La excepción era un chico muy espigado, rubio como el trigo, de ojos azules y un perfil tan dolicocéfalo que sólo se encontraba, como ejemplo, en las láminas para enseñar la crianza de razas nórdicas. Barbilla, boca, nariz, frente, dibujados con un solo trazo, merecían la calificación de "pura raza". Un Sigfrido parecido a Baldur, dios de la Luz. Resplandecía más radiante que la luz del día. No tenía ninguna tacha, ni una verruga diminuta en el cuello, en la sien. No ceceaba, ni mucho menos tartamudeaba cuando tenía que responder una orden, Nadie mostraba más resistencia en las carreras de fondo ni más valor al salvar fosas mohosas. Nadie era tan rápido cuando se trataba de superar en segundos una pared escarpada. Podía hacer sin flaquear cincuenta flexiones de rodillas. Batir récords en competiciones le hubiera sido fácil. Nada, ningún defecto enturbiaba su imagen. Sin embargo, él, cuyo nombre de pila y apellido se me han borrado, se convirtió para mí en una auténtica excepción, por su desobediencia.
No quería aprender a manejar un arma. Más aún: se negaba a tocar siquiera su culata o su cañón. Peor todavía: si el mortalmente serio subteniente le ponía en la mano el fusil, lo dejaba caer. Él o sus dedos actuaban de una forma punible.
¿Había algún delito más grave que, distraidamente o mucho más con deliberación y desobedeciendo una orden, dejar caer al polvo del campo de instrucción el mosquetón, el fusil, la prometida novia del soldado?
Con la pala, la verdadera herramienta de todos los miembros del Servicio de Trabajo, hacía todo lo que se le ordenaba. Conseguía presentar la hoja de su pala tan resplandeciente que ante su perfil nórdico parecía un escudo contra el sol. Se le podía mirar como digno de adoración y como modelo. El noticiario, dentro de lo que el Gran Reich Alemán seguía ofreciendo en los cines, lo hubiera podido proyectar en la pantalla como aparición sobrenatural.
También en lo que se refiere a su trato con los compañeros, hubiera habido que darle las máximas calificaciones: el pastel de nuez que le enviaban de casa lo compartía de buena gana, estaba siempre dispuesto a ayudar. Era un chico de carácter amigablemente bondadoso, que hacía sin rechistar lo que se le pedía. Si se le rogaba, limpiaba, después de sus botas, las de sus compañeros de habitación, de una forma tan reglamentaria, que incluso para el más severo subteniente resultaba un placer verlas. Manejaba los trapos de limpieza y los cepillos, y sólo evitaba coger el fusil, el arma, el mosquetón 98, para el que, como todos, debía recibir instrucción premilitar.
Le impusieron toda clase de servicios de castigo, tuvieron paciencia con él, pero no sirvió de nada. Incluso el vaciar las letrinas de la dotación con un cubo al final de una larga pértiga en la que pululaban gusanos, castigo que, en la jerga de las barracas, se llamaba "centrifugar miel", lo hacía a fondo durante horas y sin protestar, rodeado de moscas, sacando de la fosa la mierda que había debajo de la tabla de los truenos, llenando el cubo hasta el borde para transportarla, y sólo para, poco después, recién duchado, y formado para recoger el arma volver a rehusarla: veo caer el fusil y golpear contra el suelo como a cámara lenta.
Al principio le hacíamos preguntas, tratábamos de convencerlo, porque realmente nos caía bien aquel "bobalicón":
-¡Cógelo! ¡Sostenlo sólo!
Su respuesta se limitaba a algunas palabras, que pronto se convirtieron en una cita que nos susurrábamos.
Sin embargo, cuando, por su culpa, nos impusieron a todos servicio de castigo y, a pleno sol, nos hicieron sudar hasta desmayarnos, todo el mundo empezó a odiarlo.
También yo intenté encolerizarme. Se esperaba que le apretáramos las tuercas. Lo que hicimos. Lo mismo que él sobre nosotros, ejercimos nuestra presión sobre él.
En la habitación de su grupo, fue golpeado incluso por uno de los chicos a los que antes había limpiado impecablemente las botas: todos contra uno.
A través de la pared de tablas que separaba una habitación de otra, oigo sus gemidos, porque se me han quedado grabados. Oigo restallar los cinturones de cuero. Alguien va contando en voz alta los golpes.
Sin embargo, ni palizas ni amenazas, nada podía obligar a coger de una vez el arma. Cuando algunos chicos se mearon en su saco de paja y quisieron acusarlo así de mojar la cama, aceptó también la humillación y, en la primera oportunidad, volvió a decir su frase inalterada.
No había forma de detener aquel proceso inaudito. Una mañana tras otra, en cuanto formábamos para la subida de bandera e, inmediatamente después, el subteniente del depósito de armas comenzaba, con inalterable seriedad solemne, a repartir los fusiles, él dejaba caer el que se le destinaba como si fuera la proverbial patata caliente. Enseguida, el incorregible rebelde estaba otra vez en firmes, con las manos en la costura del pantalón y la mirada fija en lontananza.
No puedo enumerar cuántas veces repitió la representación, que ahora irritaba incluso al mando, pero intento acordarme de las preguntas que le hicieron desde sus superiores hasta el subteniente, y con las que lo acosábamos nostros.
- ¿Por qué hace eso, hombre del Servicio de Trabajo?
- ¿Por qué haces eso, idiota?
Su respuesta, que nunca variaba, se convirtió en frase acuñada y se me ha quedado para siempre como digna de ser citada:
- Nosotros no hacemos eso.
Pelando la cebolla, Günter Grass
Traducción de Miguel Sáenz
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