octubre 30, 2011

Literatura para desesperados

Joaquín Font, Clínica de Salud Mental El Reposo, camino del Desierto de los Leones, en las afueras de México DF, enero de 1977. Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano. Grave error, como se verá a continuación. Tomemos, por ejemplo, un lector medio, un tipo tranquilo, culto, de vida más o menos sana, maduro. Un hombre que compra libros y revistas de literatura. Bien, ahí está. Ese hombre puede leer aquello que se escribe para cuando estás sereno, para cuando estás calmado, pero también puede leer cualquier otra clase de literatura, con ojo crítico, sin complicidades absurdas o lamentables, con desapasionamiento. Eso es lo que yo creo. No quiero ofender a nadie. Ahora tomemos al lector desesperado, aquel a quien presumiblemente va dirigida la literatura de los desesperados. ¿Qué es lo que ven? Primero: se trata de un lector adolescente o de un adulto inmaduro, acobardado, con los nervios a flor de piel. Es el típico pendejo (perdonen la expresión) que se suicidaba después de leer el Werther. Segundo: es un lector limitado. ¿Por qué limitado? Elemental, porque no puede leer más que literatura desesperada o para desesperados, tanto monta, monta tanto, un tipo o un engendro incapaz de leerse de un tirón En busca del tiempo perdido, por ejemplo, o La montaña mágica (en mi modesta opinión un paradigma de la literatura tranquila, serena, completa), o, si a eso vamos, Los miserables o Guerra y paz. Creo que he hablado claro, ¿no? Bien, he hablado claro. Así le hablé a ellos, les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban. Igual que hablarle a una piedra. Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ésa es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente, como entre algodones, como bajo una lluvia de píldoras tranquilizantes fundidas, vuelve, digo, a una literatura escrita para lectores serenos, reposados, con la mente bien centrada. A eso se le llama (y si nadie le llama así, yo le llamo así) el paso de la adolescencia a la edad adulta. Y con esto no quiero decir que cuando uno se ha convertido en un lector tranquilo ya no lea libros escritos para desesperados. ¡Claro que los lee! Sobre todo si son buenos o pasables o un amigo se los ha recomendado. Pero en el fondo ¡lo aburren! En el fondo esa literatura amargada, llena de armas blancas y de Mesías ahorcados, no consigue penetrarlo hasta el corazón como sí consigue una página serena, una página meditada, una página ¡técnicamente perfecta! Y yo se los dije. Se los advertí. Les señalé la página técnicamente perfecta. Les avisé de los peligros. ¡No agotar un filón! ¡Humildad! ¡Buscar, perderse en tierras desconocidas! ¡Pero con cordada, con migas de pan o guijarros blancos! Sin embargo yo estaba loco, estaba loco por culpa de mis hijas, por culpa de ellos, por culpa de Laura Damián, y no me hicieron caso.

Los detectives salvajes, Roberto Bolaño

octubre 24, 2011

23. Chistes para adultos

—¡Querida —declara un hombre de negocios en plena ruina—, tengo una idea genial para ahorrar! ¡Aprende a cocinar y podremos despedir a la sirvienta!
—¡Yo tengo una idea aún mejor! —responde la esposa—. ¡Aprende a hacer el amor y así podremos despedir al chófer!

   Cuando vivimos en pareja y criticamos a nuestro compañero, indefectiblemente éste nos critica también. En el amor, tan pronto como el otro no nos satisface, tampoco nosotros le satisfacemos. El verdadero amor es certeza pura. No tiene cabida la menor crítica. Si ésta surge, es mutua. Es imposible que seamos un príncipe o una princesa y el otro una rana o un sapo. Creer eso es una añagaza. La pareja es una asociación de dos cómplices.
     La mejor manera de saber si el otro nos ama es preguntarnos a nosotros mismos si le amamos. Hay personas que no paran de decir «No consigo formar una pareja. Nadie me quiere». Pero de hecho lo que están diciendo es «No amo a nadie. Son egoístas: van a venir a utilizarme, a pervertirme, a hacerme sufrir. Me conviene la soledad». Y por eso se quedan solas. En cuando estén disponibles para el otro, dispuestas a amarlo, con toda seguridad el otro aparece.

—Por favor —pregunta un señor a un farmacéutico—, ¿tiene preservativos con rayas amarillas y negras?
—Pues no... Además ¿qué pregunta rara es ésa? ¿Para qué van a servirle unos preservativos así?
—Verá, soy el criado de una señora burguesa. Incluso cuando me invita a hacer el amor, espera que no me olvide de mi condición.

