noviembre 02, 2017

Día de muertos

A Chacaltana nunca se le había ocurrido considerar su situación de esa manera. Echó un vistazo a su madre, y por primera vez en la última semana no vio en ella regaños, soledad y severidad, sino protección y amor. Luego trató de mirar a su padre, en la foto familiar en la mesita. Uno de los floripondios le tapaba el rostro.
-Mi esposa, que en paz descanse -siguió Don Gonzalo, sirviéndose otro pisco-, era una mujer muy dulce. Tan buena que casi parecía ingenua, ¿saben? Pasamos unos años juntos. Fue un tiempo hermoso, lleno de esperanza. Concebimos a Joaquín... Y luego ella...
En la última frase, su voz se quebró. Era demasiada muerte para recordarla con frialdad.
-La muerte nos llevará a todos -sentenció la madre de Chacaltana-. Nadie escapa de ella.
-Lo peor no es la muerte. Es la tristeza de los que quedamos vivos. Es el vacío. Y la incertidumbre. Yo... No pude estar a su lado cuando murió. Nos estaban evacuando. Había que salvar al niño o a ella.
-No se torture, Don Gonzalo -musitó la madre, casi para sí misma-. A veces la vida es más fuerte que nosotros.
-Nunca supe cuáles fueron sus últimas palabras -siguió el viejo-. Nunca supe qué pasó por su cabeza en los últimos momentos. Ni siquiera en los últimos días...
Ahora sí, el hombre se echó a llorar sin remedio. Chacaltana sintió que algo se le escapaba en esa conversación. Que Don Gonzalo y su madre se comunicaban en un nivel diferente. Pero él quería formar parte de eso. De repente, se le ocurrió que Don Gonzalo podía ser el elemento que había faltado en su casa. Y él mismo, y su madre, podían ser lo que a Don Gonzalo le había faltado toda la vida. A todos en esa sala les habían arrebatado algo, les habían mutilado la existencia, y ninguno de ellos sabía por qué. Casi sin querer, comentó en voz alta:
-Los muertos nos dejan misterios que ya nunca resolveremos.
-Pero yo no me resigno, Félix -respondió Don Gonzalo, quizás más contundente de lo apropiado. A lo mejor era hora de cerrar esa botella de pisco-. Joaquín se ha ido sin decirme quién era, qué hacía, qué esperaba de la vida, si era feliz. La gente que quiero desaparece sin dejar rastro, como fantasmas.
-Comprendo -asintió Félix. De verdad comprendía lo de los fantasmas.
-Y el único que puede ayudarme, Félix, eres tú, ¿me ayudarás?
De repente, todo el mundo quería que Félix lo ayudase con sus hijos. Félix era consciente de que tenía el aspecto del hijo perfecto, el que nunca se mete en problemas. Y quería seguir siendo exactamente eso.
-No siempre es buena idea saber todo sobre los que se van.

La pena máxima - Santiago Roncagliolo

mayo 08, 2017

De residente a especialista

Para cuando me convertí en especialista, en 1987, ya tenía mucha experiencia como cirujano. Me habían nombrado sustituto del adjunto especialista titular en el hospital donde me estaba formando, y mi jefe, a medida que su carrera tocaba a su fin, fue delegando en mí casi todas las intervenciones. En cuanto te conviertes en especialista, de pronto eres responsable de tus pacientes de un modo muy distinto a como lo habías sido siendo residente y aprendiz. De repente, miras atrás y tus años de formación casi te parecen una etapa libre de preocupaciones. Como residente, la responsabilidad definitiva por cualquier error que puedas cometer es en última instancia de tu jefe, el adjunto especialista, no tuya. A medida que me hago mayor, la confianza de muchos de mis discípulos en sí mismos, de cuyas equivocaciones soy responsable, me parece cada vez más irritante; sin embargo, yo no era muy distinto a ellos en mis tiempos. Todo eso cambia cuando te conviertes en especialista.

Ante todo no hagas daño, Henry Marsh