enero 15, 2019

El médico profesor

<<El médico profesor tiene que estar por ahí en los caminos, observando, manoseando, viendo, oyendo, tocando, bregando por curar con la rastra de aprendices que le dan el nombre de los nombres: ¡Maestro!... Sí, doctorcitos: no es para ser lindos y pasar cuentas grandes y vender píldoras de jalea... Es para mandaros a todas partes a curar, inventar y, en una palabra, a servir>>.

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Para mi papá el médico tenía que investigar, entender las relaciones entre la situación económica y la salud, dejar de ser un brujo para convertirse en un activista social y en un científico. En su tesis de grado denunciaba a los médicos-magos: <<Para ellos, el médico ha de seguir siendo el pontífice máximo, encumbrado y poderoso, que reparte como un don divino familiares consejos y consuelos, que practica la caridad con los menesterosos con una vaga sensación de sacerdote bajado del cielo, que sabe decir frases a la hora irreparable de la muerte y sabe disimular con términos griegos su impotencia>>. Se enfurecía con quienes querían simplemente "aplicar tratamientos" a la fiebre tifoidea, en lugar de prevenirla con medidas higiénicas. Lo exasperaban las "curaciones maravillosas" y las "nuevas inyecciones" que los médicos daban a su "clientela particular" que pagaba bien las consultas. Y sentía la misma revuelta interior contra quienes "sanaban" niños, en vez de intervenir en las verdaderas causas de muchas de sus enfermedades, que eran sociales.

El olvido que seremos - Héctor Abad Faciolince

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