diciembre 26, 2011

Derechos

Más tarde nos acurrucamos con nuestros abrigos, mientras caía la primera nevada en forma de destellos relucientes que se desvanecían al tocar el suelo.
–Nunca me gustó ver películas con Chloë –dijo Jesse–. No soportaba los comentarios que hacía.
–No puedes estar con una mujer con la que no puedes ir al cine –dije (como si fuera el abuelo Walton)–. ¿Qué clase de comentarios hacía?
Él observó como caía la nieve por un momento; a la luz de las farolas, sus ojos parecían brillantes, como el cristal.
–Comentarios estúpidos. Intentaba ser provocativa. Era parte de su rollo de joven profesional.
–Suena bastante aburrido
–Lo es cuando estás viendo una película que te gusta mucho. No quieres que alguien intente hacerse el «interesante». Sólo quieres que la película le guste. ¿Sabes lo que dijo una vez? Dijo que la Lolita de Stanley Kubrick era mejor que la de Adrian Lyne. –Movió la cabeza con gesto de incredulidad y se encorvó hacia adelante. Por un momento me recordó a un joven soldado–. Eso no puede ser –dijo–. La Lolita de Adrian Lyne es una obra maestra.
–Lo es
–Le puse El padrino –dijo–. Pero antes de que empezáramos le dije: «No quiero oír ninguna crítica a esta película, ¿vale?».
–¿Qué dijo ella?
–Dijo que estaba siendo «dominante». Que ella tenía derecho a dar su opinión.
–¿Y qué dijiste tú?
–Que sobre El padrino no tenía derecho.

Cineclub, David Gilmour

Pasividad

Jueves 12 de setiembre

Diego es un preocupado, y merced a su influencia, Blanca se está convirtiendo en otra preocupada. Esta noche hablé largamente con ambos. Su preocupación es el país, su propia generación, y, en el fondo de ambas abstracciones, su preocupación se llama Ellos Mismos. Diego quiere hacer algo rebelde, positivo, estimulante, renovador; no sabe bien qué. Hasta ahora lo que siente con la máxima intensidad es un inconformismo agresivo, en el cual falta todavía un poco de coherencia. Le parece funesta la apatía de nuestra gente, su carencia de impulso social, su democrática tolerancia hacia el fraude, su reacción guaranga e inocua ante la mistificación. Le parece espantoso, por ejemplo, un matutino con diecisiete editorialistas que escriben como un hobby, diecisiete rentistas que desde un bungalow de Punta del Este claman contra la horrible plaga del descanso, diecisiete pitucos que usan toda su inteligencia, toda su lucidez, para henchir de habilidosa convicción un tema en que no creen, una diatriba que en el fondo de sí mismos consideran injusta. Le subleva que las izquierdas sobrelleven, sin disimularlo mucho, un fondo de aburguesado acomodo, de rígidos ideales, de módico camanduleo. «¿Usted ve alguna salida?», pregunta y vuelve a preguntar, con franca, provocativa, ansiedad. «Lo que es yo por, por mi parte, no la veo. Hay gente que entiende lo que está pasando, que cree que es absurdo lo que está pasando, pero se limitan a lamentarlo. Falta pasión, ése es el secreto de este gran globo democrático en que nos hemos convertido. Durante varios lustros hemos sido serenos, objetivos, pero la objetividad es inofensiva, no sirve para cambiar al mundo, ni siquiera para cambiar un país de bolsillo como éste. Hace falta pasión, y pasión gritada, o pensada a los gritos, o escrita a los gritos. Hay que gritarle en el oído a la gente, ya que su aparente sordera es una especie de autodefensa, de cobarde y malsana autodefensa. Hay que lograr que se despierte en los demás la vergüenza de sí mismos, que se sustituya en ellos la autodefensa por el autoasco. El día en que el uruguayo sienta asco de su propia pasividad, ese día se convertirá en algo útil.»