     ¿No impedimos muchas veces nosotros mismos a quienes amamos ponernos a nuestro nivel? ¿Acaso nos han permitido nuestros padres ponernos a su altura para favorecer así la comunicación en un plano de igualdad? ¿Hemos tenido oportunidad de luchar contra nuestro progenitor y arrojarle al suelo? ¿Nuestra madre, tras haber cometido el error de darnos un cachete, nos lo ha reconocido y nos ha pedido que le devolviéramos la bofetada? ¿Se nos ha dado nuestra parte de la herencia en el momento oportuno, es decir, cuando aún podíamos tener el placer de disfrutar de ella, o hemos estado esperando esta herencia toda nuestra vida, sin poder aprovecharla cuando finalmente nos ha sido legada?
     Hay parejas en las que uno de los miembros impide al otro cambiar para no tener que hacerlo él mismo.
      Si el criado hace el amor con el falo desnudo, accede a un nivel superior. El acto se convierte en una relación de reconocimiento mutuo. Por el contrario, mientras utilice los preservativos con rayas amarillas y negras, vive en una relación en la que no es reconocido. En este mundo dirigido exclusivamente por los hombres ¿cuántas son las parejas que llegan a vivir su relación en pie de igualdad?

Cabaret místico, Alejandro Jodorowsky

octubre 21, 2011

Parábola del sembrador. Porqué habla Jesús en parábolas. Explicación de la parábola del sembrador. Cómo recibir y transmitir las enseñanzas de Jesús (8, 4-18)

A los líderes del Consejo Agrarista Mexicano no les gustó saber que Jesucristo Gómez llegaba a Martínez de la Torre justo en plena convención estatal. Le tenían miedo. Sabían que Jesucristo era muy capaz de sabotear la reunión porque hablaba pestes del CAM: lo tachaba de ser una organización tracalera con los ejidatarios, y a cada rato ponía en evidencia a los líderes regionales.
Para evitar sobresaltos le jugaron una treta. Llegando llegando lo trataron con mucho comedimiento y lo invitaron a dar una plática a los convencionistas.
Jesucristo descubrió la treta, pero aceptó dar la plática porque no tenía intenciones de armar borlote alguno, sólo iba de paso con sus discípulos, rumbo a Tuxpan.
-Ya chingamos.
-Salió un campesino a sembrar y se puso a arrojar la semilla -dijo Jesucristo durante su plática-. Una parte cayó a lo largo del camino, fue pisada y las aves se la comieron. Otra cayó sobre un terreno pedregoso, y después de brotar se secó por falta de agua. Otra cayó entre las hierbas, que la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena, y creció, y dio buen fruto.
Los convencionistas empezaron a cruzarse sonrisitas de burla. Uno de ellos levantó la mano:
-¿Eso qué quiere decir?
-El que tenga oídos para oír que oiga -contestó de mal modo Jesucristo Gómez.
Por la noche, los discípulos le comentaron:
-Andabas muy de malas, ¿verdad?
-No me gusta que me vean la cara.
-¿Entonces por qué les diste la plática?
-Para que viendo no vean y oyendo no entiendan.
-Pero tampoco nosotros entendimos nada -dijo Simón el de Aguascalientes-. Al menos yo me quedé de a seis.
Entonces Jesucristo se puso a explicar:
-La semilla que sale a sembrar el campesino es la semilla de la justicia. La parte que cae a lo largo del camino son los que se dan cuenta de la situación, pero nada hacen porque saben que cualquier cambio empezaría por perjudicarlos a ellos mismos. La semilla que cae sobre el terreno pedregoso son los que quisieran cambiar la realidad pero sin verse afectados personalmente; hablan y trabajan para lograr mejorías insignificantes, nunca una transformación radical. La semilla que ahoga la hierba son los que de jóvenes se entregan generosamente a la lucha, pero apenas adquieren posición, poder, dinero, sofocan sus impulsos y terminan convertidos en cómplices del sistema. La semilla que cae en tierra buena, por último, son los que hacen suya la causa de la justicia y luchan por ella hasta su muerte.
Jesucristo miró despacito a cada uno de sus discípulos. Lo escuchaban sin pestañear:
-Cuando en la vida uno descubre una verdad, mueve cielo y tierra para tratar de difundirla. Nadie enciende una lámpara y le pone encima un sombrero o la esconde bajo la cama; al contrario: la pone en el centro del cuarto para que la luz ilumine a los que llegan. Toda verdad termina imponiéndose tarde o temprano. Por eso oigan bien lo que oyen y sáquenle el mayor provecho. Porque el que tiene tendrá más, y el que no tiene perderá lo poco que crea tener.

