-Y deja tú lo de la ropa- dijo don Jesús poniendo una mano en el muslo de Isidro. Lo de la robadera pasa porque al fin y al cabo la ley de la vida es ésa: el que madruga -lo dice el refrán- tiene el derecho de aprovecharse de los demás, que para algo sirva pasarse las noches con el ojo pelón mientras los demás duermen muy confiados como dando a entender que dejan lo suyo al vivo que se afana para conseguir lo que en último grado, mirando las cosas con calma, viene siendo de todos. A don Jesús no le preocupaba la robadera. Fue una experiencia más que aprovechó después, adentro y afuera del manicomio, mientras sonaba su hora y el asesino llegaba una noche sin luna a abrirle la cabeza a tubazos. Sin esos robos en pequeña escala: la cartera de un buey, la fruta de una sirvienta zonza, las tortillas de un albañil pendejo, los cinco pesos que se piden y claro, no se devuelven, la bolsa de una vieja emperifollada, andaría ahora mendigando por la calle como cualquier limosnero. Las cosas las hizo Dios para que las disfrutaran los vivos, y a Dios mismo le hubiera gustado, desde que les dijo a Adán y a Eva; váyanse a la chingada, que todos pelaran los ojos. No todos lo entendieron y por eso hay tontos; porque también hay que ver que de no haber tontos en este mundo sería muy difícil vivir, la gente andaría arrebatándose las cosas en la calle, lo cual es feo, se vería mal: unos a otros madrugándose y nadie que pusiera el orden porque ahora sí que cómo y para qué poner orden donde todos son vivos, a quién se va a proteger si cada quien se protege solo agenciándose lo que se encuentra y teniendo con ello lo suficiente para irla pasando en la medida de la habilidad de cada uno. La justicia y la cárcel las inventaron los débiles para proteger a esos pobres dejados que los hay y los habrá siempre, gracias a Dios desde luego, que así le facilita a uno la existencia sin que sea necesario ser mucho muy abusado.
Los albañiles, Vicente Leñero