La tregua, Mario Benedetti

diciembre 23, 2011

Convicciones

La excepción era un chico muy espigado, rubio como el trigo, de ojos azules y un perfil tan dolicocéfalo que sólo se encontraba, como ejemplo, en las láminas para enseñar la crianza de razas nórdicas. Barbilla, boca, nariz, frente, dibujados con un solo trazo, merecían la calificación de "pura raza". Un Sigfrido parecido a Baldur, dios de la Luz. Resplandecía más radiante que la luz del día. No tenía ninguna tacha, ni una verruga diminuta en el cuello, en la sien. No ceceaba, ni mucho menos tartamudeaba cuando tenía que responder una orden, Nadie mostraba más resistencia en las carreras de fondo ni más valor al salvar fosas mohosas. Nadie era tan rápido cuando se trataba de superar en segundos una pared escarpada. Podía hacer sin flaquear cincuenta flexiones de rodillas. Batir récords en competiciones le hubiera sido fácil. Nada, ningún defecto enturbiaba su imagen. Sin embargo, él, cuyo nombre de pila y apellido se me han borrado, se convirtió para mí en una auténtica excepción, por su desobediencia.
No quería aprender a manejar un arma. Más aún: se negaba a tocar siquiera su culata o su cañón. Peor todavía: si el mortalmente serio subteniente le ponía en la mano el fusil, lo dejaba caer. Él o sus dedos actuaban de una forma punible.
¿Había algún delito más grave que, distraidamente o mucho más con deliberación y desobedeciendo una orden, dejar caer al polvo del campo de instrucción el mosquetón, el fusil, la prometida novia del soldado?
Con la pala, la verdadera herramienta de todos los miembros del Servicio de Trabajo, hacía todo lo que se le ordenaba. Conseguía presentar la hoja de su pala tan resplandeciente que ante su perfil nórdico parecía un escudo contra el sol. Se le podía mirar como digno de adoración y como modelo. El noticiario, dentro de lo que el Gran Reich Alemán seguía ofreciendo en los cines, lo hubiera podido proyectar en la pantalla como aparición sobrenatural.
También en lo que se refiere a su trato con los compañeros, hubiera habido que darle las máximas calificaciones: el pastel de nuez que le enviaban de casa lo compartía de buena gana, estaba siempre dispuesto a ayudar. Era un chico de carácter amigablemente bondadoso, que hacía sin rechistar lo que se le pedía. Si se le rogaba, limpiaba, después de sus botas, las de sus compañeros de habitación, de una forma tan reglamentaria, que incluso para el más severo subteniente resultaba un placer verlas. Manejaba los trapos de limpieza y los cepillos, y sólo evitaba coger el fusil, el arma, el mosquetón 98, para el que, como todos, debía recibir instrucción premilitar.
