diciembre 26, 2011

Derechos

Más tarde nos acurrucamos con nuestros abrigos, mientras caía la primera nevada en forma de destellos relucientes que se desvanecían al tocar el suelo.
–Nunca me gustó ver películas con Chloë –dijo Jesse–. No soportaba los comentarios que hacía.
–No puedes estar con una mujer con la que no puedes ir al cine –dije (como si fuera el abuelo Walton)–. ¿Qué clase de comentarios hacía?
Él observó como caía la nieve por un momento; a la luz de las farolas, sus ojos parecían brillantes, como el cristal.
–Comentarios estúpidos. Intentaba ser provocativa. Era parte de su rollo de joven profesional.
–Suena bastante aburrido
–Lo es cuando estás viendo una película que te gusta mucho. No quieres que alguien intente hacerse el «interesante». Sólo quieres que la película le guste. ¿Sabes lo que dijo una vez? Dijo que la Lolita de Stanley Kubrick era mejor que la de Adrian Lyne. –Movió la cabeza con gesto de incredulidad y se encorvó hacia adelante. Por un momento me recordó a un joven soldado–. Eso no puede ser –dijo–. La Lolita de Adrian Lyne es una obra maestra.
–Lo es
–Le puse El padrino –dijo–. Pero antes de que empezáramos le dije: «No quiero oír ninguna crítica a esta película, ¿vale?».
–¿Qué dijo ella?
–Dijo que estaba siendo «dominante». Que ella tenía derecho a dar su opinión.
–¿Y qué dijiste tú?
–Que sobre El padrino no tenía derecho.

Cineclub, David Gilmour

Pasividad

Jueves 12 de setiembre

Diego es un preocupado, y merced a su influencia, Blanca se está convirtiendo en otra preocupada. Esta noche hablé largamente con ambos. Su preocupación es el país, su propia generación, y, en el fondo de ambas abstracciones, su preocupación se llama Ellos Mismos. Diego quiere hacer algo rebelde, positivo, estimulante, renovador; no sabe bien qué. Hasta ahora lo que siente con la máxima intensidad es un inconformismo agresivo, en el cual falta todavía un poco de coherencia. Le parece funesta la apatía de nuestra gente, su carencia de impulso social, su democrática tolerancia hacia el fraude, su reacción guaranga e inocua ante la mistificación. Le parece espantoso, por ejemplo, un matutino con diecisiete editorialistas que escriben como un hobby, diecisiete rentistas que desde un bungalow de Punta del Este claman contra la horrible plaga del descanso, diecisiete pitucos que usan toda su inteligencia, toda su lucidez, para henchir de habilidosa convicción un tema en que no creen, una diatriba que en el fondo de sí mismos consideran injusta. Le subleva que las izquierdas sobrelleven, sin disimularlo mucho, un fondo de aburguesado acomodo, de rígidos ideales, de módico camanduleo. «¿Usted ve alguna salida?», pregunta y vuelve a preguntar, con franca, provocativa, ansiedad. «Lo que es yo por, por mi parte, no la veo. Hay gente que entiende lo que está pasando, que cree que es absurdo lo que está pasando, pero se limitan a lamentarlo. Falta pasión, ése es el secreto de este gran globo democrático en que nos hemos convertido. Durante varios lustros hemos sido serenos, objetivos, pero la objetividad es inofensiva, no sirve para cambiar al mundo, ni siquiera para cambiar un país de bolsillo como éste. Hace falta pasión, y pasión gritada, o pensada a los gritos, o escrita a los gritos. Hay que gritarle en el oído a la gente, ya que su aparente sordera es una especie de autodefensa, de cobarde y malsana autodefensa. Hay que lograr que se despierte en los demás la vergüenza de sí mismos, que se sustituya en ellos la autodefensa por el autoasco. El día en que el uruguayo sienta asco de su propia pasividad, ese día se convertirá en algo útil.»

La tregua, Mario Benedetti

diciembre 23, 2011

Convicciones

La excepción era un chico muy espigado, rubio como el trigo, de ojos azules y un perfil tan dolicocéfalo que sólo se encontraba, como ejemplo, en las láminas para enseñar la crianza de razas nórdicas. Barbilla, boca, nariz, frente, dibujados con un solo trazo, merecían la calificación de "pura raza". Un Sigfrido parecido a Baldur, dios de la Luz. Resplandecía más radiante que la luz del día. No tenía ninguna tacha, ni una verruga diminuta en el cuello, en la sien. No ceceaba, ni mucho menos tartamudeaba cuando tenía que responder una orden, Nadie mostraba más resistencia en las carreras de fondo ni más valor al salvar fosas mohosas. Nadie era tan rápido cuando se trataba de superar en segundos una pared escarpada. Podía hacer sin flaquear cincuenta flexiones de rodillas. Batir récords en competiciones le hubiera sido fácil. Nada, ningún defecto enturbiaba su imagen. Sin embargo, él, cuyo nombre de pila y apellido se me han borrado, se convirtió para mí en una auténtica excepción, por su desobediencia.
No quería aprender a manejar un arma. Más aún: se negaba a tocar siquiera su culata o su cañón. Peor todavía: si el mortalmente serio subteniente le ponía en la mano el fusil, lo dejaba caer. Él o sus dedos actuaban de una forma punible.
¿Había algún delito más grave que, distraidamente o mucho más con deliberación y desobedeciendo una orden, dejar caer al polvo del campo de instrucción el mosquetón, el fusil, la prometida novia del soldado?
Con la pala, la verdadera herramienta de todos los miembros del Servicio de Trabajo, hacía todo lo que se le ordenaba. Conseguía presentar la hoja de su pala tan resplandeciente que ante su perfil nórdico parecía un escudo contra el sol. Se le podía mirar como digno de adoración y como modelo. El noticiario, dentro de lo que el Gran Reich Alemán seguía ofreciendo en los cines, lo hubiera podido proyectar en la pantalla como aparición sobrenatural.
También en lo que se refiere a su trato con los compañeros, hubiera habido que darle las máximas calificaciones: el pastel de nuez que le enviaban de casa lo compartía de buena gana, estaba siempre dispuesto a ayudar. Era un chico de carácter amigablemente bondadoso, que hacía sin rechistar lo que se le pedía. Si se le rogaba, limpiaba, después de sus botas, las de sus compañeros de habitación, de una forma tan reglamentaria, que incluso para el más severo subteniente resultaba un placer verlas. Manejaba los trapos de limpieza y los cepillos, y sólo evitaba coger el fusil, el arma, el mosquetón 98, para el que, como todos, debía recibir instrucción premilitar.
Le impusieron toda clase de servicios de castigo, tuvieron paciencia con él, pero no sirvió de nada. Incluso el vaciar las letrinas de la dotación con un cubo al final de una larga pértiga en la que pululaban gusanos, castigo que, en la jerga de las barracas, se llamaba "centrifugar miel", lo hacía a fondo durante horas y sin protestar, rodeado de moscas, sacando de la fosa la mierda que había debajo de la tabla de los truenos, llenando el cubo hasta el borde para transportarla, y sólo para, poco después, recién duchado, y formado para recoger el arma volver a rehusarla: veo caer el fusil y golpear contra el suelo como a cámara lenta.
Al principio le hacíamos preguntas, tratábamos de convencerlo, porque realmente nos caía bien aquel "bobalicón":
-¡Cógelo! ¡Sostenlo sólo!
Su respuesta se limitaba a algunas palabras, que pronto se convirtieron en una cita que nos susurrábamos.
Sin embargo, cuando, por su culpa, nos impusieron a todos servicio de castigo y, a pleno sol, nos hicieron sudar hasta desmayarnos, todo el mundo empezó a odiarlo.
También yo intenté encolerizarme. Se esperaba que le apretáramos las tuercas. Lo que hicimos. Lo mismo que él sobre nosotros, ejercimos nuestra presión sobre él.
En la habitación de su grupo, fue golpeado incluso por uno de los chicos a los que antes había limpiado impecablemente las botas: todos contra uno.
A través de la pared de tablas que separaba una habitación de otra, oigo sus gemidos, porque se me han quedado grabados. Oigo restallar los cinturones de cuero. Alguien va contando en voz alta los golpes.
Sin embargo, ni palizas ni amenazas, nada podía obligar a coger de una vez el arma. Cuando algunos chicos se mearon en su saco de paja y quisieron acusarlo así de mojar la cama, aceptó también la humillación y, en la primera oportunidad, volvió a decir su frase inalterada.
No había forma de detener aquel proceso inaudito. Una mañana tras otra, en cuanto formábamos para la subida de bandera e, inmediatamente después, el subteniente del depósito de armas comenzaba, con inalterable seriedad solemne, a repartir los fusiles, él dejaba caer el que se le destinaba como si fuera la proverbial patata caliente. Enseguida, el incorregible rebelde estaba otra vez en firmes, con las manos en la costura del pantalón y la mirada fija en lontananza.
No puedo enumerar cuántas veces repitió la representación, que ahora irritaba incluso al mando, pero intento acordarme de las preguntas que le hicieron desde sus superiores hasta el subteniente, y con las que lo acosábamos nostros.
- ¿Por qué hace eso, hombre del Servicio de Trabajo?
- ¿Por qué haces eso, idiota?
Su respuesta, que nunca variaba, se convirtió en frase acuñada y se me ha quedado para siempre como digna de ser citada:
- Nosotros no hacemos eso.

