septiembre 20, 2012

Cambiar de papeles

-Sí, claro -dije, con la sangre bulléndome en los pómulos y las orejas, y añadí para sentirme más cómodo-: Dígale al doctor que he venido, y que... bueno, que me hubiera encantado verle, pero que no creo que pueda volver ya, soy mi cuñado, o sea, su cuñado Rodrigo, el de él.
-Ah, ¿es usted?
-Sí, soy yo, claro, siempre he sido yo.
La chica me invitó a entrar con la cabeza.
-Los lunes no hay consulta, pero tratándose de usted...
Me llevó a una pequeña sala de espera y cerró la puerta tras marcharse. Me dejó a mí solo en aquella sala, que imaginé llena de sufrimientos y tristezas flotando por el aire. Me senté en uno de los dos sofás y las piernas y la espalda se me hundieron hasta desaparecer en aquellos cojines deformados de tanta gente como se habría sentado encima. Observé a mi alrededor. La verdad es que eso de que los psiquiatras también tengan sala de espera me parece de lo más raro, compartir la sala con otros enfermos, encontrarte quizá con un conocido y confesarle que estás aquejado de una fobia o de una manía persecutoria.
Empecé a ponerme nervioso. Me levanté y caminé por la sala. Yo creo que la única función de las salas de espera de los médicos es atacar los nervios de los pacientes. De esta forma resulta más imponente la autoridad del señor doctor, que, sereno y templado, espera al otro lado de la mesa de su consulta.

Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, Rodrigo Muñoz Avia

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