Le impusieron toda clase de servicios de castigo, tuvieron paciencia con él, pero no sirvió de nada. Incluso el vaciar las letrinas de la dotación con un cubo al final de una larga pértiga en la que pululaban gusanos, castigo que, en la jerga de las barracas, se llamaba "centrifugar miel", lo hacía a fondo durante horas y sin protestar, rodeado de moscas, sacando de la fosa la mierda que había debajo de la tabla de los truenos, llenando el cubo hasta el borde para transportarla, y sólo para, poco después, recién duchado, y formado para recoger el arma volver a rehusarla: veo caer el fusil y golpear contra el suelo como a cámara lenta.
Al principio le hacíamos preguntas, tratábamos de convencerlo, porque realmente nos caía bien aquel "bobalicón":
-¡Cógelo! ¡Sostenlo sólo!
Su respuesta se limitaba a algunas palabras, que pronto se convirtieron en una cita que nos susurrábamos.
Sin embargo, cuando, por su culpa, nos impusieron a todos servicio de castigo y, a pleno sol, nos hicieron sudar hasta desmayarnos, todo el mundo empezó a odiarlo.
También yo intenté encolerizarme. Se esperaba que le apretáramos las tuercas. Lo que hicimos. Lo mismo que él sobre nosotros, ejercimos nuestra presión sobre él.
En la habitación de su grupo, fue golpeado incluso por uno de los chicos a los que antes había limpiado impecablemente las botas: todos contra uno.
A través de la pared de tablas que separaba una habitación de otra, oigo sus gemidos, porque se me han quedado grabados. Oigo restallar los cinturones de cuero. Alguien va contando en voz alta los golpes.
Sin embargo, ni palizas ni amenazas, nada podía obligar a coger de una vez el arma. Cuando algunos chicos se mearon en su saco de paja y quisieron acusarlo así de mojar la cama, aceptó también la humillación y, en la primera oportunidad, volvió a decir su frase inalterada.
No había forma de detener aquel proceso inaudito. Una mañana tras otra, en cuanto formábamos para la subida de bandera e, inmediatamente después, el subteniente del depósito de armas comenzaba, con inalterable seriedad solemne, a repartir los fusiles, él dejaba caer el que se le destinaba como si fuera la proverbial patata caliente. Enseguida, el incorregible rebelde estaba otra vez en firmes, con las manos en la costura del pantalón y la mirada fija en lontananza.
No puedo enumerar cuántas veces repitió la representación, que ahora irritaba incluso al mando, pero intento acordarme de las preguntas que le hicieron desde sus superiores hasta el subteniente, y con las que lo acosábamos nostros.
- ¿Por qué hace eso, hombre del Servicio de Trabajo?
- ¿Por qué haces eso, idiota?
Su respuesta, que nunca variaba, se convirtió en frase acuñada y se me ha quedado para siempre como digna de ser citada:
- Nosotros no hacemos eso.

