El hábito mental de competencia invade pronto otras regiones que no le pertenecen. Fijémonos en la afición a la lectura. Hay dos motivos para leer un libro: primero, porque es un placer, y segundo, porque se puede hacer ostentación de haberlo leído. Se ha puesto de moda en América entre las mujeres el leer (o aparentar que se lee) algunos libros cada mes. Algunas los leen, otras se contentan con el primer capítulo; pero todas tienen esos libros en sus mesas. No leen, sin embargo, obras maestras. No se ha dado el caso de que los Clubs de libros elijan ningún mes Hamlet o El Rey Lear; ningún mes ha habido necesidad de leer a Dante. Por lo tanto, no se leen nunca obras maestras, sino libros modernos, de autores mediocres. Esto también es un efecto de la competencia, y no tal vez del todo abominable, porque la mayor parte de las señoras en cuestión, abandonadas a sí mismas, en vez de leer obras maestras, leerían libros peores que los seleccionados para ellas por sus pastores y mentores literarios. La boga de la competencia en la vida moderna está relacionada con la decadencia general del tipo de civilización, tal como sucedió en Roma después de la época de Augusto. Hombres y mujeres parecen incapaces de gozar placeres más intelectuales. El arte de la conversación general, por ejemplo, que llegó a la perfección en los salones franceses del siglo XVIII, todavía era una tradición viva hace cuarenta años. Era un arte verdaderamente exquisito, que ponía en juego las más altas facultades en beneficio de algo completamente efímero. Pero ¿quién se preocupa en nuestros días por nada tan apacible? En China todavía este arte era perfecto hace diez años; pero yo creo que el ardor misionero de los nacionalistas lo ha ahuyentado por completo. El conocimiento de la buena literatura, que era universal entre la gente educada hace cincuenta o cien años, está ahora reducido a unos cuantos profesores. Todos los placeres más tranquilos se han abandonado. Algunos estudiantes americanos me llevaron de paseo en primavera, a través de un bosque próximo a su residencia; estaba lleno de deliciosas flores salvajes, pero ninguno de mis guías conocía tan siquiera el nombre de una de ellas ¿De qué servía saberlo? Ninguno iba a ganar por ello más dinero.
La conquista de la felicidad, Bertrand Russell
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