febrero 24, 2012

Sobre la resignación

Sin embargo, cuando Úrsula se dio cuenta de que no le había alcanzado el tiempo para consolidar la vocación de José Arcadio, se dejó aturdir por la consternación. Empezó a cometer errores, tratando de ver con los ojos las cosas que la intuición le permitía ver con mayor claridad. Una mañana le echó al niño en la cabeza el contenido de un tintero creyendo que era agua florida. Ocasionó tantos tropiezos con la terquedad de intervenir en todo, que se sintió trastornada por ráfagas de mal humor, y trataba de quitarse las tinieblas que por fin la estaban enredando como un camisón de telaraña. Fue entonces que se le ocurrió que su torpeza no era la primera victoria de la decrepitud y la oscuridad, sino una falla del tiempo. Pensaba que antes, cuando Dios no hacía con los meses y los años las mismas trampas que hacían los turcos al medir una yarda de percal, las cosas eran diferentes. Ahora no sólo crecían los niños más de prisa, sino que hasta los sentimientos evolucionaban de otro modo. No bien, Remedios, la bella, había subido al cielo en cuerpo y alma, y ya la desconsiderada Fernanda andaba refunfuñando en los rincones porque se había llevado las sábanas. No bien se habían enfriado los cuerpos de los Aurelianos en sus tumbas, y ya Aureliano Segundo tenía otra vez la casa prendida, llena de borrachos que tocaban el acordeón, y se ensopaban en champaña, como si no hubieran muerto cristianos sino perros, y como si aquella casa de locos, que tantos dolores de cabeza y tantos animalitos de caramelo había costado, estuviera predestinada a convertirse en un basurero de perdición. Recordando estas cosas, mientras alistaban el baúl de José Arcadio, Ursula se preguntaba si no era preferible acostarse de una vez en la sepultura y que le echaran la tierra encima, y le preguntaba a Dios, sin miedo, si de verdad creía que la gente estaba hecha de fierro para soportar tantas penas y mortificaciones; y preguntando y preguntando iba atizando su propia ofuscación, y sentía unos irreprimibles deseos de soltarse a despotricar como un forastero, y de permitirse por fin un instante de rebeldía, el instante tantas veces anhelado y tantas veces aplazado de meterse la resignación por el fundamento, y cagarse de una vez en todo, y sacarse del corazón los infinitos montones de malas palabras que había tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad
¡Carajo! gritó.
Amaranta, que empezaba a meter la ropa en el baúl, creyó que la había picado un alacrán.
¿Dónde está! Preguntó alarmada.
¿Qué?
¡El animal! aclaró Amaranta.
Úrsula se puso un dedo en el corazón.
Aquí. dijo.

Cien años de Soledad, Gabriel García Márquez

¿A dónde queremos llegar?

¿Pero por qué, Cesárea, le dije? ¿No te das cuenta que si te marchas ahora vas a tirar por la borda tu carrera literaria? ¿Tienes idea de la clase de páramo cultural que es Sonora? ¿Qué vas a hacer allí? Preguntas de ése tipo. Preguntas que uno hace, muchachos, cuando no sabe realmente qué decir. Y Cesárea me miró mientras caminábamos y dijo que aquí ya no tenía nada. ¿Te has vuelto loca? le dije. ¿Te has trastornado, Cesárea? Aquí tienes tu trabajo, tus amigos, Manuel te aprecia, yo te aprecio, Germán y Arqueles te aprecian, el general no sabrá qué hacer sin ti. Tú eres una estridentista de cuerpo y alma. Tú nos ayudarás a construir Estridentípolis, Cesárea, le dije. Y entonces ella sonrió, como si le estuviera contando un chiste muy bueno pero que ya conocía y dijo que hacía una semana que había dejado el trabajo y que además ella nunca había sido estridentista sino real visceralista. Y yo también dije o grité, todos los mexicanos somos más real visceralistas que estridentistas, pero qué importa, el estridentismo y el real visceralismo son sólo dos máscaras para llegar a donde queremos llegar. ¿Y a dónde queremos llegar? dijo ella. A la modernidad, Cesárea, le dije, a la pinche modernidad. Y entonces, sólo entonces le pregunté que si era verdad que había dejado su chamba con mi general. Y ella dijo que por supuesto era verdad. ¿Y qué te dijo él?, pregunté. Se puso hecho una fiera, se rió Cesárea. ¿Y? Nada, no cree que hable en serio, pero si piensa que voy a volver, que me espere sentado porque si no se va a cansar.
Pobre hombre, dije yo. Cesárea se rió. ¿Tienes parientes en Sonora? le dije. No, creo que no, dijo ella. ¿Y qué harás entonces? dije yo. Pues buscar un trabajo y un lugar dónde vivir, dijo Cesárea. ¿Y eso es todo? dije yo. ¿Ése es todo el porvenir que te espera, Cesárea, hija mía?, dije yo, aunque probablemente no dijera hija mía, puede que sólo lo pensara. Y Cesárea me miró, una mirada cortita, así como de lado, y dijo que ése era el porvenir común de todos los mortales, buscar un lugar dónde vivir y un lugar dónde trabajar. En el fondo eres un reaccionario, Amadeo, me dijo (pero me lo dijo con simpatía). Y así seguimos un rato más. Como discutiendo pero sin discutir. Como recriminándonos cosas, pero sin recriminarnos nada. Y de repente yo traté de imaginarme a Cesárea en Sonora, eso fue poco antes de llegar a la calle en donde nos íbamos a separar para siempre, traté de imaginármela en Sonora, y no pude.

