Cuanto más estrechaba Hans los lazos que lo unían a su amigo más lejos se sentía del colegio. Un nuevo sentimiento de felicidad corría por sus venas y por su cerebro como el mejor de los vinos nuevos. Homero, lo mismo que Tito Livio habían perdido su primera importancia e interés. Los maestros se horrorizaban al contemplar al antes ejemplar Giebenrath transformado en un muchacho problema uncido a la mala y altamente sospechosa influencia de Heilner. Nada hay de hecho que cause más horror y más preocupación a un profesor que esas extrañas criaturas, muchachos precoces, en el peligroso periodo de la adolescencia. Más aún, encontraban ciertas genialidades en Heilner que estimaban malsanas porque siempre ha habido tradicionalmente un distanciamiento entre el genio y la ocupación de la enseñanza y cualquier síntoma de estas manifestaciones del genio son vistas con horror desde el primer momento por los profesores. Por lo que a éstos, se refería, los genios eran aquellos alumnos mal orientados que pocas veces demostraban respeto por sus compañeros, empezaban a fumar a los catorce años, tenían su primera novia a los quince, visitaban las tabernas desde los dieciséis, leían libros prohibidos, escribían composiciones escandalosas, se enfrentaban a los profesores con desprecio en la mirada, y se les registraba en los libros del colegio como vulneradores del orden y como aspirantes a serios castigos. Un maestro de escuela siempre ha de desear tener toda una clase de tontos, que un sólo genio entre sus alumnos, y hasta cierto punto tiene razón, pues cabalmente hablando su labor no estriba en educar a brillantes inteligencias sino formar buenos latinistas, buenos matemáticos y buenos para nada. ¿Quién de los dos sufre más, el maestro a manos del muchacho o éste a manos del maestro? ¿Quién es el más tirano y atormentador, y quién de los dos es el que destruye y profana, parcialmente por lo menos, la vida y el espíritu del otro? Imposible es decidirlo sin volver los ojos hacia atrás y sin pensar en la propia adolescencia sin cólera y vergüenza. Pero queda el consuelo de saber que tratándose de verdaderos genios, las heridas casi siempre cicatrizan y se convierten en gentes creadoras de sus propias obras maestras a pesar de sus años en el colegio, y cuando mueren quedan envueltos en un glorioso y brillante nimbo, son presentados por los maestros a las siguientes generaciones como nobles y ejemplares seres. Y así, el espectáculo de la perpetua lucha entre las reglas y el espíritu se repite en cada clase y continuamos viendo al Estado y al colegio empeñados en atajar desde el primer momento todo surgimiento de genio entre los espíritus más profundos y nobles que afloran cada año. Y son especialmente los muchachos que constituyen problemas, los que huyen y los que son expulsados, los destinados más tarde a enriquecer la vida de su país. Sin embargo, muchos, en número que nadie puede prever, se gastan en mudas rebeldías y finalmente son arrastrados por la corriente.
Bajo la rueda, Hermann Hesse
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