Aunque, para serte franco, la Humillación iba un poco más lejos: se sentía un desecho del azar entre tantos profesionales de objetivos delineados. Había un engañoso requisito de ductilidad que Pig no conseguía cubrir, de modo que entre más se miraba forzado a negociar, menos quería enterarse de lo que estaba haciendo. Negociar: virtud de creativo, pecado de creador. Por eso ni chistaba cuando Lerdo le robaba las frases; la sola idea de recibir un crédito por aquellos rebuznos lo avergonzaba hasta la náusea. De pudor en pudor y de fastidio en fastidio, Pig descubría sus incompatibilidades orgánicas con la vida de copy, al tiempo que advertía las carencias de los jefes: casi nadie sabía lo que estaba haciendo. El mismo Jefe Máximo tenía siempre el coco en otra parte, sus opiniones eran, más que excéntricas, estólidas; sus frases, inconexas, rengas quién sabe si de puro apresuradas. Había una irrealidad guiñolesca en cada una de sus reuniones ejecutivas, donde Pig expresaba su opinión a través de bostezos largos, insobornables. Había también, espacio para entretenerse haciendo otras cosas. Anuncios, por ejemplo, cómo ese de la esclava, que era puro humor negro involuntario. ¿Quién era tan ingenuo para creer que una esclava de bronce le llevaría más allá del departamento de intendencia? ¿Quién era tan cerdo para cobrar por prometerlo? Había que poner la cara dura al promover una estigmata como símbolo de prestigio social, y por supuesto había que reírse al releer: el texto de la esclava pertenecía a esa categoría de escritos abyectos cuya sola factura le reserva a su autor un sitio en el Infierno.
Diablo Guardián, Xavier Velasco
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