Pelando la cebolla, Günter Grass
Traducción de Miguel Sáenz

diciembre 16, 2011

Lectura de un colegio en Zacatecas

En la comarca de Pueblo Niebla vivía un viejo sólito y solo.
El viejo hacía cestas de mimbre y zapatillas de cáñamo. Las regalaba a los vecinos y se ofendía si querían pagarle. Él se ganaba la vida como guardián de los huertos.
El viejo había venido de un lugar muy lejano y nunca hablaba de su vida.
Nadie se animaba a preguntarle: «¿Siempre fuiste tan viejo?», ni a preguntarle: «¿Siempre fuiste tan feo?».
El viejo andaba encorvado y cojeaba de una pierna. Era muy blanco el poco pelo que le quedaba. Una cicatriz le atravesaba la mejilla. Tenía la nariz torcida y cuando se reía abría una ventana, porque le faltaban los dientes de arriba.
Una noche de otoño, un niño llamado Carasucia saltó la tapia de un huerto. Iba a robar manzanas.
Carasucia no tuvo suerte. Cuando estaba por escapar, resbaló y quedó colgado de un clavo de la tapia. Las manzanas rodaron por el suelo. Carasucia cayó sobre un matorral lleno de espinas. Gritó.
El viejo guardián no le azotó el culo con ortigas. Tampoco lo denunció ante la madre. Un jirón de tela colgaba, como un rabo de oveja, del pantalón roto de Carasucia. El viejo guardián ni siquiera lo regañó. Meneó la cabeza, gruñó, le lavó los arañazos de los brazos y las piernas y acompañó a Carasucia hasta la puerta de su casa sin decir una palabra.
Pocos días después, Carasucia se perdió en el bosque. Caminaba y caminaba y por más que caminaba no podía encontrar la salida.
El techo de árboles apenas dejaba ver el cielo. Carasucia marchaba enredándose en los ramajes y chapoteando en el barro, cuando vio una piedra brillante. La piedra brillaba aunque estaba cubierta de musgo y de barro. Muerto de cansancio, Carasucia se sentó en la piedra. O quiso sentarse, mejor dicho, porque no bien apoyó el trasero, pegó un salto y lanzó un grito de dolor. ¡Pobre Carasucia! Pocos días antes, había caído sobre las espinas del matorral. Ahora, se había sentado en el aguijón de una avispa.
Pero no. No había ninguna avispa. La culpa era de la piedra, que quemaba como carbón encendido.
Hecho una furia, Carasucia la pateó.
Cuando el zapato raspó la piedra, unas pequeñas letras aparecieron. La boca de Carasucia quedó como una O.
Entonces Carasucia, que era un niño curioso, restregó la piedra con una rama. La piedra ardiente daba cada vez más luz mientras Carasucia le iba quitando el barro y el musgo. 
Por fin, Carasucia pudo leer estas palabras en la piedra desnuda:

Joven serás, si eres viejito,
partiéndome en pedacitos.

Carasucia, que no era viejito, pensó: «Si parto la piedra, ¿qué? Seré un bebé de pecho y no sabré caminar. ¿Y después? ¡Ah, no! ¡Eso sí que no! ¡Tendré que empezar la escuela de nuevo! ¡Al primer curso otra vez!». Y también pensó: «¡Qué mala suerte! ¡Encuentro una piedra mágica y no me sirve para nada!».
Entonces recordó al viejo guardián del huerto, que había sido bueno con él y era bueno con todos los demás. 
¡El viejo bailará como un trompo y saltará como una pulga y volará como un pájaro! ¡No volverá a toser! ¡Tendrá las piernas sanas y una cara sin tajos y una boca con todos los dientes!
Con tan asombroso descubrimiento, Carasucia había olvidado susituación. «Es muy tarde», descubrió de pronto, y sintió miedo. Para darse coraje, habló en voz alta. Al escuchar su propia voz, sintió menos miedo. Hablar en voz alta ayuda mucho cuando uno está perdido y solo y siente miedo. Carasucia dijo:
— Ahora, tengo que volver.
Y se preguntó:
— Y después, ¿cómo haré para encontrar la piedra?
Y se respondió:
— Voy a dejar señales en el camino.
Carasucia se sacó la camisa y la desgarró en tiritas.
Exploró un camino de salida. Cada pocos pasos, iba dejando una tirita de tela colgada de los árboles. Caminaba a los tropezones y muy lentamente, porque el bosque estaba bastante oscuro y enemigo.
Pero ese camino no servía y Carasucia lo desanduvo y volvió a la piedra ardiente.
Intentó otro camino, que tampoco servía.
A Carasucia le temblaban las rodillas y él decía, en voz alta:
— Fuera, miedo.
Y como las piernas seguían temblando, gritaba:
— ¡Fuera, miedo! ¡Fuera de aquí!
Y entonces las piernas seguían temblando, pero solamente por el frío.
Cuando Carasucia consiguió salir del bosque, ya había caído la noche. La luna le iluminó los pasos hasta su casa.
A la mañana siguiente, Carasucia bajó a los huertos. El viejo llevaba en una mano una olla llena de cal líquida y al hombro una escobilla de ramas. El viejo se detuvo y Carasucia le escuchó la respiración dificultosa.
Carasucia contó lo de la piedra.
El viejo le acarició la cabeza, bebió un chorro de vino de la bota de cuero y aceptó acompañar a Carasucia hasta los pantanos del bosque.
Siguiendo la ruta de las tiras de trapo, llegaron a la piedra.
— ¿Y? — preguntó Carasucia.
El viejo miraba la piedra mágica, con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. La piedra brillaba como un desafío.
— ¡Vamos, rómpela! — dijo Carasucia, tironeándole la ropa.
Pero el viejo no se movía.
El viejo se apoyó contra el tronco de un árbol. Sacó tabaco de una bolsita.
— ¡Ah! — dijo Carasucia —. ¡Nos hemos olvidado el martillo! ¿Cómo vas a romper la piedra sin martillo?
Muy de a poquito el viejo iba cargando la pipa, como si ése fuera un trabajo de siglos.
— ¿Quieres que vaya a buscar el martillo? — se ofreció Carasucia —. Ya conozco el camino y no me perderé.
— No — dijo el viejo — . No quiero.
— Pero... ¿No vas a romper la piedra?
El viejo clavó una ramita seca contra la piedra candente. Esperó a que se encendiera y entonces la sopló y arrimó la brasa a la pipa.
— Pero, pero... — Carasucia sintió que las lágrimas le saltaban a los ojos. Estaba furioso y gritó:
— ¿Para eso me quemé? ¿Para eso pasé tanto frío y tanto miedo?
El viejo echó una larga bocanada de humo.
— Ven — dijo.
Y apoyó una mano sobre el hombro de Carasucia.
— Yo sé lo que piensas — dijo — y quiero explicarte. Soy viejo, aunque bastante menos viejo de lo que crees, y soy cojo y estoy desfigurado. Yo sé. Pero no me creas tonto, Carasucia. Tonto no soy. Y por primera vez en tantos años, el viejo dijo su historia.
— Estos dientes no se cayeron solos. Me los arrancaron a golpes. Esta cicatriz que me corta la cara, no viene de un accidente. Los pulmones... La pierna... Rompí esta pierna cuando me escapé de la cárcel, porque era muy alto el muro y había vidrios abajo. Hay otras marcas, también, que no puedes ver. Marcas que tengo en el cuerpo y no solamente en el cuerpo y que nadie puede ver.
Los resplandores de la piedra candente iluminaban los altos pómulos de la cara del viejo y le ponían chispas en los ojos.
— Si parto la piedra, estas marcas se borrarán. Pero estas marcas son mis documentos, ¿comprendes? Mis documentos de identidad. Me miro al espejo y digo: «Ése soy yo», y no siento lástima de mí. Yo luché mucho tiempo. La lucha por la libertad es una lucha de nunca acabar. Ahora hay otros que luchan, allá lejos, como yo he luchado. Mi tierra y mi gente no son libres todavía. ¿Comprendes? Yo no quiero olvidar. No parto la piedra porque sería una traición. 
A través del bosque, caminaron de regreso a Pueblo Niebla. Iban tomados de la mano. El niño sentía que la mano del viejo era muy calentita.
FIN

La piedra arde, Eduardo Galeano
Ilustraciones de Luis de Horna

diciembre 14, 2011

La partida del hijo pródigo

Alejarse ahora de todo esto confuso,
que es nuestro pero no nos pertenece,
que, como el agua en las viejas fuentes,
nos refleja temblando y descompone la imagen;
de todo esto, que como con espinas
se agarra una vez más a nosotros... alejarse
a esto y a éste,
que ya no veíamos
(tan cotidianos y acostumbrados eran),
contemplarlos de pronto : suaves, conciliadores
y como en un principio y de cerca;
y presintiendo comprender qué impersonalmente,
qué por igual cayó el sufrimiento sobre todos,
del que la infancia estaba llena hasta el borde:
Y sin embargo irse entonces, arrancando la mano
de la mano,
como desgarrando de nuevo algo ya sanado,
y marcharse: ¿por qué? Por impulso, por
temperamento,
por impaciencia, por esperanza oscura,
por incomprensibilidad y por incomprensión.