El Evangelio de Lucas Gavilán, Vicente Leñero 

octubre 15, 2011

Juegos Triviales

No había nadie más elegante que ella para dormir, con un escorzo de danza y una mano sobre la frente, pero tampoco había nadie más feroz cuando le perturbaban la sensualidad de creerse dormida cuando ya no lo estaba. El doctor Urbino sabía que ella permanecía pendiente del menor ruido que él hiciera, y que inclusive se lo habría agradecido, para tener a quien echarle la culpa de despertarla a las cinco del amanecer. Tanto era así, que en las pocas ocasiones en que tenía que tantear en las tinieblas porque no encontraba las pantuflas en el lugar de siempre, ella decía de pronto con voz de entresueños: “Las dejaste anoche en el baño”. Enseguida, con la voz despierta de rabia, maldecía:
-La peor desgracia de esta casa es que no se puede dormir.
Entonces se volteaba en la cama, encendía la luz sin la menor clemencia consigo misma, feliz con su primera victoria del día. En el fondo era un juego de ambos, mítico y perverso, pero por lo mismo reconfortante: uno de los tantos placeres peligrosos del amor domesticado. Pero fue por uno de esos juegos triviales que los primeros treinta años de vida en común estuvieron a punto de acabarse porque un día cualquiera no hubo jabón en el baño.
Empezó con la simplicidad de rutina. El doctor Juvenal Urbino había regresado al dormitorio, en los tiempos en que todavía se bañaba sin ayuda, y empezó a vestirse sin encender la luz. Ella estaba como siempre a esa hora en su tibio estado fetal, los ojos cerrados, la respiración tenue, y ese brazo de danza sagrada sobre la cabeza. Pero estaba a medio sueño, como siempre, y él lo sabía. Al cabo de un largo rumor de almidones de linos en la oscuridad, el doctor Urbino habló consigo mismo:
-Hace como una semana que me estoy bañando sin jabón -dijo.
Entonces ella acabó de despertar, recordó, y se revolvió de rabia contra el mundo, porque en efecto había olvidado reponer el jabón en el baño. Había notado la falta tres días antes, cuando ya estaba debajo de la regadera y pensó reponerlo después, pero después lo olvidó hasta el día siguiente. Al tercer día le había ocurrido lo mismo. En realidad no había transcurrido una semana, como él decía para agravarle la culpa, pero sí tres días imperdonables, y la furia de sentirse sorprendida en falta acabó de sacarla de quicio. Como siempre, se defendió atacando:
Pues yo me he bañado todos estos días -gritó fuera de sí- y siempre ha habido jabón.
Aunque él conocía de sobra sus métodos de guerra, esa vez no pudo soportarlos. Se fue a vivir con cualquier pretexto profesional en los cuartos de internos del Hospital de la Misericordia, y sólo aparecía en la casa para cambiarse de ropa al atardecer antes de las consultas a domicilio. Ella se iba para la cocina cuando lo oía llegar, fingiendo hacer cualquier cosa, y allí permanecía hasta sentir en la calle los pasos de los caballos del coche. Cada vez que trataron de resolver la discordia en los tres meses siguientes, lo único que lograron fue atizarla. Él no estaba dispuesto a volver mientras ella no admitiera que no había jabón en el baño, y ella no estaba dispuesta a recibirlo mientras él no reconociera haber mentido a conciencia para atormentarla. El incidente, por supuesto, les dio oportunidad de evocar otros, muchos otros pleitos minúsculos de otros tantos amaneceres turbios. Unos resentimientos revolvieron los otros, reabrieron cicatrices antiguas, las volvieron heridas nuevas, y ambos se asustaron con la comprobación desoladora de que en tantos años de lidia conyugal no habían hecho mucho más que pastorear rencores. Él llegó a proponer que se sometieran juntos a una confesión abierta, con el señor arzobispo si era preciso, para que fuera Dios quien decidiera como árbitro final si había o no había jabón en la jabonera del baño. Entonces ella, que tan buenos estribos tenía, los perdió con un grito histórico:
-¡A la mierda el señor arzobispo!
El improperio estremeció los cimientos de la ciudad, dio origen a consejas que no fue fácil desmentir, y quedó incorporado al habla popular con aires de zarzuela: “¡A la mierda el señor arzobispo!”. Consciente de que había rebasado la línea, ella se anticipó a la reacción que esperaba del esposo, y lo amenazó con mudarse sola a la antigua casa de su padre, que todavía era suya, aunque estaba alquilada para oficinas públicas. No era una bravata: quería irse de veras, sin importarle el escándalo social, y el marido se dio cuenta a tiempo. Él no tuvo valor para desafiar sus prejuicios: cedió. No en el sentido de admitir que había jabón en el baño, pues habría sido un agravio a la verdad, sino en el de seguir viviendo en la misma casa, pero en cuartos separados, y sin dirigirse la palabra. Así comían, sorteando la situación con tanta destreza que se mandaban recados con los hijos de un lado al otro de la mesa, sin que éstos se dieran cuenta de que no se hablaban.
Como en el estudio no había baño, la fórmula resolvió el conflicto de los ruidos matinales, porque él entraba a bañarse después de haber preparado la clase, y tomaba precauciones reales para no despertar a la esposa. Muchas veces coincidían y se turnaban para cepillarse los dientes antes de dormir. Al cabo de cuatro meses, él se acostó a leer en la cama matrimonial mientras ella salía del baño, como ocurría a menudo, y se quedó dormido. Ella se acostó a su lado con bastante descuido para que despertara y se fuera. Él despertó a medias, en efecto, pero en vez de levantarse apagó la veladora y se acomodó en su almohada. Ella lo sacudió por el hombro para recordarle que debía irse al estudio, pero él se sentía tan bien otra vez en la cama de plumas de los bisabuelos, que prefirió capitular:
-Déjame aquí -dijo-. Sí había jabón.

