–Esta jodida historia podría ganar un Oscar –dije.
–Por favor. Recuerda que estoy tratando de conseguir el dinero para tu futuro guión.
–Sí, por favor, continúa, Jon. Cuéntame el resto...
–Bien, llegamos a la iglesia. Nos arrodillamos en los reclinatorios. Yo no soy religioso. Estuvimos arrodillados algún tiempo en silencio. Después ella tiró de mí. Nos levantamos y avanzamos hacia un altar lleno de velas. Algunas estaban encendidas. Muchas otras no. Ella empezó a encender muchas de las velas apagadas. Aquello la excitaba. La boca le temblaba y le caían pequeños hilillos de saliva de las comisuras. Caían y desaparecían dentro de sus arrugas. ¡Por favor, créanme, yo no tengo nada, nada en contra de los viejos! Pero, ¿por qué algunos envejecen mucho peor que otros?
–Ni idea –dije–, pero yo creo que la gente que no piensa demasiado tiende a parecer joven durante más tiempo.
–No creo que esta persona pensara demasiado... de todos modos, después de encender muchas velas volvió a excitarse. Cogió mi mano y la retorció. Era fuerte, una anciana fuerte. Me arrastró hasta una estatua de Cristo...
–Sí...
–Me soltó, se arrodilló y empezó a besar los pies de aquel Cristo. No paraba. Los dedos de los pies estaban mojados con su saliva. Ella estaba sumida en un gran apasionamiento, temblaba. Entonces se puso de pie, me cogió de la mano y señaló hacia los pies. Yo sonreí. Ella señaló otra vez. Yo sonreí otra vez. Entonces me agarró y comenzó a empujarse hacia abajo, hacia los pies. Mierda, pensé, y luego pensé en los 80 millones de dólares y me arrodillé y besé los pies. ¿Saben?, en Rusia no limpian muy bien esos pies. La saliva de Metra... y el polvo... sólo con una gran fuerza de voluntad conseguí besar aquello. Después me puse de pie. Metra me guió de nuevo hacia los reclinatorios. Nos arrodillamos otra vez. De repente me agarró y su boca estaba sobre la mía. Por favor, compréndanme, yo no tengo nada en contra de la vejez, de los ancianos, pero aquello era como besar el agujero de una alcantarilla. Me aparté. Algo se me revolvió en el estómago y me fui al confesionario, abrí las cortinas, entré, me arrodillé y vomité. Luego me levanté y salimos juntos de la iglesia. La dejé en su portal. Luego compré una botella de vodka y volví a mi habitación.
–Mira, si yo escribiera un guión como ése me echarían de la ciudad.
–Ya lo sé. Pero espera. Esto todavía no ha acabado. Bebiendo vodka pensé aquello detenidamente. No había por qué echarse atrás. La vieja estaba evidentemente loca. La gente no se besa en la iglesia, ¿no? Tal vez en una boda. Así que allí estaba yo...
–Besarse y casarse, ¿eh? –pregunté
–Bueno, quería asegurarme los 80 millones de dólares. Después de terminarme el vodka empecé una larga carta de amor para Metra, aunque todo el rato pensaba en la traductora. Vaya carta de amor. Y en medio de las palabras amorosas le explicaba que quería hacer una película sobre nosotros dos y que había oído hablar de su dinero en Suiza, pero que aquello no tenía nada que ver con el hecho de que yo estuviera allí, aunque yo estaba sin fondos y me encantaría llevar nuestra historia de amor a la pantalla y al público y a los seguidores de Cristo.
–¿Todo eso para conseguir dinero para producir un guión del que Hank ni siquiera sabía y que no había escrito? –preguntó Sarah.
–Todo eso –dijo Jon.
–Estás loco –sugerí.
–Tal vez. De todos modos, la anciana recibió mi carta de amor y creí que estaba de acuerdo en ir a Suiza conmigo y recoger el dinero. Hicimos los preparativos. Mientras tanto hubo dos viajes más, a besar los pies de Cristo y a encender muchas velas, más un poco de la otra parte de los besitos. Entonces... recibí una llamada de mi fuente de información. La mujer que tenía los 80 millones de dólares en Suiza tenía exactamente el mismo nombre, era de la misma edad que mi vieja, pero había nacido en una ciudad diferente de padres diferentes. Fue una coincidencia estúpida y aquello se acabó para mí. Había sido embaucado. Tendría que conseguir el dinero en otra parte...
–Es la más triste de todas las jodidas historias que he oído en mi vida –dije.
–Lo siento –dijo Jon–, pero es la verdad.
–Pero ¿por qué sufres así sólo por hacer películas? –preguntó Sarah.
–Porque me encanta –contestó Jon.
Hollywood, Charles Bukowski
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