Tomar todo esto sobre sí y en vano
dejar caer algo que quizá se tenía,
para morir solo, sin saber por qué...

¿Es esto la entrada a una nueva vida?


Rainer Maria Rilke

El artista.

París 17 de Febrero de 1903

Usted pregunta si sus versos son buenos. Me pregunta a mí. Antes ha preguntado a otros. Los envía a revistas. Los compara con otros poemas, y se preocupa de si ciertas redacciones rechazan sus intentos. Ahora bien (como usted me ha permitido aconsejarle), le pido que deje todo eso. Usted mira hacia afuera, y eso es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar, ni ayudar, nadie. Hay un solo medio. Entre en sí mismo. Investigue el motivo que lo hace escribir; verifique si extiende sus raíces en el más intimo lugar de su corazón, confiésese a sí mismo si moriría si se le prohibiera escribir. Ante todo esto, pregúntese en la más serena hora de su noche: ¿tengo que escribir? Cave en su interior para procurar una respuesta profunda. Y si ésta fuera afirmativa, si le fuera posible salir al encuentro de esta seria pregunta con el fuerte y sencillo tengo que hacerlo, construya entonces su vida de acuerdo con esta necesidad. Su vida, hasta en la más indiferente e insignificante hora , tiene que llegar a ser un signo y un testimonio de esta urgencia. Acérquese entonces a la naturaleza. Intente decir entonces, como si fuera el primer hombre, lo que ve, y experimenta, y ama, y pierde. No escriba poemas de amor; apártese primero de esas formas que son demasiado corrientes y habituales: son las más difíciles, pues se requiere una fuerza grande y madura para dar algo propio donde se presentan en abundancia tradiciones buenas y en gran parte brillantes. Busque por eso salvarse de los motivos generales acudiendo a los que le ofrece su propia vida cotidiana; describa sus tristezas y deseos, los pasajeros pensamientos y la fe en alguna belleza: describa todo eso con íntima, serena, humilde sinceridad y utilice, para expresarse, las cosas que lo rodean, las imágenes de sus sueños y los objetos de sus recuerdos. Si su mundo cotidiano le parece demasiado pobre, no le eche la culpa; cúlpese a sí mismo; cúlpese a sí mismo, dígase a sí mismo que no es suficiente poeta para extraerle sus riquezas ; pues para el creador no hay ninguna pobreza , ningún lugar pobre, indiferente.

[...] Y si de este volverse hacia adentro, de este sumergirse en el mundo propio, vienen versos, entonces usted no pensará preguntar a nadie si son buenos versos . Ni siquiera hará el intento de que revistas se interesen por estos trabajos ; pues verá en ellos su querida posesión natural, un trozo y una voz de su vida. Una obra de arte es buena si ha surgido de una necesidad. En esta característica de su origen nace su juicio: no hay otro.
Por eso, apreciado señor, no sabría darle otro consejo que el siguiente: entrar en sí mismo y probar las profundidades de las que ha surgido su vida; en su fuente encontrará la respuesta a la pregunta de si tiene que crear. Acéptela tal como suena, sin tratar de interpretarla. Quizá resulte de esto que usted está llamado a ser artista. Asuma entonces su destino y lleve su carga y su grandeza, sin preguntar nunca por la recompensa que podría venir de afuera. Pues el creador tiene que ser en sí mismo un mundo, y encontrar todo en sí mismo y en la naturaleza a la que se ha unido.

[...]Con toda lealtad y simpatía de
Rainer María Rilke


Cartas a un Joven Poeta, Rainer María Rilke

diciembre 05, 2011

Pasión

Esta jodida historia podría ganar un Oscar dije.
–Por favor. Recuerda que estoy tratando de conseguir el dinero para tu futuro guión.
–Sí, por favor, continúa, Jon. Cuéntame el resto...
–Bien, llegamos a la iglesia. Nos arrodillamos en los reclinatorios. Yo no soy religioso. Estuvimos arrodillados algún tiempo en silencio. Después ella tiró de mí. Nos levantamos y avanzamos hacia un altar lleno de velas. Algunas estaban encendidas. Muchas otras no. Ella empezó a encender muchas de las velas apagadas. Aquello la excitaba. La boca le temblaba y le caían pequeños hilillos de saliva de las comisuras. Caían y desaparecían dentro de sus arrugas. ¡Por favor, créanme, yo no tengo nada, nada en contra de los viejos! Pero, ¿por qué algunos envejecen mucho peor que otros?
–Ni idea –dije–, pero yo creo que la gente que no piensa demasiado tiende a parecer joven durante más tiempo.
–No creo que esta persona pensara demasiado... de todos modos, después de encender muchas velas volvió a excitarse. Cogió mi mano y la retorció. Era fuerte, una anciana fuerte. Me arrastró hasta una estatua de Cristo...
–Sí...
–Me soltó, se arrodilló y empezó a besar los pies de aquel Cristo. No paraba. Los dedos de los pies estaban mojados con su saliva. Ella estaba sumida en un gran apasionamiento, temblaba. Entonces se puso de pie, me cogió de la mano y señaló hacia los pies. Yo sonreí. Ella señaló otra vez. Yo sonreí otra vez. Entonces me agarró y comenzó a empujarse hacia abajo, hacia los pies. Mierda, pensé, y luego pensé en los 80 millones de dólares y me arrodillé y besé los pies. ¿Saben?, en Rusia no limpian muy bien esos pies. La saliva de Metra... y el polvo... sólo con una gran fuerza de voluntad conseguí besar aquello. Después me puse de pie. Metra me guió de nuevo hacia los reclinatorios. Nos arrodillamos otra vez. De repente me agarró y su boca estaba sobre la mía. Por favor, compréndanme, yo no tengo nada en contra de la vejez, de los ancianos, pero aquello era como besar el agujero de una alcantarilla. Me aparté. Algo se me revolvió en el estómago y me fui al confesionario, abrí las cortinas, entré, me arrodillé y vomité. Luego me levanté y salimos juntos de la iglesia. La dejé en su portal. Luego compré una botella de vodka y volví a mi habitación.
–Mira, si yo escribiera un guión como ése me echarían de la ciudad.
–Ya lo sé. Pero espera. Esto todavía no ha acabado. Bebiendo vodka pensé aquello detenidamente. No había por qué echarse atrás. La vieja estaba evidentemente loca. La gente no se besa en la iglesia, ¿no? Tal vez en una boda. Así que allí estaba yo...
–Besarse y casarse, ¿eh? –pregunté
–Bueno, quería asegurarme los 80 millones de dólares. Después de terminarme el vodka empecé una larga carta de amor para Metra, aunque todo el rato pensaba en la traductora. Vaya carta de amor. Y en medio de las palabras amorosas le explicaba que quería hacer una película sobre nosotros dos y que había oído hablar de su dinero en Suiza, pero que aquello no tenía nada que ver con el hecho de que yo estuviera allí, aunque yo estaba sin fondos y me encantaría llevar nuestra historia de amor a la pantalla y al público y a los seguidores de Cristo.
–¿Todo eso para conseguir dinero para producir un guión del que Hank ni siquiera sabía y que no había escrito? –preguntó Sarah.
–Todo eso –dijo Jon.
–Estás loco –sugerí.
–Tal vez. De todos modos, la anciana recibió mi carta de amor y creí que estaba de acuerdo en ir a Suiza conmigo y recoger el dinero. Hicimos los preparativos. Mientras tanto hubo dos viajes más, a besar los pies de Cristo y a encender muchas velas, más un poco de la otra parte de los besitos. Entonces... recibí una llamada de mi fuente de información. La mujer que tenía los 80 millones de dólares en Suiza tenía exactamente el mismo nombre, era de la misma edad que mi vieja, pero había nacido en una ciudad diferente de padres diferentes. Fue una coincidencia estúpida y aquello se acabó para mí. Había sido embaucado. Tendría que conseguir el dinero en otra parte...
–Es la más triste de todas las jodidas historias que he oído en mi vida –dije.
–Lo siento –dijo Jon–, pero es la verdad.
–Pero ¿por qué sufres así sólo por hacer películas? –preguntó Sarah.
–Porque me encanta –contestó Jon.

