diciembre 26, 2011

Derechos

Más tarde nos acurrucamos con nuestros abrigos, mientras caía la primera nevada en forma de destellos relucientes que se desvanecían al tocar el suelo.
–Nunca me gustó ver películas con Chloë –dijo Jesse–. No soportaba los comentarios que hacía.
–No puedes estar con una mujer con la que no puedes ir al cine –dije (como si fuera el abuelo Walton)–. ¿Qué clase de comentarios hacía?
Él observó como caía la nieve por un momento; a la luz de las farolas, sus ojos parecían brillantes, como el cristal.
–Comentarios estúpidos. Intentaba ser provocativa. Era parte de su rollo de joven profesional.
–Suena bastante aburrido
–Lo es cuando estás viendo una película que te gusta mucho. No quieres que alguien intente hacerse el «interesante». Sólo quieres que la película le guste. ¿Sabes lo que dijo una vez? Dijo que la Lolita de Stanley Kubrick era mejor que la de Adrian Lyne. –Movió la cabeza con gesto de incredulidad y se encorvó hacia adelante. Por un momento me recordó a un joven soldado–. Eso no puede ser –dijo–. La Lolita de Adrian Lyne es una obra maestra.
–Lo es
–Le puse El padrino –dijo–. Pero antes de que empezáramos le dije: «No quiero oír ninguna crítica a esta película, ¿vale?».
–¿Qué dijo ella?
–Dijo que estaba siendo «dominante». Que ella tenía derecho a dar su opinión.
–¿Y qué dijiste tú?
–Que sobre El padrino no tenía derecho.

Cineclub, David Gilmour

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