Pelando la cebolla, Günter Grass
Traducción de Miguel Sáenz

diciembre 16, 2011

Lectura de un colegio en Zacatecas

En la comarca de Pueblo Niebla vivía un viejo sólito y solo.
El viejo hacía cestas de mimbre y zapatillas de cáñamo. Las regalaba a los vecinos y se ofendía si querían pagarle. Él se ganaba la vida como guardián de los huertos.
El viejo había venido de un lugar muy lejano y nunca hablaba de su vida.
Nadie se animaba a preguntarle: «¿Siempre fuiste tan viejo?», ni a preguntarle: «¿Siempre fuiste tan feo?».
El viejo andaba encorvado y cojeaba de una pierna. Era muy blanco el poco pelo que le quedaba. Una cicatriz le atravesaba la mejilla. Tenía la nariz torcida y cuando se reía abría una ventana, porque le faltaban los dientes de arriba.
Una noche de otoño, un niño llamado Carasucia saltó la tapia de un huerto. Iba a robar manzanas.
Carasucia no tuvo suerte. Cuando estaba por escapar, resbaló y quedó colgado de un clavo de la tapia. Las manzanas rodaron por el suelo. Carasucia cayó sobre un matorral lleno de espinas. Gritó.
El viejo guardián no le azotó el culo con ortigas. Tampoco lo denunció ante la madre. Un jirón de tela colgaba, como un rabo de oveja, del pantalón roto de Carasucia. El viejo guardián ni siquiera lo regañó. Meneó la cabeza, gruñó, le lavó los arañazos de los brazos y las piernas y acompañó a Carasucia hasta la puerta de su casa sin decir una palabra.
Pocos días después, Carasucia se perdió en el bosque. Caminaba y caminaba y por más que caminaba no podía encontrar la salida.
El techo de árboles apenas dejaba ver el cielo. Carasucia marchaba enredándose en los ramajes y chapoteando en el barro, cuando vio una piedra brillante. La piedra brillaba aunque estaba cubierta de musgo y de barro. Muerto de cansancio, Carasucia se sentó en la piedra. O quiso sentarse, mejor dicho, porque no bien apoyó el trasero, pegó un salto y lanzó un grito de dolor. ¡Pobre Carasucia! Pocos días antes, había caído sobre las espinas del matorral. Ahora, se había sentado en el aguijón de una avispa.
Pero no. No había ninguna avispa. La culpa era de la piedra, que quemaba como carbón encendido.
Hecho una furia, Carasucia la pateó.
Cuando el zapato raspó la piedra, unas pequeñas letras aparecieron. La boca de Carasucia quedó como una O.
Entonces Carasucia, que era un niño curioso, restregó la piedra con una rama. La piedra ardiente daba cada vez más luz mientras Carasucia le iba quitando el barro y el musgo. 
Por fin, Carasucia pudo leer estas palabras en la piedra desnuda:

