un vaso para beber en él, uno cualquiera...
y así como después aquel que lo poseía
lo aparta y lo conserva como si no fuera vaso:
así quizá el destino, también sediento, se acercaba
de vez en cuando a una a la boca y bebía,
a la cual una vida pequeña, demasiado temerosa
de romperla, colocó, aparte del uso,
en la vitrina miedosa
en la cual están sus preciosidades
(o las cosas que son tenidas por preciosas).
Allí estaba ella, extraña, como si hubiese sido
prestada,
Y simplemente se hizo vieja y se hizo ciega
y nunca fue preciosa, y nunca singular.
Antología Poética, Rainer María Rilke
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