Hollywood, Charles Bukowski

noviembre 20, 2011

Los pimientos rojos

En el curso de un viaje, Mulla Nasrudin llega a un pueblo. En el mercado se queda pasmado delante de un tenderete de frutas exóticas, desconocidas, que encuentra de lo más apetitosas. Le dice al vendedor:
- Estas frutas me parecen excelentes. ¡Póngame un kilo!
Se va la mar de contento con su compra. Un poco más lejos, le hinca el diente a una de estas frutas rojas, pero al instante siente que la boca le echa fuego. Se pone rojo. Sus ojos lloran y, sin embargo, continúa comiendo. Un transeúnte, que le está mirando desde hace rato, le aborda:
- Pero ¿qué hace usted?
- Creía que estas frutas eran muy buenas. Pensando que no iba a tener bastante con una sola, he comprado un kilo.
- Comprendo, pero ¿por qué se empeña usted en comérselas? Son pimientos rojos, y son terriblemente fuertes.
- No son los pimientos lo que yo me como ahora -profiere Mulla-, sino mi dinero.

Uno ha hecho grandes esfuerzos para conseguir una situación o formar una pareja u otra cosa y, sin embargo, se ha equivocado, pero insiste: uno se obstina en comerse los pimientos. En esta historia, los pimientos representan el esfuerzo que se ha realizado. No somos lo bastante humildes para reconocer que hemos cometido un error. Continuamos invirtiendo todo lo que poseemos en los pimientos.

Si uno quiere cambiar, en un momento dado, hay que ser lo bastante humilde para decirse: "Me he equivocado. He comprado un kilo de pimientos que no puedo comerme, pues me hacen daño. Los dejo y empiezo otra cosa".
"He pasado treinta años con esta mujer" o "He pasado veinticinco años llevando esta estúpida vida".
"Tienes dos soluciones: o volver a empezar tu vida o no poner fin a esta relación pero reorganizarla."
Cuando se han pasado muchos años con alguien, es preciso reajustar la pareja. No continuar con una vieja organización que no se corresponde ya con la realidad presente. Uno mismo se dice:
"Me había propuesto en mi juventud un ideal para mi familia, pero han pasado los años y los intereses han cambiado. No puedo seguir viviendo de este modo: voy a reorganizarlo todo".

La sabiduría de los cuentos, Alejandro Jodorowsky

noviembre 06, 2011

Crecer

Casi todos los niños juegan alguna vez a los bomberos. Yo igual, pero antes de eso juego a que soy grande. No es suficiente con decir que hay un incendio allí, necesitamos fuego de verdad. Cubetas, manguera, agua, un bote de basura repleto de papeles, un poquito de alcohol. Y esa es otra razón por la que no me invitan a los cumpleaños. Siempre acabo metiéndolos en problemas, sólo porque no quiero esperar hasta ser grande para vivir la vida de verdad. ¿Quién me dice que cuando sea grande no me voy a volver un cobardazo?
     No sé qué va a pasar cuando al fin crezca, pero no me entusiasma la idea de estar como Xavier, encerrado en un banco el día entero. Si tengo que vivir contando dinero, por lo menos que sea el de mi cartera. Se lo digo cuando me lleva a su oficina, en el Centro. Que me encanta, porque me paso la mañana jugando en su privado, por todo el edificio y de repente ya no quiero ser grande. Me da miedo que un día tenga que trabajar en un lugar así, hablando todo el día de millones de pesos que no voy a poder gastar en discos.
     Dice Xavier que ya con dieciséis años podría contratarme los dos meses de vacaciones. Como office boy, y a mí no me interesa crecer sólo para eso. Quiero ser grande para andar en moto y saltar en paracaídas, no para hacerme viejo a los dieciocho. De todos modos dice Xavier que cuando uno es adulto le da por ver las cosas de otra forma. Tal vez cuando sea grande no escriba más historias ni me interesen los paracaídas. A lo mejor mis juegos son tan falsos como un juguete de papel, pero me he dado cuenta que duran más tiempo. Cuando intento explicarlos, todos me ven con caras de aburrición. Sólo yo me divierto con mis juegos, a lo mejor porque invento las reglas sin tener que ponerme de acuerdo con nadie.
     En mis historias puedo prenderle fuego a todo lo que quiera, sin que me echen la culpa de nada.  A veces no me sale, y lo cierto es que nunca ha acabado de salirme. Pero de eso me entero mucho después, cuando todo pasó y estoy de vuelta en el aburridísimo salón 52, donde si prendo un solo cerillito voy a ir a dar a la oficina del prefecto. En ninguna de mis historias hay prefectos, ni niños. Soy grande en todas ellas, igual que los demás personajes. Ninguno de ellos está jugando. Y eso es lo que me gusta, jugar a que no estoy jugando en realidad.
     Celita no ha querido enseñarme a jugar póker. Dicer que ni Xavier ni Alicia se lo perdonarían. Le pregunto si cuando tenga doce años, pero no la convenzo. Jura que ni siquiera a los catorce. Ya parece que con catorce añazos voy a seguir jugando serpientes y escaleras. Puede que para entonces ya haya logrado ver una película de Roman Polanski. Alicia, por lo pronto, dice que tampoco. Que no la entendería, además, y ni modo que diga que ya entiendo de todo y digo groserías y me robo las plumas sin miedo al infierno y ya sé que enchufar se dice coger. No puedo decirle eso a mi mamá. Me voltearía ahora sí la boca pa' la nunca, y seguiría sin ver El bebé de Rosemary.
    Van a pasarla la semana que entra, estoy harto de suplicarles que me lleven. Ya sé que es para adultos, pero va a estar en el autocinema. Podría colarme debajo de los sarapes, como cuando tenía nueve años. Sólo que la película era de James Bond, me recuerdan, me aburren, y James Bond no tenía hijos con el Diablo. ¿Cómo voy a explicarles que necesito ver El bebé de Rosemary para ver si así entiendo por qué Manson mandó matar a Sharon Tate?
     Encontré una entrevista con Polanski, venía en el suplemento de los domingos. La leí y me quedé con la boca abierta (Xavier diría que como de costumbre). Cuenta que tuvo una infancia espantosa, huérfano y escondido de los alemanes. Dice que en sus películas el héroe siempre es un perdedor. ¿O sea que no estoy solo? ¿Verdad, Roman Polanski, que los héroes no tienen que triunfar al final?
   La semana pasada González me contó que las novelas necesitan tener planteamiento, clímax, desenlace, más no sé cuántas cosas que las mías no tienen. A lo mejor por eso no acaban de quedarme, aunque al final lo divertido no es terminarlas. Igual que con los álbumes, que nunca los lleno. Como que se me van quitando las ganas, o empiezo un nuevo álbum y me voy olvidando del anterior. Alicia siempre pone de ejemplo a Enriquito, que junta sólo un álbum, pero lo llena. Tengo montañas de álbumes incompletos y estampas repetidas que guardo como si fuera a necesitarlas.
     Tal vez podría terminar cada historia si ya hubiera encontrado la manera de cometer un crimen perfecto, pero ni eso ha acabado de ocurrírseme. Por eso necesito ver las películas que ven los grandes, no entiendo cómo tengo que hacer para que no se note que quien cuenta la historia es un niño que todavía no cumple los doce años. Un escuincle baboso que cree que va a quitarse lo cobarde toreando coches en Insurgentes. Xavier diría lo mismo, si se enterara. ¿Cómo se hace para que los lectores vean sólo al valiente, no al escuincle baboso? Si pudiera hacer eso, sería Polanski.

Éste que ves, Xavier Velasco

octubre 30, 2011

Literatura para desesperados

Joaquín Font, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, enero de 1977. Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verá a continuación. Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie. Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así le hablé a ellos, les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra. Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ésa es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. ¡Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo ¡lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de Mesías ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sí consigue una página serena, una página meditada, una página ¡técnicamente perfecta! Y yo se los dije. Se los advertí. Les señalé la página técnicamente perfecta. Les avisé de los peligros. ¡No agotar un filón! ¡Humildad! ¡Buscar, perderse en tierras desconocidas! ¡Pero con cordada, con migas de pan o guijarros blancos! Sin embargo yo estaba loco, estaba loco por culpa de mis hijas, por culpa de ellos, por culpa de Laura Damián, y no me hicieron caso.

Los detectives salvajes, Roberto Bolaño

octubre 24, 2011

23. Chistes para adultos

—¡Querida —declara un hombre de negocios en plena ruina—, tengo una idea genial para ahorrar! ¡Aprende a cocinar y podremos despedir a la sirvienta!
—¡Yo tengo una idea aún mejor! —responde la esposa—. ¡Aprende a hacer el amor y así podremos despedir al chófer!

   Cuando vivimos en pareja y criticamos a nuestro compañero, indefectiblemente éste nos critica también. En el amor, tan pronto como el otro no nos satisface, tampoco nosotros le satisfacemos. El verdadero amor es certeza pura. No tiene cabida la menor crítica. Si ésta surge, es mutua. Es imposible que seamos un príncipe o una princesa y el otro una rana o un sapo. Creer eso es una añagaza. La pareja es una asociación de dos cómplices.
     La mejor manera de saber si el otro nos ama es preguntarnos a nosotros mismos si le amamos. Hay personas que no paran de decir «No consigo formar una pareja. Nadie me quiere». Pero de hecho lo que están diciendo es «No amo a nadie. Son egoístas: van a venir a utilizarme, a pervertirme, a hacerme sufrir. Me conviene la soledad». Y por eso se quedan solas. En cuando estén disponibles para el otro, dispuestas a amarlo, con toda seguridad el otro aparece.