Joven serás, si eres viejito,
partiéndome en pedacitos.

Carasucia, que no era viejito, pensó: «Si parto la piedra, ¿qué? Seré un bebé de pecho y no sabré caminar. ¿Y después? ¡Ah, no! ¡Eso sí que no! ¡Tendré que empezar la escuela de nuevo! ¡Al primer curso otra vez!». Y también pensó: «¡Qué mala suerte! ¡Encuentro una piedra mágica y no me sirve para nada!».
Entonces recordó al viejo guardián del huerto, que había sido bueno con él y era bueno con todos los demás. 
¡El viejo bailará como un trompo y saltará como una pulga y volará como un pájaro! ¡No volverá a toser! ¡Tendrá las piernas sanas y una cara sin tajos y una boca con todos los dientes!
Con tan asombroso descubrimiento, Carasucia había olvidado susituación. «Es muy tarde», descubrió de pronto, y sintió miedo. Para darse coraje, habló en voz alta. Al escuchar su propia voz, sintió menos miedo. Hablar en voz alta ayuda mucho cuando uno está perdido y solo y siente miedo. Carasucia dijo:
— Ahora, tengo que volver.
Y se preguntó:
— Y después, ¿cómo haré para encontrar la piedra?
Y se respondió:
— Voy a dejar señales en el camino.
Carasucia se sacó la camisa y la desgarró en tiritas.
Exploró un camino de salida. Cada pocos pasos, iba dejando una tirita de tela colgada de los árboles. Caminaba a los tropezones y muy lentamente, porque el bosque estaba bastante oscuro y enemigo.
Pero ese camino no servía y Carasucia lo desanduvo y volvió a la piedra ardiente.
Intentó otro camino, que tampoco servía.
A Carasucia le temblaban las rodillas y él decía, en voz alta:
— Fuera, miedo.
Y como las piernas seguían temblando, gritaba:
— ¡Fuera, miedo! ¡Fuera de aquí!
Y entonces las piernas seguían temblando, pero solamente por el frío.
Cuando Carasucia consiguió salir del bosque, ya había caído la noche. La luna le iluminó los pasos hasta su casa.
A la mañana siguiente, Carasucia bajó a los huertos. El viejo llevaba en una mano una olla llena de cal líquida y al hombro una escobilla de ramas. El viejo se detuvo y Carasucia le escuchó la respiración dificultosa.
Carasucia contó lo de la piedra.
El viejo le acarició la cabeza, bebió un chorro de vino de la bota de cuero y aceptó acompañar a Carasucia hasta los pantanos del bosque.
Siguiendo la ruta de las tiras de trapo, llegaron a la piedra.
— ¿Y? — preguntó Carasucia.
El viejo miraba la piedra mágica, con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. La piedra brillaba como un desafío.
— ¡Vamos, rómpela! — dijo Carasucia, tironeándole la ropa.
Pero el viejo no se movía.
El viejo se apoyó contra el tronco de un árbol. Sacó tabaco de una bolsita.
— ¡Ah! — dijo Carasucia —. ¡Nos hemos olvidado el martillo! ¿Cómo vas a romper la piedra sin martillo?
Muy de a poquito el viejo iba cargando la pipa, como si ése fuera un trabajo de siglos.
— ¿Quieres que vaya a buscar el martillo? — se ofreció Carasucia —. Ya conozco el camino y no me perderé.
— No — dijo el viejo — . No quiero.
— Pero... ¿No vas a romper la piedra?
El viejo clavó una ramita seca contra la piedra candente. Esperó a que se encendiera y entonces la sopló y arrimó la brasa a la pipa.
— Pero, pero... — Carasucia sintió que las lágrimas le saltaban a los ojos. Estaba furioso y gritó:
— ¿Para eso me quemé? ¿Para eso pasé tanto frío y tanto miedo?
El viejo echó una larga bocanada de humo.
— Ven — dijo.
Y apoyó una mano sobre el hombro de Carasucia.
— Yo sé lo que piensas — dijo — y quiero explicarte. Soy viejo, aunque bastante menos viejo de lo que crees, y soy cojo y estoy desfigurado. Yo sé. Pero no me creas tonto, Carasucia. Tonto no soy. Y por primera vez en tantos años, el viejo dijo su historia.
— Estos dientes no se cayeron solos. Me los arrancaron a golpes. Esta cicatriz que me corta la cara, no viene de un accidente. Los pulmones... La pierna... Rompí esta pierna cuando me escapé de la cárcel, porque era muy alto el muro y había vidrios abajo. Hay otras marcas, también, que no puedes ver. Marcas que tengo en el cuerpo y no solamente en el cuerpo y que nadie puede ver.
Los resplandores de la piedra candente iluminaban los altos pómulos de la cara del viejo y le ponían chispas en los ojos.
— Si parto la piedra, estas marcas se borrarán. Pero estas marcas son mis documentos, ¿comprendes? Mis documentos de identidad. Me miro al espejo y digo: «Ése soy yo», y no siento lástima de mí. Yo luché mucho tiempo. La lucha por la libertad es una lucha de nunca acabar. Ahora hay otros que luchan, allá lejos, como yo he luchado. Mi tierra y mi gente no son libres todavía. ¿Comprendes? Yo no quiero olvidar. No parto la piedra porque sería una traición. 
A través del bosque, caminaron de regreso a Pueblo Niebla. Iban tomados de la mano. El niño sentía que la mano del viejo era muy calentita.
FIN