Los Detectives Salvajes, Roberto Bolaño

Problemas y sorpresas

Hablábamos, nunca discutíamos. Le enseñaba mis cuadros y él decía fantástico, me encantan, frases de ese estilo que siempre me han parecido abrumadoras. Sé que las decía de corazón, pero igual me abrumaban. Luego, se quedaba callado, fumando, y yo preparaba té o café o sacaba una botella de whisky. No sé, no sé, pensaba, puede que esté haciendo algo bueno, puede que esté en el camino correcto. Las artes plásticas son, en el fondo, incomprensibles. O son tan comprensibles que nadie, yo el primero, acepta la lectura más obvia. Arturo por aquel entonces, se acostaba ocasionalmente con mi amiga. Él no sabía que era mi amiga. Es decir, él sabía que era mi amiga, cómo no lo iba a saber, si fui yo quien se la presenté, lo que no sabía era que era mi amiga. Se acostaban de vez en cuando, una vez al mes, digamos. A mí me hacía gracia. En ciertos aspectos él podía llegar a ser muy ingenuo. Mi amiga vivía en la calle Denia, a pocos pasos de mi casa, y yo tenía la llave de su casa y a veces me presentaba allí a las ocho de la mañana, a buscar algo que había olvidado para una de mis clases, y encontraba a Arturo en la cama o preparando el desayuno y éste me miraba como preguntándose ¿es su amiga o su amiga? A mí me hacía gracia. Buenos días, Arturo, le decía y a veces tenía que hacer un esfuerzo para no reírme. También yo me acostaba con otra amiga, sólo que me acostaba mucho más a menudo con ésta que lo que se acostaba mi amiga con Arturo. Problemas. La vida está llena de problemas, aunque en Barcelona, en aquellos años, la vida era maravillosa y a los problemas les llamábamos sorpresas.

Los Detectives Salvajes, Roberto Bolaño

Un Destino de Mujer

Así como el rey durante la cacería, coge
un vaso para beber en él, uno cualquiera...
y así como después aquel que lo poseía
lo aparta y lo conserva como si no fuera vaso:

así quizá el destino, también sediento, se acercaba
de vez en cuando a una a la boca y bebía,
a la cual una vida pequeña, demasiado temerosa
de romperla, colocó, aparte del uso,

en la vitrina miedosa
en la cual están sus preciosidades
(o las cosas que son tenidas por preciosas).

Allí estaba ella, extraña, como si hubiese sido
prestada,
Y simplemente se hizo vieja y se hizo ciega
y nunca fue preciosa, y nunca singular.

Antología Poética, Rainer María Rilke

Nada vale tanto como la experiencia

Mulla se cayó de una escalera y se hizo mucho daño. A pesar de los emplastos y de las posiciones, el dolor le hacía sufrir terriblemente. Sus amigos fueron a consolarle:
—¡Hubiera podido ser mucho peor! —dijo uno.
—Después de todo, no te has roto nada —dijo otro.
—Pronto te repondrás —dijo un tercero...
En el colmo del dolor, Nasarudin se puso a pegar alaridos:
—¡Salid todos de aquí! ¡Abandonad esta habitación en el acto! ¡Madre, no dejes entrar a nadie a menos que se haya caído alguna vez de una escalera!

La teoría no puede sustituir a la experiencia. Para comprender al otro, hay que poder ponerse en su lugar. Si un hombre no ha sufrido jamás, ¿cómo puede ponerse en el lugar de aquellos que sufren?
Los gurús que son perfectos después de tres mil reencarnaciones no son aptos para ayudar a los demás, pues no conocen el dolor humano.
En este mismo sentido, un terapeuta varón no puede comprender y aconsejar a una mujer si no ha vivido profundamente en sí mismo la naturaleza femenina, si no se ha imaginado con una vagina, un útero, unos ovarios, menstruaciones, etcétera. Del mismo modo, una mujer que no se ha imaginado jamás con un sexo masculino, esperma y erecciones no puede comprender a un hombre.
Es meditando acerca de este particular como la mujer se construirá hombre en el interior de sí misma, y el hombre, mujer, lo que permitirá a continuación comunicarse verdaderamente con conocimiento de causa.

Saíd Baba es un gurú hindú que es hombre durante seis meses del año y mujer durante los seis restantes.
Aparece delante de sus discípulos disfrazado de mujer y está viviendo su sakti o su siva, su yin o su yang. Él los ha creado en sí mismo.

