La gente deja de sentir necesidad de lo bello o lo espiritual y se pone a consumir películas como si fuesen botellas de Coca-Cola.
El contacto entre el director y el público, es específico y característico del cine, en el sentido de que éste transmite a través de la película impresa una experiencia absolutamente libre en términos afectivos y emotivos y, por lo mismo, esa experiencia se hace más convincente. El espectador siente necesidad de esa experiencia delegada, para resarcir en parte aquello que ha perdido, o se ha perdido, de la vida, esto es, como una "busca del tiempo perdido". Y qué tan importante en términos humanos pueda ser esta nueva experiencia adquirida, depende únicamente del director: una grave responsabilidad.
Por lo mismo encuentro muy difícil entender que un artista hable de una libertad creativa absoluta. No entiendo a qué se refieren cuando hablan de ese tipo de libertad, ya que me parece que si uno ha escogido como oficio el arte, uno se encuentra encadenado por innumerables necesidades, así como por los objetivos que uno a sí mismo se puso y por su propia vocación artística.
Todo se encuentra condicionado por uno u otro tipo de necesidad, y si fuese realmente posible encontrar a una persona absolutamente libre, ésta parecería igual a un pez de aguas profundas que tuviese que vivir en la superficie. Es curioso pensar en que el inspirado Rubliov tuvo que trabajar dentro de la estrechez de un canon, y mientras más tiempo he vivido en Occidente, más extraña y equívoca me parece la libertad. ¿Libertad para drogarse, para matar, para suicidarse?
Para ser libre, uno simplemente tiene que serlo: sin pedir permiso a nadie. Uno debe tener su propia hipótesis acerca de lo que uno está llamado a hacer, y seguirla, sin ceder o condescender con las circunstancias. Pero ese tipo de libertad exige que se tenga una extraordinaria fuerza interior y que se sea extraordinariamente consciente de sí y de su responsabilidad para con uno mismo, es decir, para con los demás.
La tragedia, por desgracia, es que no sabemos ser libres: exigimos libertad para nosotros mismos a expensas de los demás y no queremos en razón de los otros renunciar a nada que sea nuestro, ya que esto sería una intrusión en nuestros derechos y libertades individuales. Todos estamos infectados actualmente de un extraordinario egoísmo –y eso no es la libertad. La libertad significa aprender a exigirse a uno mismo, no a la vida o a los demás, y el saber cómo dar: sacrificarse, pues, en nombre del amor.
No quiero que se me malinterprete: de lo que estoy hablando es de la libertad en un sentido moral y último. No quiero polemizar o poner en entredicho los incuestionables valores y logros de las democracias europeas. Pero la condición de estas democracias no hace sino recalcar el problema del vacío espiritual y la soledad del hombre. Creo que en su lucha por las libertades políticas –por importantes que éstas sean– el hombre moderno ha perdido de vista aquella otra libertad de la que se ha gozado en otras épocas: la de ser capaz de sacrificarse uno mismo en nombre de la sociedad y los tiempos en que a uno le tocó vivir.
Esculpir el tiempo, Andrey Tarkovski