La piedra arde, Eduardo Galeano
Ilustraciones de Luis de Horna

diciembre 14, 2011

La partida del hijo pródigo

Alejarse ahora de todo esto confuso,
que es nuestro pero no nos pertenece,
que, como el agua en las viejas fuentes,
nos refleja temblando y descompone la imagen;
de todo esto, que como con espinas
se agarra una vez más a nosotros... alejarse
a esto y a éste,
que ya no veíamos
(tan cotidianos y acostumbrados eran),
contemplarlos de pronto : suaves, conciliadores
y como en un principio y de cerca;
y presintiendo comprender qué impersonalmente,
qué por igual cayó el sufrimiento sobre todos,
del que la infancia estaba llena hasta el borde:
Y sin embargo irse entonces, arrancando la mano
de la mano,
como desgarrando de nuevo algo ya sanado,
y marcharse: ¿por qué? Por impulso, por
temperamento,
por impaciencia, por esperanza oscura,
por incomprensibilidad y por incomprensión.

Tomar todo esto sobre sí y en vano
dejar caer algo que quizá se tenía,
para morir solo, sin saber por qué...

¿Es esto la entrada a una nueva vida?


Rainer Maria Rilke

El artista.

París 17 de Febrero de 1903

Usted pregunta si sus versos son buenos. Me pregunta a mí. Antes ha preguntado a otros. Los envía a revistas. Los compara con otros poemas, y se preocupa de si ciertas redacciones rechazan sus intentos. Ahora bien (como usted me ha permitido aconsejarle), le pido que deje todo eso. Usted mira hacia afuera, y eso es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar, ni ayudar, nadie. Hay un solo medio. Entre en sí mismo. Investigue el motivo que lo hace escribir; verifique si extiende sus raíces en el más intimo lugar de su corazón, confiésese a sí mismo si moriría si se le prohibiera escribir. Ante todo esto, pregúntese en la más serena hora de su noche: ¿tengo que escribir? Cave en su interior para procurar una respuesta profunda. Y si ésta fuera afirmativa, si le fuera posible salir al encuentro de esta seria pregunta con el fuerte y sencillo tengo que hacerlo, construya entonces su vida de acuerdo con esta necesidad. Su vida, hasta en la más indiferente e insignificante hora , tiene que llegar a ser un signo y un testimonio de esta urgencia. Acérquese entonces a la naturaleza. Intente decir entonces, como si fuera el primer hombre, lo que ve, y experimenta, y ama, y pierde. No escriba poemas de amor; apártese primero de esas formas que son demasiado corrientes y habituales: son las más difíciles, pues se requiere una fuerza grande y madura para dar algo propio donde se presentan en abundancia tradiciones buenas y en gran parte brillantes. Busque por eso salvarse de los motivos generales acudiendo a los que le ofrece su propia vida cotidiana; describa sus tristezas y deseos, los pasajeros pensamientos y la fe en alguna belleza: describa todo eso con íntima, serena, humilde sinceridad y utilice, para expresarse, las cosas que lo rodean, las imágenes de sus sueños y los objetos de sus recuerdos. Si su mundo cotidiano le parece demasiado pobre, no le eche la culpa; cúlpese a sí mismo; cúlpese a sí mismo, dígase a sí mismo que no es suficiente poeta para extraerle sus riquezas ; pues para el creador no hay ninguna pobreza , ningún lugar pobre, indiferente.

[...] Y si de este volverse hacia adentro, de este sumergirse en el mundo propio, vienen versos, entonces usted no pensará preguntar a nadie si son buenos versos . Ni siquiera hará el intento de que revistas se interesen por estos trabajos ; pues verá en ellos su querida posesión natural, un trozo y una voz de su vida. Una obra de arte es buena si ha surgido de una necesidad. En esta característica de su origen nace su juicio: no hay otro.
Por eso, apreciado señor, no sabría darle otro consejo que el siguiente: entrar en sí mismo y probar las profundidades de las que ha surgido su vida; en su fuente encontrará la respuesta a la pregunta de si tiene que crear. Acéptela tal como suena, sin tratar de interpretarla. Quizá resulte de esto que usted está llamado a ser artista. Asuma entonces su destino y lleve su carga y su grandeza, sin preguntar nunca por la recompensa que podría venir de afuera. Pues el creador tiene que ser en sí mismo un mundo, y encontrar todo en sí mismo y en la naturaleza a la que se ha unido.

