julio 07, 2013

El gran Gatsby

Leía mucho, lo que no quiere decir que leyera muchos libros. Más bien prefería releer las obras que me habían gustado. En esa época mis escritores favoritos eran Truman Capote, John Updike, Scott Fitzgerald, Raymond Chandler, pero no había nadie en clase o en la residencia que disfrutara leyendo a este tipo de autores. Ellos preferían a Kazumi Takahashi, Kenzaburo Oe, Yukio Mishima, o a novelistas franceses contemporáneos. Así pues, no tenía este punto en común con los demás, y leía mis libros a solas y en silencio. Los releía y cerraba los ojos y me llenaban de su aroma. Sólo aspirando la fragancia de un libro, tocando sus páginas, me sentía feliz.
A los dieciocho años, mi libro favorito era El Centauro, de John Updike, pero cuando lo hube releído varias veces, perdió su chispa y cedió la primera posición a El gran Gatsby de Fitzgerald, obra que continuó encabezando mi lista de favoritos durante mucho tiempo. Tomar El gran Gatsby de la estantería, abrirlo al azar y leer unos párrafos se convirtió en una costumbre, y jamás me decepcionó. No había una sola página de más. <<¡Es una novela extraordinaria!>>, pensaba. Me hubiera gustado hacer partícipes a los otros chicos de tal maravilla. Pero a mi alrededor no había nadie que leyera El gran Gatsby. Dudo que lo hubieran apreciado. En 1968 leer El gran Gatsby no llegaba a ser un acto reaccionario, pero tampoco podía calificarse de encomiable.
Pese a todo, conocí a una persona que había leído El gran Gatsby, y nos hicimos amigos precisamente por ello. Se llamaba Nagasawa y estudiaba Derecho en la Universidad de Tokio, dos cursos por encima de mí. Nos conocíamos de vista, ya que vivíamos en la misma residencia, hasta que, un día que yo estaba leyendo El gran Gatsby en un rincón soleado del comedor, él se sentó a mi lado y me preguntó qué leía. <<El gran Gatsby>>, le dije <<¿Es interesante?>>, me preguntó. Le respondí que lo había leído tres veces, pero que cuanto más lo releía más párrafos interesantes encontraba. <<Un hombre que ha leído tres veces El gran Gatsby bien puede ser mi amigo>>, repuso como hablando para sí mismo. Y nos hicimos amigos. Corría el mes de octubre.

Tokio Blues (Norwegian Wood), Haruki Murakami.

abril 22, 2013

Los vivos

-Y deja tú lo de la ropa- dijo don Jesús poniendo una mano en el muslo de Isidro. Lo de la robadera pasa porque al fin y al cabo la ley de la vida es ésa: el que madruga -lo dice el refrán- tiene el derecho de aprovecharse de los demás, que para algo sirva pasarse las noches con el ojo pelón mientras los demás duermen muy confiados como dando a entender que dejan lo suyo al vivo que se afana para conseguir lo que en último grado, mirando las cosas con calma, viene siendo de todos. A don Jesús no le preocupaba la robadera. Fue una experiencia más que aprovechó después, adentro y afuera del manicomio, mientras sonaba su hora y el asesino llegaba una noche sin luna a abrirle la cabeza a tubazos. Sin esos robos en pequeña escala: la cartera de un buey, la fruta de una sirvienta zonza, las tortillas de un albañil pendejo, los cinco pesos que se piden y claro, no se devuelven, la bolsa de una vieja emperifollada, andaría ahora mendigando por la calle como cualquier limosnero. Las cosas las hizo Dios para que las disfrutaran los vivos, y a Dios mismo le hubiera gustado, desde que les dijo a Adán y a Eva; váyanse a la chingada, que todos pelaran los ojos. No todos lo entendieron y por eso hay tontos; porque también hay que ver que de no haber tontos en este mundo sería muy difícil vivir, la gente andaría arrebatándose las cosas en la calle, lo cual es feo, se vería mal: unos a otros madrugándose y nadie que pusiera el orden porque ahora sí que cómo y para qué poner orden donde todos son vivos, a quién se va a proteger si cada quien se protege solo agenciándose lo que se encuentra y teniendo con ello lo suficiente para irla pasando en la medida de la habilidad de cada uno. La justicia y la cárcel las inventaron los débiles para proteger a esos pobres dejados que los hay y los habrá siempre, gracias a Dios desde luego, que así le facilita a uno la existencia sin que sea necesario ser mucho muy abusado.