La Sabiduría de los CuentosAlejandro Jodorowsky

El hombre sucio y el hombre limpio

Un rey hizo llamar a un santo rabino que dormía sólo dos horas y las otras veintidós las dedicaba a leer su Biblia.
—¡Dime la verdad que haz encontrado en esas páginas o te corto la cabeza!
El anciano sonrió.
—Antes de revelarte el secreto que esperas, deja, oh gran señor, que te haga una pregunta.
—¡De acuerdo: hazla!
—Dos hombres caminan por el bosque, después de una fuerte lluvia. De pronto, caen en una charca de barro. Al salir, uno de ellos está sucio, mientras que el otro permanece limpio. ¿Cuál de los dos se lava?
—¡Pues el que está lleno de lodo! —respondió el poderoso.
—No majestad. El que está embarrado ve al que salió limpio y piensa que él también está limpio. el otro ve al sucio y, como piensa que él mismo también está sucio, corre a lavarse.
—Bien —dijo el rey—, ahora dime la verdad que encontraste en tu Biblia.
—Antes, señor, resuelve este problema: dos hombres caminan por un bosque, después de una fuerte lluvia. De pronto caen en una charca de barro. Al salir, uno de ellos está sucio y el otro limpio ¿Cuál de los dos se lava?
El monarca, creyendo que ya conocía la respuesta, contestó:
—¡El que está limpio!
—No, mi señor. Como una vez ya había cometido el error, se lavó el embarrado. La experiencia enseña.
—Acepto —dijo el rey—. Ahora dime la verdad que encontraste en tu libro sagrado.
—¡Oh, magnísimo, deja que te plantée un último acertijo! Después de una fuerte lluvia, dos hombres que caminan por el bosque caen en una charca de lodo. Uno sale sucio y el otro limpio. ¿Cuál se lava?
El rey quedó desconcertado.
—Ya no sé que responder. Ambos pueden bañarse o ninguno... Quizás el embarrado se lava otra vez...
El viejo sonrió.
—Si crees, señor, que tres veces se va a repetir un accidente tan increíble, estás dispuesto a creer cualquier cosa.

El rey ve en la Biblia un conjunto de palabras. Cree que la verdad es algo que se dice. El rabino le demuestra que un texto puede dar origen a infinitas interpretaciones. Las palabras son sólo un guía hacia la verdad, así como el dedo que muestra la luna no es la luna. Para comprender lo que el rabino encuentra en su libro sagrado, el rey debería realizar una mutación mental gracias a la abertura de su corazón. A través del texto, el sabio entra en relación emocional —un estado que se vive y no se piensa— con ese impensable que llama Dios. El rey busca creer. El rabino busa conocerse, porque sabe que en su interior mora el Creador. El monarca, para dominar al mundo, se separa de él. El sabio, por amor al mundo, se une a él.  Ésa es la enseñanza esencial de los rabinos. 
Un joven ateo se acercó al piadoso rabí jasídico Menajem Mendl de Kotz y le preguntó con sorna:
—¿Dónde vive Dios en realidad?
—Donde quiera es admitido —le contestó el rabí.

La Sabiduría de los CuentosAlejandro Jodorowsky

febrero 20, 2012

¿DÓNDE ESTÁ TU OREJA, MULLA?

Cuando le preguntaron a Mulla: «¿Dónde está tu oreja izquierda?», él se pasó el brazo derecho por encima de la cabeza y, tocándose la oreja, dijo:
–¡Aquí está!
–Pero ¿por qué haces eso? ¿No sería más sencillo tocarte con tu mano izquierda la oreja que está del mismo lado?
–Efectivamente, sería más sencillo –replicó él–, pero si lo hiciera como todo el mundo, entonces no sería ya Mulla Nasrudin.

O dicho de otro modo, para que sea yo mismo (o sentirme yo mismo), tengo que tocarme la oreja de esta forma excéntrica.
     Le pregunté a mi hijo, adolescente, qué pensaba de ello. Él me respondió:
   –Estamos todos condicionados a tocarnos nuestra oreja de la misma manera, estereotipada. Y, sin embargo, yo, que soy artista, ¿no puedo tocármela acaso de la manera que me dé la gana, como lo sienta?
       Es un punto de vista interesante.
    Se puede ver en la manera de actuar de Mulla Nasrudin el deseo de singularizarse mediante actos extravagantes, que llamen la atención. En este caso, en vez de identificarme con mi ser esencial, me identifico con algo teatral. No lo hago para «ser» sino, más bien, para «ser diferente» y creo que al serlo soy yo mismo.
     Pienso que éste no es el camino. Ser es ser diferente de forma natural. Por consiguiente, ¿para qué tratar de hacer más con el fin de distinguirse?

La sabiduría de los cuentos, Alejandro Jodorowsky

febrero 06, 2012

Al servicio social

No amo a mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques desiertos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

Alta traición, José Emilio Pacheco