—Por favor —pregunta un señor a un farmacéutico—, ¿tiene preservativos con rayas amarillas y negras?
—Pues no... Además ¿qué pregunta rara es ésa? ¿Para qué van a servirle unos preservativos así?
—Verá, soy el criado de una señora burguesa. Incluso cuando me invita a hacer el amor, espera que no me olvide de mi condición.

     ¿No impedimos muchas veces nosotros mismos a quienes amamos ponernos a nuestro nivel? ¿Acaso nos han permitido nuestros padres ponernos a su altura para favorecer así la comunicación en un plano de igualdad? ¿Hemos tenido oportunidad de luchar contra nuestro progenitor y arrojarle al suelo? ¿Nuestra madre, tras haber cometido el error de darnos un cachete, nos lo ha reconocido y nos ha pedido que le devolviéramos la bofetada? ¿Se nos ha dado nuestra parte de la herencia en el momento oportuno, es decir, cuando aún podíamos tener el placer de disfrutar de ella, o hemos estado esperando esta herencia toda nuestra vida, sin poder aprovecharla cuando finalmente nos ha sido legada?
     Hay parejas en las que uno de los miembros impide al otro cambiar para no tener que hacerlo él mismo.
      Si el criado hace el amor con el falo desnudo, accede a un nivel superior. El acto se convierte en una relación de reconocimiento mutuo. Por el contrario, mientras utilice los preservativos con rayas amarillas y negras, vive en una relación en la que no es reconocido. En este mundo dirigido exclusivamente por los hombres ¿cuántas son las parejas que llegan a vivir su relación en pie de igualdad?

Cabaret místico, Alejandro Jodorowsky

octubre 21, 2011

Parábola del sembrador. Porqué habla Jesús en parábolas. Explicación de la parábola del sembrador. Cómo recibir y transmitir las enseñanzas de Jesús (8, 4-18)

A los líderes del Consejo Agrarista Mexicano no les gustó saber que Jesucristo Gómez llegaba a Martínez de la Torre justo en plena convención estatal. Le tenían miedo. Sabían que Jesucristo era muy capaz de sabotear la reunión porque hablaba pestes del CAM: lo tachaba de ser una organización tracalera con los ejidatarios, y a cada rato ponía en evidencia a los líderes regionales.
Para evitar sobresaltos le jugaron una treta. Llegando llegando lo trataron con mucho comedimiento y lo invitaron a dar una plática a los convencionistas.
Jesucristo descubrió la treta, pero aceptó dar la plática porque no tenía intenciones de armar borlote alguno, sólo iba de paso con sus discípulos, rumbo a Tuxpan.
-Ya chingamos.
-Salió un campesino a sembrar y se puso a arrojar la semilla -dijo Jesucristo durante su plática-. Una parte cayó a lo largo del camino, fue pisada y las aves se la comieron. Otra cayó sobre un terreno pedregoso, y después de brotar se secó por falta de agua. Otra cayó entre las hierbas, que la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena, y creció, y dio buen fruto.
Los convencionistas empezaron a cruzarse sonrisitas de burla. Uno de ellos levantó la mano:
-¿Eso qué quiere decir?
-El que tenga oídos para oír que oiga -contestó de mal modo Jesucristo Gómez.
Por la noche, los discípulos le comentaron:
-Andabas muy de malas, ¿verdad?
-No me gusta que me vean la cara.
-¿Entonces por qué les diste la plática?
-Para que viendo no vean y oyendo no entiendan.
-Pero tampoco nosotros entendimos nada -dijo Simón el de Aguascalientes-. Al menos yo me quedé de a seis.
Entonces Jesucristo se puso a explicar:
-La semilla que sale a sembrar el campesino es la semilla de la justicia. La parte que cae a lo largo del camino son los que se dan cuenta de la situación, pero nada hacen porque saben que cualquier cambio empezaría por perjudicarlos a ellos mismos. La semilla que cae sobre el terreno pedregoso son los que quisieran cambiar la realidad pero sin verse afectados personalmente; hablan y trabajan para lograr mejorías insignificantes, nunca una transformación radical. La semilla que ahoga la hierba son los que de jóvenes se entregan generosamente a la lucha, pero apenas adquieren posición, poder, dinero, sofocan sus impulsos y terminan convertidos en cómplices del sistema. La semilla que cae en tierra buena, por último, son los que hacen suya la causa de la justicia y luchan por ella hasta su muerte.
Jesucristo miró despacito a cada uno de sus discípulos. Lo escuchaban sin pestañear:
-Cuando en la vida uno descubre una verdad, mueve cielo y tierra para tratar de difundirla. Nadie enciende una lámpara y le pone encima un sombrero o la esconde bajo la cama; al contrario: la pone en el centro del cuarto para que la luz ilumine a los que llegan. Toda verdad termina imponiéndose tarde o temprano. Por eso oigan bien lo que oyen y sáquenle el mayor provecho. Porque el que tiene tendrá más, y el que no tiene perderá lo poco que crea tener.

El Evangelio de Lucas Gavilán, Vicente Leñero 

octubre 15, 2011

Juegos Triviales

No había nadie más elegante que ella para dormir, con un escorzo de danza y una mano sobre la frente, pero tampoco había nadie más feroz cuando le perturbaban la sensualidad de creerse dormida cuando ya no lo estaba. El doctor Urbino sabía que ella permanecía pendiente del menor ruido que él hiciera, y que inclusive se lo habría agradecido, para tener a quien echarle la culpa de despertarla a las cinco del amanecer. Tanto era así, que en las pocas ocasiones en que tenía que tantear en las tinieblas porque no encontraba las pantuflas en el lugar de siempre, ella decía de pronto con voz de entresueños: “Las dejaste anoche en el baño”. Enseguida, con la voz despierta de rabia, maldecía:
-La peor desgracia de esta casa es que no se puede dormir.
Entonces se volteaba en la cama, encendía la luz sin la menor clemencia consigo misma, feliz con su primera victoria del día. En el fondo era un juego de ambos, mítico y perverso, pero por lo mismo reconfortante: uno de los tantos placeres peligrosos del amor domesticado. Pero fue por uno de esos juegos triviales que los primeros treinta años de vida en común estuvieron a punto de acabarse porque un día cualquiera no hubo jabón en el baño.
Empezó con la simplicidad de rutina. El doctor Juvenal Urbino había regresado al dormitorio, en los tiempos en que todavía se bañaba sin ayuda, y empezó a vestirse sin encender la luz. Ella estaba como siempre a esa hora en su tibio estado fetal, los ojos cerrados, la respiración tenue, y ese brazo de danza sagrada sobre la cabeza. Pero estaba a medio sueño, como siempre, y él lo sabía. Al cabo de un largo rumor de almidones de linos en la oscuridad, el doctor Urbino habló consigo mismo:
-Hace como una semana que me estoy bañando sin jabón -dijo.
Entonces ella acabó de despertar, recordó, y se revolvió de rabia contra el mundo, porque en efecto había olvidado reponer el jabón en el baño. Había notado la falta tres días antes, cuando ya estaba debajo de la regadera y pensó reponerlo después, pero después lo olvidó hasta el día siguiente. Al tercer día le había ocurrido lo mismo. En realidad no había transcurrido una semana, como él decía para agravarle la culpa, pero sí tres días imperdonables, y la furia de sentirse sorprendida en falta acabó de sacarla de quicio. Como siempre, se defendió atacando:
Pues yo me he bañado todos estos días -gritó fuera de sí- y siempre ha habido jabón.
Aunque él conocía de sobra sus métodos de guerra, esa vez no pudo soportarlos. Se fue a vivir con cualquier pretexto profesional en los cuartos de internos del Hospital de la Misericordia, y sólo aparecía en la casa para cambiarse de ropa al atardecer antes de las consultas a domicilio. Ella se iba para la cocina cuando lo oía llegar, fingiendo hacer cualquier cosa, y allí permanecía hasta sentir en la calle los pasos de los caballos del coche. Cada vez que trataron de resolver la discordia en los tres meses siguientes, lo único que lograron fue atizarla. Él no estaba dispuesto a volver mientras ella no admitiera que no había jabón en el baño, y ella no estaba dispuesta a recibirlo mientras él no reconociera haber mentido a conciencia para atormentarla. El incidente, por supuesto, les dio oportunidad de evocar otros, muchos otros pleitos minúsculos de otros tantos amaneceres turbios. Unos resentimientos revolvieron los otros, reabrieron cicatrices antiguas, las volvieron heridas nuevas, y ambos se asustaron con la comprobación desoladora de que en tantos años de lidia conyugal no habían hecho mucho más que pastorear rencores. Él llegó a proponer que se sometieran juntos a una confesión abierta, con el señor arzobispo si era preciso, para que fuera Dios quien decidiera como árbitro final si había o no había jabón en la jabonera del baño. Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico:
-¡A la mierda el señor arzobispo!
El improperio estremeció los cimientos de la ciudad, dio origen a consejas que no fue fácil desmentir, y quedó incorporado al habla popular con aires de zarzuela: “¡A la mierda el señor arzobispo!”. Consciente de que había rebasado la línea, ella se anticipó a la reacción que esperaba del esposo, y lo amenazó con mudarse sola a la antigua casa de su padre, que todavía era suya, aunque estaba alquilada para oficinas públicas. No era una bravata: quería irse de veras, sin importarle el escándalo social, y el marido se dio cuenta a tiempo. Él no tuvo valor para desafiar sus prejuicios: cedió. No en el sentido de admitir que había jabón en el baño, pues habría sido un agravio a la verdad, sino en el de seguir viviendo en la misma casa, pero en cuartos separados, y sin dirigirse la palabra. Así comían, sorteando la situación con tanta destreza que se mandaban recados con los hijos de un lado al otro de la mesa, sin que éstos se dieran cuenta de que no se hablaban.
Como en el estudio no había baño, la fórmula resolvió el conflicto de los ruidos matinales, porque él entraba a bañarse después de haber preparado la clase, y tomaba precauciones reales para no despertar a la esposa. Muchas veces coincidían y se turnaban para cepillarse los dientes antes de dormir. Al cabo de cuatro meses, él se acostó a leer en la cama matrimonial mientras ella salía del baño, como ocurría a menudo, y se quedó dormido. Ella se acostó a su lado con bastante descuido para que despertara y se fuera. Él despertó a medias, en efecto, pero en vez de levantarse apagó la veladora y se acomodó en su almohada. Ella lo sacudió por el hombro para recordarle que debía irse al estudio, pero él se sentía tan bien otra vez en la cama de plumas de los bisabuelos, que prefirió capitular:
-Déjame aquí -dijo-. Sí había jabón.