El amor en tiempos del cólera, Gabriel García Márquez

Hay Festival

Que alguien me diga si han visto a mi esposo,
preguntaba la Doña.
Se llama Ernesto X, tiene cuarenta años,
trabaja de celador en un negocio de carros,
llevaba camisa oscura y pantalon claro.
Salió anteanoche y no ha regresado
y no se ya que pensar
pues ésto antes no me habia pasado

Llevo tres dias buscando a mi hermana,
se llama Altagracia igual que la abuela.
Salió del trabajo para la escuela
tenía puestos unos Jeans y una camisa blanca,
no ha sido el novio, el tipo esta en su casa;
no saben de ella en la policía ni en el hospital.

Que alguien me diga si ha visto a mi hijo,
es estudiante de pre-medicina,
se llama Agustín y es un buen muchacho,
a veces es terco cuando opina.
Llo han detenido, no se que fuerza;
pantalon blanco, camisa a rayas,
pasó anteayer.

Clara Quiñones se llama mi madre,
ella es, ella es un alma de Dios
no se mete con nadie.
Y se la han llevado de testigo
por un asunto que es nada más conmigo
y fuí a entregarme hoy por la tarde
y ahora dicen que no saben quién se la llevó
del cuartel.

Anoche escuché varias explosiones
-putun pata putun pete-
tiros de escopeta y de revolver,
carros acelerados, frenos, gritos,
eco de botas en la calle
toque de puertas, quejas, por dioses, platos rotos.
Estaban dando la telenovela
por eso nadie miro pa'fuera

¿A dónde van los desaparecidos?
Busca en el agua y en los matorrales.
¿Y por qué es que se desaparecen?
Porque no todos somos iguales.
¿Y cuándo vuelve el desaparacido?
Cada ves que lo trae el pensamiento.
¿Cómo se le habla al desaparecido?
Con la emoción apretando por dentro.

Rubén Blades - Desaparecidos
Interpretada por Sargento García
(un día después de escuchar a Alejandro Solalinde)

octubre 10, 2011

Sam Gold... A profundidad.

En las décadas recientes la "conciencia" ha perdido mucho de su importancia. Parecería como si ni las autoridades externas ni las internas ejercieran ya funciones de algún significado en la vida del individuo. Todos son completamente "libres", siempre que no interfieran con los derechos legítimos de los demás. Pero lo que hallamos en realidad es que la autoridad, más que haber desaparecido, se ha hecho invisible. En lugar de la autoridad manifiesta, lo que reina es la autoridad "anónima". Se disfraza de sentido común, ciencia, salud psíquica, normalidad, opinión pública. No pide otra cosa que lo que parece evidente por sí mismo. Parece no valerse de ninguna presión y sí tan sólo de una blanda persuasión. Ya se trate de una madre que diga a su hija, "yo sé que no te gustará salir con ese joven", ya de un anuncio comercial que sugiera, "fume usted esta marca de cigarrillos..., le gustará su frescura", siempre nos hallamos en presencia de la misma atmósfera de sutil sugestión que envuelve toda la vida social. La autoridad anónima es mucho más efectiva que la autoridad manifiesta, puesto que no se llega a sospechar jamás la existencia de las órdenes que de ella emanan y que deben ser cumplidas. En el caso de la autoridad externa, en cambio, resultan evidentes tanto las órdenes como la persona que las imparte; entonces se la puede combatir, y en esta lucha podrá desarrollarse la independencia personal y el valor moral. Pero, mientras en el caso de la autoridad que se ha incorporado al yo, la orden, aunque de carácter interno, todavía es perceptible, en el de la autoridad anónima tanto la orden como el que la formula se han vuelto invisibles. Es como si a uno le tirotearan enemigos que no alcanza a ver. No hay nada ni nadie a quien contestar.

El miedo a la libertad, Erich Fromm