mayo 14, 2012

Farmacología

-Había también una cosa llamada cielo; pero con todo ello no dejaban de beber enormes cantidades de alcohol.

-Como si fuese un pedazo de carne; como si fuese un pedazo de carne.

-Había una cosa llamada alma y una cosa llamada inmortalidad.

-Pregúntale a Henry dónde lo ha comprado.

-Pero tomaban morfina y cocaína.

-Y lo que es peor, es que ella misma se considera un pedazo de carne.

-Pensionó el Estado dos mil especialistas en farmacología y bioquímica el año 178 de N.F.

-Parece muy malhumorado- dijo el Subdirector de Predestinación señalando a Bernard Marx.

-Seis años después, se lanzaba al mercado la droga perfecta.

-Vamos a hacerle hablar para divertirnos.

-Eufórica, narcótica, agradablemente alucinante.

-¡Siempre de mal humor, Marx, siempre de mal humor!- La palmada en el hombro le hizo sobresaltarse y levantar los ojos. Era aquél bárbaro de Henry Foster. -Lo que necesitas es un gramo de soma.

-Todas las ventajas del alcohol y ninguno de sus inconvenientes.

-"¡Oh, Ford le mataría!"- pero limitose a decir: -No, gracias- y a rechazar el tubo de tabletas que le ofrecía.

-Puede uno descansar de la realidad cuando le venga en gana y tornar sin el más mínimo dolor de cabeza ni la menor mitología.

-Toma, hombre, toma- insistía Henry Foster.

-La estabilidad quedó así asegurada.

-"Un centímetro cúbico cura diez pasiones"- dijo el Subdirector de Predestinación recitando una fórmula hipnopédica fundamental.

-Sólo faltaba vencer a la vejez.

-¡Déjame en paz!- gritó Bernard Marx.

-¡Chico! ¡Vaya un genio!

-Las hormonas gonadales, la transfusión de sangre joven, las sales de magnesio.

-Y piensa que un gramo vale más que un terno. Y salieron riéndose.

-Se han suprimido todos los estigmas de la vejez. Y con ellos, naturalmente...

-No te olvides de preguntarle lo del cinturón malthusiano- dijo Fanny.

-... todas las características mentales de los viejos. Se conserva el mismo carácter durante toda la vida.

-... tengo que jugar antes de la noche dos partidas de golf con obstáculos. Me marcho.

-Trabajo, diversiones. A los sesenta años tenemos los mismos gustos y las mismas fuerzas que a los diecisiete. Los viejos, en los pésimos tiempos antiguos, renunciaban, se retiraban, se entregaban a la religión, pasaban el tiempo leyendo, pensando, ¡pensando!

-"¡Cochinos, idiotas!"- decía para sí Bernard Marx, mientras se dirigía al ascensor.

-Hoy en día- he aquí el progreso- los viejos trabajan, practican la cópula y no tienen tiempo que perder, ni un momento para sentarse a pensar; y si, por cualquier malhadada circunstancia, el tiempo produjese una grieta en la masa compacta de sus distracciones, queda el soma, el delicioso soma, del que medio gramo equivale a medio día de descanso, un gramo a un fin de semana, dos a una escapada por el Oriente magnífico, tres a una sombría eternidad en la Luna; y al retorno se hallan al otro lado de la grieta, salvos y sanos en la tierra firme de los trabajos y diversiones cotidianos, corriendo de cine-sensible en cine-sensible, de chica en chica neumática, de campo en campo de Golf Electromagnético...

-¡Largo de aquí, niña!- dijo irritado el Director. -¡Largo de aquí, niño! ¿No veis que su Fordería está ocupado? Idos a otra parte a proseguir vuestros juegos eróticos.

-¡Pobres niños!- dijo el Inspector.

     Lentamente, majestuosamente, con un leve zumbido de máquinas, avanzaban los transportadores a razón de treinta y tres centímetros por hora. En la rojiza obscuridad, centelleaban innumerables rubíes.

Un mundo feliz, Aldous Huxley

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