El amor en tiempos del cólera, Gabriel García Márquez

Hay Festival

Que alguien me diga si han visto a mi esposo,
preguntaba la Doña.
Se llama Ernesto X, tiene cuarenta años,
trabaja de celador en un negocio de carros,
llevaba camisa oscura y pantalon claro.
Salió anteanoche y no ha regresado
y no se ya que pensar
pues ésto antes no me habia pasado

Llevo tres dias buscando a mi hermana,
se llama Altagracia igual que la abuela.
Salió del trabajo para la escuela
tenía puestos unos Jeans y una camisa blanca,
no ha sido el novio, el tipo esta en su casa;
no saben de ella en la policía ni en el hospital.

Que alguien me diga si ha visto a mi hijo,
es estudiante de pre-medicina,
se llama Agustín y es un buen muchacho,
a veces es terco cuando opina.
Llo han detenido, no se que fuerza;
pantalon blanco, camisa a rayas,
pasó anteayer.

Clara Quiñones se llama mi madre,
ella es, ella es un alma de Dios
no se mete con nadie.
Y se la han llevado de testigo
por un asunto que es nada más conmigo
y fuí a entregarme hoy por la tarde
y ahora dicen que no saben quién se la llevó
del cuartel.

Anoche escuché varias explosiones
-putun pata putun pete-
tiros de escopeta y de revolver,
carros acelerados, frenos, gritos,
eco de botas en la calle
toque de puertas, quejas, por dioses, platos rotos.
Estaban dando la telenovela
por eso nadie miro pa'fuera

¿A dónde van los desaparecidos?
Busca en el agua y en los matorrales.
¿Y por qué es que se desaparecen?
Porque no todos somos iguales.
¿Y cuándo vuelve el desaparacido?
Cada ves que lo trae el pensamiento.
¿Cómo se le habla al desaparecido?
Con la emoción apretando por dentro.

Rubén Blades - Desaparecidos
Interpretada por Sargento García
(un día después de escuchar a Alejandro Solalinde)

octubre 10, 2011

Sam Gold... A profundidad.

En las décadas recientes la "conciencia" ha perdido mucho de su importancia. Parecería como si ni las autoridades externas ni las internas ejercieran ya funciones de algún significado en la vida del individuo. Todos son completamente "libres", siempre que no interfieran con los derechos legítimos de los demás. Pero lo que hallamos en realidad es que la autoridad, más que haber desaparecido, se ha hecho invisible. En lugar de la autoridad manifiesta, lo que reina es la autoridad "anónima". Se disfraza de sentido común, ciencia, salud psíquica, normalidad, opinión pública. No pide otra cosa que lo que parece evidente por sí mismo. Parece no valerse de ninguna presión y sí tan sólo de una blanda persuasión. Ya se trate de una madre que diga a su hija, "yo sé que no te gustará salir con ese joven", ya de un anuncio comercial que sugiera, "fume usted esta marca de cigarrillos..., le gustará su frescura", siempre nos hallamos en presencia de la misma atmósfera de sutil sugestión que envuelve toda la vida social. La autoridad anónima es mucho más efectiva que la autoridad manifiesta, puesto que no se llega a sospechar jamás la existencia de las órdenes que de ella emanan y que deben ser cumplidas. En el caso de la autoridad externa, en cambio, resultan evidentes tanto las órdenes como la persona que las imparte; entonces se la puede combatir, y en esta lucha podrá desarrollarse la independencia personal y el valor moral. Pero, mientras en el caso de la autoridad que se ha incorporado al yo, la orden, aunque de carácter interno, todavía es perceptible, en el de la autoridad anónima tanto la orden como el que la formula se han vuelto invisibles. Es como si a uno le tirotearan enemigos que no alcanza a ver. No hay nada ni nadie a quien contestar.

El miedo a la libertad, Erich Fromm

septiembre 30, 2011

A m-a-n-e-r-a dee m-as-aje

La rueda... es una prolongación del pie

el libro es una prolongación del ojo... la ropa, una prolongación de la piel... el circuito eléctrico,

una prolongación del sistema nervioso central

Los medios, al modificar el ambiente, suscitan en nosotros percepciones sensoriales de proporciones únicas. La prolongación de cualquier sentido modifica nuestra manera de pensar y de actuar –nuestra manera de percibir el mundo.

Cuando
esas
proporciones
cambian,
Los hombres cambian


Para mucha gente la racionalidad tiene la connotación de uniformidad y ligazón. "No es coherente" significa "No es racional".

"No es que no me interesen los sucesos del día. Pero ha habido tantos últimamente..."


Los ambientes son invisibles. Sus reglas fundamentales, su estructura penetrante y sus patrones generales eluden la percepción fácil.



El "experto" es el hombre que se queda permanentemente en el mismo sitio.

"Lo que sucede es que debemos vivir con los vivos" Montaigne


Usamos metáforas visuales y espaciales en muchísimas expresiones cotidianas. Insistimos en emplearlas incluso cuando nos referimos a estados puramente psicológicos, como la dirección y la duración. Por ejemplo, decimos "un tiempo atrás" cuando, en realidad, queremos decir "un tiempo antes", "días cercanos" cuando queremos decir "recientes". ¡Tenemos tantos prejuicios visuales que a los hombres más sabios los llamamos visionarios o videntes!


John Cage:

"Uno debe ser imparcial, aceptar que un sonido es una sonido y un hombre es un hombre; dejar de ilusionarse con las ideas de orden, las expresiones del sentimiento y el resto de nuestro bla-bla estético heredado."

"Ellos (Yo Pien-Cho) me dijeron que siguiera haciendo lo
que hacía y que difundiera
              ALEGRÍA
                                        y
                                       revolución".





"...y quién es usted?"

"Yo... yo apenas lo sé, señor, en este momento... por lo menos, yo sabía quién era cuando me levanté esta mañana, pero creo que debo de haber cambiado varias veces desde entonces."

El medio es el masaje, Marshall McLuhan

Pensamiento útil

Su vida era activa, y no contemplativa, huyendo cuanto podía de no tener nada que hacer. Cuando oía eso de que la ociosidad es la madre de todos los vicios, contestaba: «Y del peor de todos, que es el pensar ocioso.» Y como yo le preguntara una vez qué es lo que con eso quería decir, me contestó: «Pensar ocioso es pensar para no hacer nada o pensar demasiado en lo que se ha hecho y no en lo que hay que hacer. A lo hecho pecho, y a otra cosa, que no hay peor que remordimiento sin enmienda.» ¡Hacer!, ¡hacer! Bien comprendí yo ya desde entonces que don Manuel huía de pensar ocioso y a solas, que algún pensamiento le perseguía.

