febrero 24, 2012

¿A dónde queremos llegar?

¿Pero por qué, Cesárea, le dije? ¿No te das cuenta que si te marchas ahora vas a tirar por la borda tu carrera literaria? ¿Tienes idea de la clase de páramo cultural que es Sonora? ¿Qué vas a hacer allí? Preguntas de ése tipo. Preguntas que uno hace, muchachos, cuando no sabe realmente qué decir. Y Cesárea me miró mientras caminábamos y dijo que aquí ya no tenía nada. ¿Te has vuelto loca? le dije. ¿Te has trastornado, Cesárea? Aquí tienes tu trabajo, tus amigos, Manuel te aprecia, yo te aprecio, Germán y Arqueles te aprecian, el general no sabrá qué hacer sin ti. Tú eres una estridentista de cuerpo y alma. Tú nos ayudarás a construir Estridentípolis, Cesárea, le dije. Y entonces ella sonrió, como si le estuviera contando un chiste muy bueno pero que ya conocía y dijo que hacía una semana que había dejado el trabajo y que además ella nunca había sido estridentista sino real visceralista. Y yo también dije o grité, todos los mexicanos somos más real visceralistas que estridentistas, pero qué importa, el estridentismo y el real visceralismo son sólo dos máscaras para llegar a donde queremos llegar. ¿Y a dónde queremos llegar? dijo ella. A la modernidad, Cesárea, le dije, a la pinche modernidad. Y entonces, sólo entonces le pregunté que si era verdad que había dejado su chamba con mi general. Y ella dijo que por supuesto era verdad. ¿Y qué te dijo él?, pregunté. Se puso hecho una fiera, se rió Cesárea. ¿Y? Nada, no cree que hable en serio, pero si piensa que voy a volver, que me espere sentado porque si no se va a cansar.
Pobre hombre, dije yo. Cesárea se rió. ¿Tienes parientes en Sonora? le dije. No, creo que no, dijo ella. ¿Y qué harás entonces? dije yo. Pues buscar un trabajo y un lugar dónde vivir, dijo Cesárea. ¿Y eso es todo? dije yo. ¿Ése es todo el porvenir que te espera, Cesárea, hija mía?, dije yo, aunque probablemente no dijera hija mía, puede que sólo lo pensara. Y Cesárea me miró, una mirada cortita, así como de lado, y dijo que ése era el porvenir común de todos los mortales, buscar un lugar dónde vivir y un lugar dónde trabajar. En el fondo eres un reaccionario, Amadeo, me dijo (pero me lo dijo con simpatía). Y así seguimos un rato más. Como discutiendo pero sin discutir. Como recriminándonos cosas, pero sin recriminarnos nada. Y de repente yo traté de imaginarme a Cesárea en Sonora, eso fue poco antes de llegar a la calle en donde nos íbamos a separar para siempre, traté de imaginármela en Sonora, y no pude.

Los Detectives Salvajes, Roberto Bolaño

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