Los albañiles, Vicente Leñero

marzo 31, 2013

Resignación

Hay personas tan delgadas -escribía-  que a veces las arrastra el viento. El viento de la ciudad es brutal, siempre irrumpiendo en ráfagas desde el río y zumbando en tus oídos, empujándote hacia adelante y hacia atrás, arremolinando papeles y basura a tu paso. No es extraño ver a la gente más delgada caminando en grupos de dos o tres, a veces familias enteras, atados entre sí con sogas o cadenas, aferrados los unos a los otros, sirviéndose de lastre contra la ventolera. Otros abandonan por completo la idea de salir; abrazados a los portales o a las glorietas, incluso el cielo más límpido llega a parecerles una amenaza. Piensan que es mejor esperar tranquilamente en un rincón que ser arrojados contra las piedras.
Es posible acostumbrarse tanto a no comer, que uno puede llegar a prescindir totalmente de la comida. La situación es mucho peor para aquellos que luchan contra el hambre, ya que pensar demasiado en comer sólo puede ocasionar problemas. Son los que están obsesionados, los que se niegan a aceptar los hechos. Vagan por las calles al acecho a todas horas, hurgando entre la basura por un bocado, corriendo enormes riesgos por la migaja más insignificante. No importa cuánto puedan conseguir, nunca será suficiente; comen sin llenarse nunca, abalanzándose sobre la comida con una urgencia animal, escarbando con sus dedos huesudos sin cerrar jamás las mandíbulas. Casi todo lo que comen se escurre, baboso, hacia la barbilla, y aquello que logran tragar, suelen vomitarlo pocos minutos después. Es una muerte lenta, como si la comida fuera un fuego, una locura, abrasándolos desde el interior. Piensan que comen para sobrevivir pero, en realidad, son ellos los que acaban siendo devorados.
Resulta evidente que la comida es un asunto complicado y que a menos que uno aprenda a aceptar lo que se le ofrece, no se sentirá nunca en paz consigo mismo.

El país de las últimas cosas, Paul Auster

marzo 25, 2013

Remate de libros

El hábito mental de competencia invade pronto otras regiones que no le pertenecen. Fijémonos en la afición a la lectura. Hay dos motivos para leer un libro: primero, porque es un placer, y segundo, porque se puede hacer ostentación de haberlo leído. Se ha puesto de moda en América entre las mujeres el leer (o aparentar que se lee) algunos libros cada mes. Algunas los leen, otras se contentan con el primer capítulo; pero todas tienen esos libros en sus mesas. No leen, sin embargo, obras maestras. No se ha dado el caso de que los Clubs de libros elijan ningún mes Hamlet o El Rey Lear; ningún mes ha habido necesidad de leer a Dante. Por lo tanto, no se leen nunca obras maestras, sino libros modernos, de autores mediocres. Esto también es un efecto de la competencia, y no tal vez del todo abominable, porque la mayor parte de las señoras en cuestión, abandonadas a sí mismas, en vez de leer obras maestras, leerían libros peores que los seleccionados para ellas por sus pastores y mentores literarios. La boga de la competencia en la vida moderna está relacionada con la decadencia general del tipo de civilización, tal como sucedió en Roma después de la época de Augusto. Hombres y mujeres parecen incapaces de gozar placeres más intelectuales. El arte de la conversación general, por ejemplo, que llegó a la perfección en los salones franceses del siglo XVIII, todavía era una tradición viva hace cuarenta años. Era un arte verdaderamente exquisito, que ponía en juego las más altas facultades en beneficio de algo completamente efímero. Pero ¿quién se preocupa en nuestros días por nada tan apacible? En China todavía este arte era perfecto hace diez años; pero yo creo que el ardor misionero de los nacionalistas lo ha ahuyentado por completo. El conocimiento de la buena literatura, que era universal entre la gente educada hace cincuenta o cien años, está ahora reducido a unos cuantos profesores. Todos los placeres más tranquilos se han abandonado. Algunos estudiantes americanos me llevaron de paseo en primavera, a través de un bosque próximo a su residencia; estaba lleno de deliciosas flores salvajes, pero ninguno de mis guías conocía tan siquiera el nombre de una de ellas ¿De qué servía saberlo? Ninguno iba a ganar por ello más dinero.

La conquista de la felicidad, Bertrand Russell

enero 23, 2013

Drugs

We all want expanded consciouness and bliss. It's natural, human desire. And a lot of people look for it in drugs. But the problem is that the body, the physiology, takes a hard hit on drugs. Drugs injure the nervous system, so they just make it harder to get those experiences on your own.

     I have smoked marijuana, but I no longer do. I went to art school in the 1960's, so you can imagine what was going on. Yet my friends were the ones who said, "No, no, no, David, don't you take those drugs." I was pretty lucky.

     Besides, far more profound experiences are available naturally. When your consciousness starts expanding, those experiences are there. All those things can be seen. It's just a matter of expanding that ball of consciouness. And the ball of consciousness can expand to be infinite and unbounded. It's totality. You can have totality. So all those experiences are there for you, without the side effects of drugs.

Catching the big fish: Meditation, Consciouness, and Creativity, David Lynch