País se llamaba Atterdel. Eran muchos los que le habían visto resucitar a los muertos, a gente que estaba con un pie en el otro barrio, en las últimas de verdad, y él los había repescado del infierno y devuelto a la vida, lo que a decir verdad era algo embarazoso, a veces hasta inoportuno, pero hay que comprender que ése era su trabajo, y que nadie sabía hacerlo como él, por lo que todos resucitaban a la salud de parientes y amigos todos, obligados a aplazar las lágrimas y herencias para tiempos mejores, la próxima vez a lo mejor se lo piensan con más calma y llaman a un doctor normal, uno de esos que los remata y ya está, no como éste, que los vuelve a poner en pie, sólo porque es el más famoso del País. Y el más caro, encima.
Así que el padre Pluche pensó en el doctor Atterdel. No es que creyera demasiado en los médicos, eso no, pero para todo lo que tenía que ver con Elisewin se había obligado a pensar con la cabeza del barón, no con la suya. Y la cabeza del barón pensaba que donde fallaba Dios podía apañárselas la ciencia. Dios había fracasado. Ahora le tocaba a Atterdel.

Océano mar, Alessandro Baricco