San Manuel Bueno, mártir, Miguel de Unamuno

septiembre 25, 2011

Las horas moribundas

Aunque, para serte franco, la Humillación iba un poco más lejos: se sentía un desecho del azar entre tantos profesionales de objetivos delineados. Había un engañoso requisito de ductilidad que Pig no conseguía cubrir, de modo que entre más se miraba forzado a negociar, menos quería enterarse de lo que estaba haciendo. Negociar: virtud de creativo, pecado de creador. Por eso ni chistaba cuando Lerdo le robaba las frases; la sola idea de recibir un crédito por aquellos rebuznos lo avergonzaba hasta la náusea. De pudor en pudor y de fastidio en fastidio, Pig descubría sus incompatibilidades orgánicas con la vida de copy, al tiempo que advertía las carencias de los jefes: casi nadie sabía lo que estaba haciendo. El mismo Jefe Máximo tenía siempre el coco en otra parte, sus opiniones eran, más que excéntricas, estólidas; sus frases, inconexas, rengas quién sabe si de puro apresuradas. Había una irrealidad guiñolesca en cada una de sus reuniones ejecutivas, donde Pig expresaba su opinión a través de bostezos largos, insobornables. Había también, espacio para entretenerse haciendo otras cosas. Anuncios, por ejemplo, cómo ese de la esclava, que era puro humor negro involuntario. ¿Quién era tan ingenuo para creer que una esclava de bronce le llevaría más allá del departamento de intendencia? ¿Quién era tan cerdo para cobrar por prometerlo? Había que poner la cara dura al promover una estigmata como símbolo de prestigio social, y por supuesto había que reírse al releer: el texto de la esclava pertenecía a esa categoría de escritos abyectos cuya sola factura le reserva a su autor un sitio en el Infierno.

Diablo Guardián, Xavier Velasco

septiembre 22, 2011

Los testigos

Polanco encendió la pipa y me miró un rato. Evidentemente estaba impresionado, y hasta se me ocurre que un poco pálido. Creo haber dicho ya que al comienzo me preguntó cortésmente si yo estaba seguro de lo que le decía. Debió convencerse, porque siguió fumando y meditando, sin ver que yo no quería perder tiempo (¿y si ya estaba muerta, y si ya estaba muerta?) y que pagaba las cervezas para decidirlo de una vez por todas.
Como no se decidía me encolericé y aludí a su obligación moral de secundarme en algo que sólo sería creído cuando hubiera un testigo digno de fe. Se encogió de hombros, como si de pronto hubiera caído sobre él una abrumadora melancolía.
- Es inútil, pibe - me dijo al fin -. A vos a lo mejor te van a creer aunque yo no te acompañe. En cambio a mí...
- ¿A vos? ¿Y por qué no te van a creer a vos?
- Porque es todavía peor, hermano - murmuró Polanco -. Mirá, no es normal ni decente que una mosca vuele de espaldas. No es ni siquiera lógico si vamos al caso.
- ¡Te digo que vuela así! - grité, sobresaltando a varios parroquianos.
- Claro que vuela así. Pero en realidad esa mosca sigue volando como cualquier mosca, sólo que le tocó ser la excepción. Lo que ha dado media vuelta es todo el resto - dijo Polanco -. Ya te podés dar cuenta de que nadie me lo va a creer, sencillamente porque no se puede demostrar y en cambio la mosca está ahí bien clarita. De manera que mejor vamos y te ayudo a desarmar los cartones antes de que te echen de la pensión, no te parece.

Último round, Julio Cortázar

septiembre 13, 2011

El destino

La estrella del destino rige a los poderosos y a los violentos. Años y años se convierte en la esclava servil de un hombre: César, Alejandro, Napoleón. El destino, elemento imponderable, ama al hombre elemental que es a él semejante.
Muy raras veces, en el  espacio de los tiempos, en un arrebato de su caprichosa volubilidad, se entrega al azar, a un ser cualquiera. Muy raras veces -maravillosos momentos de la historia del mundo- el hilo de los hados es agarrado un momento por una mano indiferente, y ese hombre se siente más atemorizado que feliz, una tempestad de responsabilidades se lanza entonces al heroico espectáculo del mundo y la mano deja escapar el hilo que había asido.
Son muy pocos los que se dan cuenta de ese azar y lo aprovechan para encumbrarse. Fugaz es el momento en que se da la grandeza de los menguados, y la suerte no volverá a ellos una segunda vez.

Momentos estelares de la humanidad, Stefan Zweig

septiembre 09, 2011

Bourgeois

While I was eating my eggs, these two nuns with suitcases and allI guessed they were moving to another convent or something and were waiting for a traincame in and sat down next to me at the counter. They didn't seem to know what the hell to do with their suitcases, so I gave them a hand. They were these very inexpensive-looking suitcasesthe ones that aren't genuine leather or anything. It isn't important, I know, but I hate it when somebody has cheap suitcases. It sound terrible to say it, but I can even get to hate somebody, just looking at them, if they have cheap suitcases with them. Something happened once. For a while when I was at Elkton Hills, I roomed with this boy, Dick Slagle, that had these very inexpensive suitcases. He used to keep them under the bed, instead of on the rack, so that nobody'd see them standing next to mine. It depressed holy hell out of me, and I kept wanting to throw mine out or something, or even trade with him. Mine came from Mark Cross, and they were genuine cowhide and all that crap, and I guess they cost quite a pretty penny. But it was a funny thing. Here's what happened. What I did, I finally put my suitcases under my bed, instead of on the rack, so that old Slagle wouldn't get a goddam inferiority complex about it. But here's what he did. The day after I put mine under the bed, he took them out and put them back on the rack. The reason he did it, it took me a while to find out, was because he wanted people to think my bags were his. He really did. He was a very funny guy, that way. He was always saying snotty things about them, my suitcases, for instance. He kept saying they were too new and bourgeois. That was his favorite goddam word. He read it somewhere or heard it somewhere. Everything I had was bourgeois as hell. Even my fountain pen was bourgeois. He borrowed it off me all the time, but it was bourgeois anyway. We only roomed together about two months. Then we both asked to be moved. And the funny thing was, I sort of missed him after we moved, because he had a helluva good sense of humor and we had a lot of fun sometimes. I wouldn't be surprised if he missed me, too. At first he only used to be kidding when he called my stuff bourgeois, and I didn't give a damnit was sort of funny, in fact. Then, after a while, you could tell he wasn't kidding any more. The thing is, it's really hard to be roommates with people if your suitcases are much better than theirsif yours are really good ones and theirs aren't. You think if they're intelligent and all, the other person, and have a good sense of humor, that they don't give a damn whose suitcases are better, but they do. They really do. It's one of the reasons why I roomed with a stupid bastard like Stradlater. At least his suitcases were as good as mine.

The catcher in the rye, J. D. Salinger

agosto 23, 2011

Everlasting

...Profits are huge in the wig business. The employees get much bigger bonuses than in just any old company. Know why?"
"No. Why?"
"Wigs don't last long. Bet you didn't know: toupees are good for two, maybe three years max. The better made they are, the faster they get used up. They're the ultimate consumer product. It's because they fit so tightly against the scalp: the hair underneath gets thinner than ever. Once that happens, you have to buy a new one to get that perfect fit again. And think about it: What if you had a toupee and it was no good after two years - what would go through your mind? Would you think, OK, my wig's worn out. Can't wear it any more. But it'll cost too much to buy a new one, so tomorrow I'll start going to work without one? Is that what you'd think?"
I shook my head. "Probably not," I said.
"Of course not. Once a guy starts using a wig, he has to keep using one. It's like his fate. That's why the wig makers make such huge profits. I hate to say it, but they're like drug dealers. Once they get their hooks into a guy,  he's a costumer for life. Have you ever heard of a bald guy suddenly growing a head of hair? I never have. A wig's got to cost half a million yen at least, maybe a million for a tough one. And you need a new one every two years! Wow! Even a car lasts longer than that -four or five years. And then you can trade it in!"
"I see what you mean," I said.
"Plus, the wig makers run their own hairdressing salons. They wash the wigs and cut the customers' real hair. I mean, think about it: you can't just plonk yourself down in an ordinary barber's chair, rip off your wig and say, 'I'd like a trim,' can you? The income from these places alone is tremendous."

..."You know Mr. Wind-up Bird," May Kasahara said after a short silence, as if a thought had suddenly come to her, "I bet the reason people are afraid of going bald is because it makes them think of the end of life. I mean, when your hair starts to thin, it must feel as if your life is being worn away... as if you've taken a giant step in the direction of death, the last Big Consumption."

The Wind-up Bird Chronicle, Haruki Murakami

agosto 18, 2011

Provincianismo

¿Cómo definir el provincianismo? Como la incapacidad de (o el rechazo a) considerar su cultura en el gran contexto. Hay dos tipos de provincianismo: el de las naciones grandes y el de las pequeñas. Las naciones grandes se resisten a la idea goetheana de la literatura mundial porque su propia literatura les parece tan rica que no tienen que interesarse por lo que se escribe en otros lugares. Kazimierz Brandys lo dice en sus Carnets. Paris 1985-1987: <<El estudiante francés tiene mayores lagunas en el conocimiento de la cultura mundial que el estudiante polaco, pero puede permitírselo porque su propia cultura contiene más o menos todos los aspectos, todas las posibilidades y las fases de la evolución mundial>>.

Las naciones pequeñas se muestran reticentes al gran contexto por razones precisamente inversas: tienen la cultura mundial en alta estima, pero les parece ajena, como un cielo lejano, inaccesible, por encima de sus cabezas, una realidad ideal con la que su literatura nacional poco tiene que ver. La nación pequeña ha inculcado a su escritor la convicción de que él sólo le pertenece a ella. Fijar la mirada más allá de la frontera de la patria, unirse a sus colegas en el territorio supranacional del arte, es considerado pretencioso, despreciativo para con los suyos. Y como las naciones pequeñas atraviesan con frecuencia situaciones en las que corre peligro su supervivencia, consiguen con facilidad presentar su actitud como moralmente justificada.