[...]Con toda lealtad y simpatía de
Rainer María Rilke


Cartas a un Joven Poeta, Rainer María Rilke

diciembre 05, 2011

Pasión

Esta jodida historia podría ganar un Oscar dije.
–Por favor. Recuerda que estoy tratando de conseguir el dinero para tu futuro guión.
–Sí, por favor, continúa, Jon. Cuéntame el resto...
–Bien, llegamos a la iglesia. Nos arrodillamos en los reclinatorios. Yo no soy religioso. Estuvimos arrodillados algún tiempo en silencio. Después ella tiró de mí. Nos levantamos y avanzamos hacia un altar lleno de velas. Algunas estaban encendidas. Muchas otras no. Ella empezó a encender muchas de las velas apagadas. Aquello la excitaba. La boca le temblaba y le caían pequeños hilillos de saliva de las comisuras. Caían y desaparecían dentro de sus arrugas. ¡Por favor, créanme, yo no tengo nada, nada en contra de los viejos! Pero, ¿por qué algunos envejecen mucho peor que otros?
–Ni idea –dije–, pero yo creo que la gente que no piensa demasiado tiende a parecer joven durante más tiempo.
–No creo que esta persona pensara demasiado... de todos modos, después de encender muchas velas volvió a excitarse. Cogió mi mano y la retorció. Era fuerte, una anciana fuerte. Me arrastró hasta una estatua de Cristo...
–Sí...
–Me soltó, se arrodilló y empezó a besar los pies de aquel Cristo. No paraba. Los dedos de los pies estaban mojados con su saliva. Ella estaba sumida en un gran apasionamiento, temblaba. Entonces se puso de pie, me cogió de la mano y señaló hacia los pies. Yo sonreí. Ella señaló otra vez. Yo sonreí otra vez. Entonces me agarró y comenzó a empujarse hacia abajo, hacia los pies. Mierda, pensé, y luego pensé en los 80 millones de dólares y me arrodillé y besé los pies. ¿Saben?, en Rusia no limpian muy bien esos pies. La saliva de Metra... y el polvo... sólo con una gran fuerza de voluntad conseguí besar aquello. Después me puse de pie. Metra me guió de nuevo hacia los reclinatorios. Nos arrodillamos otra vez. De repente me agarró y su boca estaba sobre la mía. Por favor, compréndanme, yo no tengo nada en contra de la vejez, de los ancianos, pero aquello era como besar el agujero de una alcantarilla. Me aparté. Algo se me revolvió en el estómago y me fui al confesionario, abrí las cortinas, entré, me arrodillé y vomité. Luego me levanté y salimos juntos de la iglesia. La dejé en su portal. Luego compré una botella de vodka y volví a mi habitación.
–Mira, si yo escribiera un guión como ése me echarían de la ciudad.
–Ya lo sé. Pero espera. Esto todavía no ha acabado. Bebiendo vodka pensé aquello detenidamente. No había por qué echarse atrás. La vieja estaba evidentemente loca. La gente no se besa en la iglesia, ¿no? Tal vez en una boda. Así que allí estaba yo...
–Besarse y casarse, ¿eh? –pregunté
–Bueno, quería asegurarme los 80 millones de dólares. Después de terminarme el vodka empecé una larga carta de amor para Metra, aunque todo el rato pensaba en la traductora. Vaya carta de amor. Y en medio de las palabras amorosas le explicaba que quería hacer una película sobre nosotros dos y que había oído hablar de su dinero en Suiza, pero que aquello no tenía nada que ver con el hecho de que yo estuviera allí, aunque yo estaba sin fondos y me encantaría llevar nuestra historia de amor a la pantalla y al público y a los seguidores de Cristo.
–¿Todo eso para conseguir dinero para producir un guión del que Hank ni siquiera sabía y que no había escrito? –preguntó Sarah.
–Todo eso –dijo Jon.
–Estás loco –sugerí.
–Tal vez. De todos modos, la anciana recibió mi carta de amor y creí que estaba de acuerdo en ir a Suiza conmigo y recoger el dinero. Hicimos los preparativos. Mientras tanto hubo dos viajes más, a besar los pies de Cristo y a encender muchas velas, más un poco de la otra parte de los besitos. Entonces... recibí una llamada de mi fuente de información. La mujer que tenía los 80 millones de dólares en Suiza tenía exactamente el mismo nombre, era de la misma edad que mi vieja, pero había nacido en una ciudad diferente de padres diferentes. Fue una coincidencia estúpida y aquello se acabó para mí. Había sido embaucado. Tendría que conseguir el dinero en otra parte...
–Es la más triste de todas las jodidas historias que he oído en mi vida –dije.
–Lo siento –dijo Jon–, pero es la verdad.
–Pero ¿por qué sufres así sólo por hacer películas? –preguntó Sarah.
–Porque me encanta –contestó Jon.

Hollywood, Charles Bukowski