El telón, ensayo en siete partes, Milan Kundera

agosto 13, 2011

Encontrar

La mención de Trakl hizo pensar a Amalfitano, mientras dictaba una clase de forma totalmente automática, en una farmacia que quedaba cerca de su casa en Barcelona y a la que solía ir cuando necesitaba una medicina para Rosa. Uno de los empleados era un farmacéutico casi adolescente, extremadamente delgado y de grandes gafas, que por las noches, cuando la farmacia estaba de turno, siempre leía un libro. Una noche Amalfitano le preguntó, por decir algo mientras el joven buscaba en las estanterías, qué libros le gustaban y qué libro era aquel que en ese momento estaba leyendo. El farmacéutico le contestó, sin volverse, que le gustaban los libros del tipo de La metamorfosis, Bartebly, Un corazón simple, Un cuento de Navidad. Y luego le dijo que estaba leyendo Desayuno en Tiffanys, de Capote. Dejando de lado que Un corazón simple y Un cuento de Navidad eran, como el nombre de este último indicaba, cuentos y no libros, resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartebly en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.

2666 (La parte de Amalfitano), Roberto Bolaño

julio 28, 2011

Imponer

-Pues bien, este hombre, que además no era joven, una vez a la semana, hiciera el tiempo que hiciera, se iba al bosque a buscar su pene y sus testículos. Todos pensaban que algún día moriría, atrapado por la nieve, pero el tipo siempre regresaba a la aldea, a veces tras una ausencia de meses, y siempre con la misma noticia: no los había encontrado. Un día decidió no salir más. Pareció envejecer de golpe: debía andar por los cincuenta pero de la noche a la mañana aparentaba unos ochenta años. Mis destacamento se marchó de la aldea. Al cabo de cuatro meses volvimos a pasar por allí y preguntamos qué había sido del hombre sin atributos. Nos dijeron que se había casado y que llevaba una vida feliz. Uno de mis camaradas y yo quisimos verlo: lo encontramos mientras preparaba los avíos para otra larga estancia en el bosque. Ya no aparentaba ochenta años sino cincuenta. O tal vez ni siquiera aparentaba cincuenta sino, en ciertas partes de su rostro, en los ojos, en los labios, en las mandíbulas, cuarenta. Cuando nos marchamos al cabo de dos días, pensé que el cazador había logrado imponer su deseo a la realidad, que, a su manera, había transformado su entorno, la aldea, los aldeanos, el bosque, la nieve, el pene y los testículos perdidos. Lo imaginé orinando de rodillas, con las piernas bien abiertas en medio de la taiga helada, caminando hacia el norte, hacia los desiertos blancos y hacia las ventiscas blancas, con la mochila cargada de trampas y con una absoluta inconsciencia de aquello que nosotros llamamos destino.
-Es una bonita historia -dijo Afanasievna mientras retiraba su mano de los genitales de Ansky-. Lástima que yo sea una mujer demasiado vieja y que ha visto demasiadas cosas como para creerla.
-No se trata de creer -dijo Ansky-, se trata de comprender y después de cambiar.

2666 (La parte de Archimboldi), Roberto Bolaño

Arte

Era necesario que arrancara una hoja del último clásico que leí: El retrato de Dorian Gray. Pero al tener tantas hojas como opción para arrancar, me di cuenta que había que arrancar todo el libro, y eso es tarea de cada lector, no mía. Como sea, algo había que compartir aquí sobre la obra maestra de Oscar Wilde: decidí arrancar el Prefacio, el cual es una poema que sintetiza todo lo que cualquier artista, o intento de, necesita saber sobre Arte (con mayúscula):

Prefacio

El artista es creador de belleza.
Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte.
El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la belleza.
La forma más elevada de la crítica, y también la más rastrera, son una modalidad de autobiografía.
Quienes descubren significados ruines en cosas hermosas están corrompidos sin ser elegantes, lo que es un defecto
Quienes encuentran significados bellos en cosas hermosas son espíritus cultivados. Para ellos hay esperanza.
Son los elegidos, y en su caso la cosas hermosas sólo significan belleza.
No existen libros morales o inmorales.
Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.
La aversión del siglo XIX por el realismo es la rabia de Calibán al verse la cara en el espejo.
La aversión del siglo XIX por el romanticismo es la rabia de Calibán al no verse la cara en un espejo.
La vida moral del hombre forma parte de los temas del artista, pero la moralidad del arte consiste en hacer un uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Incluso las cosas que son verdad se pueden probar.
El artista no tiene preferencia morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable amaneramiento de estilo.
Ningún artista es morboso. El artista está capacitado para expresarlo todo.
Pensamiento y lenguaje son, para el artista, los instrumentos de su arte.
El vicio y la virtud son los materiales del artista. Desde el punto de vista de la forma, el modelo de todas las artes es el arte del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, el modelo es el talento del actor.
Todo arte es a la vez superficie y símbolo.
Quienes profundizan, sin contentarse con la superficie, se exponen a las consecuencias.
Quienes penetran en el símbolo se exponen a las consecuencias.
Lo que en realidad refleja el arte es al espectador y no la vida.
La diversidad de opiniones sobre una bora de arte muestra que esa obra es nueva, compleja y que está viva.
Cuando los críticos disienten, el artista está de acuerdo consigo mismo.
A un hombre le podemos perdonar que haga algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla infinitamente.
Todo arte es completamente inútil.


El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde

Clave para leer plenamente a Roberto Bolaño

Bolaño utiliza muchísimo la expresión "se encogía de hombros", "se encogió de hombros", y demás variaciones de la misma. En realidad esta expresión se presta para diferentes interpretaciones, pero en 2666 Bolaño nos explica concretamente lo que significa para él:

Los encogimientos de hombros podían significar que uno no sabía nada o bien que la realidad era cada vez más vaga, más parecida a un sueño, o bien que todo iba mal y que lo mejor era no preguntar nada y armarse de paciencia.

2666, Roberto Bolaño

julio 26, 2011

Libre albedrío

...El chaplino me dijo:
-Ah, pequeño 6655321, siéntate. -Y a los chasos:- Esperen afuera, ¿quieren? -Y eso hicieron. Luego me habló con aire de mucha sinceridad, y me dijo:- Quiero que comprendas una cosa, muchacho, y es que no tengo nada que ver en todo esto. Si hubiese servido de algo habría protestado, pero no servía. Está el problema de mi propia carrera, está el problema de la debilidad de mi voz comparada con el grito de poderosos ciertos elementos privilegiados de la comunidad. ¿Hablo claro? -No, no hablaba claro, hermanos, pero yo asentí.- En todo esto hay problemas éticos muy complicados -continuó el chaplino-. Hacen de ti un buen chico, 6655321. No volverás a tener ganas de cometer actos de violencia, ni ningún tipo de delitos contra la paz del Estado. Espero que lo hayas comprendido. Confío en que tendrás ideas absolutamente claras al respecto.
-Oh, me gustaría ser bueno, señor -contesté, pero por dentro, hermanos, smecaba realmente joroschó. Dijo el chaplino:
-Algunas veces no es grato ser bueno, pequeño 6655321. Ser bueno puede llegar a ser algo horrible. Y te lo digo sabiendo que quizá te parezca una afirmación muy contradictoria. Sé que esto me costará muchas noches de insomnio. ¿Qué quiere Dios? ¿El bien o que uno elija el camino del bien? Quizás el hombre que elige el mal es en cierto modo mejor que aquel a quien se le impone el bien. Son problemas profundos y difíciles, pequeño 6655321. Pero lo único que deseo decirte ahora es esto: si en algún momento del futuro evocas esta situación y me recuerdas, a mí, el más bajo y humilde servidor de Dios, te ruego que no me juzgues en tu corazón, ni creas de algún modo que soy parte en eso que te estará ocurriendo. Y ahora, hablando de ruegos, advierto con tristeza que ya no servirá de mucho rogar por ti. Estás entrando en una región nueva, fuera del alcance de la plegaria. Una cosa terrible, si bien se mira. Y sin embargo, en cierto sentido, al aceptar que te priven de la capacidad de tomar una decisión ética, en cierto sentido realmente has elegido el bien. O por lo menos eso quisiera creer. Eso quisiera creer, Dios nos asista a todos, 6655321. -Y aquí se echó a llorar. Pero yo no le presté mucha atención, hermanos y me limité a smecar discretamente por dentro, porque uno podía videar que había estado piteando el viejo whisky; y en seguida el chaplino retiró una botella de un estante del escritorio y empezó a servirse una dosis bolche, realmente joroschó en un vaso muy grasiento y grasño. Tragó el líquido, y luego dijo:- Tal vez todo marche bien, ¿quién sabe? La voluntad de Dios sigue caminos misteriosos. -Y empezó a cantar un himno con golosa rica y sonora. Se abrió la puerta y los chasos me tolchocaron de vuelta a la celda vonosa; pero el viejo chaplino continuó entonando el himno.

La naranja mecánica, Anthony Burgess